La Familia

12 octubre, 2026
La Familia

ATISBOS DE CONCIENCIA

LA FAMILIA: ORIGEN Y CAUSA

LA FAMILIA: ORIGEN Y CAUSA

Podemos hablar de la familia desde varias perspectivas: podemos reflexionar sobre el papel de la familia en nuestro sentido de pertenencia y los vínculos que nos dan seguridad; o bien, de la familia y su importancia en nuestra educación; también podemos pensar en el papel tan relevante que tiene la familia como célula de la sociedad, o incluso reflexionar sobre las diferentes familias en el sentido de su estructura y funcionamiento. Pero quiero poner el foco en cómo la familia influye en nuestra vida y cómo vamos interiorizando y desarrollando nuestra lealtad a la familia sólo por el deber ser, mientras que en múltiples ocasiones a algunas personas que no llevan la misma sangre o no tienen lazos familiares con nosotros, podemos considerarlas como más cercanas, más influyentes o más vinculadas. Es, como se dice coloquialmente, que a la familia no la hemos escogido —aunque en algunas cosmovisiones se habla de que las elegimos en un plano inconsciente y divino—, pero sí elegimos a otros y los consideramos “más familia” que la consanguínea.

Lo anterior es muy fácil de comprender, porque cualquiera que lea esto va a identificar alguno en su vida: un amigo entrañable al que le llamamos “hermano”, un compadre que se hace el “tío” de nuestros hijos, o una figura materna como pudo haber sido una nana que nos cuidó cuando fuimos niños. Y es que lo que construye a la familia es más intangible que lo que nos acredita para ser parte de una familia, como un acta de matrimonio o de nacimiento, o el mismo árbol genealógico. Ese vínculo que nos une no está plasmado en un papel; se teje y se refuerza con el verdadero afecto mostrado, la confianza mutua, el interés por el otro, el soporte y el apoyo, y, sin duda, por el intercambio entre ambas partes, donde damos y tomamos en abundancia.

Y es que una familia no es únicamente un grupo de personas que llevan la misma sangre, el mismo apellido y comparten la misma historia. La familia es el origen, es el primer espacio en el que aprendemos el significado de pertenecer, o que otros nos pertenezcan. Pero no siempre resulta ser el mejor espacio para construir identidad o una estructura interna que nos brinde recursos para afrontar la vida. Y aunque digamos de una manera romántica que la familia es el mejor lugar para sentirnos bien, no siempre resulta así. Hay una realidad: la familia puede ser una fuente de grandes conflictos y profundas infelicidades. No se trata de tener una familia, se trata de construirla, de trabajar en formar los vínculos que nos sostengan y que permitan a los más jóvenes sentirse sostenidos.

En mis experiencias interpersonales durante la consulta privada o los cursos y programas que imparto, cuando hago el ejercicio de recordar y nombrar a las personas que más han influido en sus vidas y con quienes sienten un vínculo muy fuerte, suelo encontrar con frecuencia respuestas de personas que no pertenecen a sus familias, pero que son consideradas como si lo fueran.

Sí, la familia puede ser un gran tesoro, pero no siempre nos brinda la satisfacción de todas nuestras necesidades esenciales. Aun así, creo que sigue siendo la estructura social que mayor impacta en la vida y para la cual hay que dedicar esfuerzos y abundante conciencia.

En pocas palabras, Norma opina que:

La familia es origen, pero también es causa. Y no siempre ser parte de una nos garantiza los vínculos, el amor y la satisfacción de nuestras necesidades.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

LA HISTORIA QUE NOS UNE

LA HISTORIA QUE NOS UNE

Hay personas que forman parte de nuestra vida desde antes de que tengamos memoria. Con ellas aprendemos a hablar, a relacionarnos y, de alguna manera, también a entender quiénes somos. La familia de origen es nuestro primer lugar de pertenencia, aunque con los años descubramos que estar unidos no siempre significa pensar igual, sentirnos cerca o vivir de la misma manera.

Cuando pienso en mi familia, pienso en mi papá y en las conversaciones que teníamos todos los días. Hace once años que murió y todavía hay momentos en los que me descubro pensando qué le contaría o qué me diría sobre algo que estoy viviendo. Pienso también en mis hermanos y en cómo nuestra relación ha cambiado con el tiempo. Mi hermana es hoy una de las personas con las que más comparto la vida, aunque vivamos en dos ciudades diferentes y tengamos vidas distintas. Y mi hermano, con su enorme corazón y esa coherencia, serenidad y paz que tanto admiro: hablar con él siempre me transmite una sensación de que todo va a estar bien. Desde hace cuatro años, mi mamá, mis hermanos y yo iniciamos una tradición que disfruto mucho: viajar juntos una semana cada año. Esos días se convierten en una pausa de la vida cotidiana, en la oportunidad de estar juntos sin más pendientes que compartir el momento. Reímos, desayunamos sin prisa, descubrimos lugares y, casi sin darnos cuenta, vamos creando recuerdos que nos acompañarán mucho después de regresar a casa. Son esos instantes sencillos los que nos recuerdan lo que significa ser familia.

Con los años, también he entendido que la familia no se limita a las personas con las que compartimos un origen. Hay vínculos que construimos en distintas etapas de la vida y que terminan formando parte de nuestra historia, de nuestra identidad y de aquello que entendemos por pertenecer. Personas con quienes creamos recuerdos, compartimos experiencias y vamos haciendo un lugar en nuestra vida.

Ser mamá me ha hecho pensar mucho en la familia que construimos. Andrés y yo tenemos nuestra propia historia, nuestras maneras de entender el mundo y la oportunidad de crear recuerdos y tradiciones que algún día serán parte de su memoria. Me gusta pensar que así como recibimos una historia familiar que no elegimos, también podemos decidir qué queremos llevar con nosotros y qué queremos hacer diferente.

Quizá por eso hoy pienso que la familia no tiene una sola forma ni una historia definitiva. No siempre elegimos de dónde venimos, pero sí podemos participar en la manera en que nos relacionamos con esa historia y en la familia que vamos construyendo.

En pocas palabras, Andrea opina que:

Así como recibimos una historia familiar que no elegimos, también podemos decidir qué queremos llevar con nosotros y qué queremos hacer diferente.

DIFIERO... AL CONOCIMIENTO SE LLEGA MEDIANTE EL CUESTIONAMIENTO

LA FAMILIA: ¿LA QUE NOS TOCA O LA QUE ELEGIMOS?…

LA FAMILIA: ¿LA QUE NOS TOCA O LA QUE ELEGIMOS?…

Cuando pensamos en familia, a la mayoría nos llegan pensamientos confortables, de alegría, de apoyo, de fiestas juntos, de domingos, de navidades… Sin duda, es el sistema primario y más significativo de relación de las personas; nos brinda seguridad, apego e incluso desarrolla nuestra manera de hacer relaciones y también modera nuestro diálogo interno.

Como concepto, tenemos claro que hablar de familia es muy importante. Pero ¿quiénes integran esa familia? Esta pregunta me llamó la atención, porque cuando la llevas a distintas personas, todas contestan muy diferente: para algunos, es papá, mamá e hijos, esta es la principal; para otros, se extiende a los que llevan sus apellidos paternos o maternos, hasta donde cada quien pone su límite; pero también me he encontrado con personas que definen este concepto todavía más ampliamente y pueden llegar a dejar entrar al círculo familiar a personas que no tienen que ver con un parentesco consanguíneo. Sin embargo, este es tan fuerte o más que el primero, porque se establece por decisión, por darle a esa o esas personas un reconocimiento y agradecimiento por hacernos sentir bien. En resumen, por cariño.

Somos seres a los que nos gusta sentirnos queridos; incluso a las personas menos expresivas, les ocupa poder tener relaciones cercanas. Cada quien elige su fórmula, no hay reglas, ni debe haberlas; simplemente es que nuestros pensamientos sobre pasado, presente y futuro se disfrutan más en compañía.

Para poder relacionar el tema de la familia con mi bienestar emocional, tengo que describir en qué consiste; para saber por qué me da valor, encuentro pilares fundamentales que regulan esta relación tan cercana, y vale la pena reflexionarlos, independientemente de cuál sea el parentesco.

El primer pilar para mí es el afecto, esa aceptación incondicional que nos produce una persona cuando pensamos en ella o le hablamos; otro sería la comunicación: me entiendo con esa persona y quiero entender lo que siente, soy empático, me interesa por lo que esté pasando; también podemos considerar la confianza: nos sentimos en seguridad y estamos listos también para brindarla, somos como queremos; y, por último, también encuentro el respeto: tengo límites en mi relación familiar que se fueron construyendo a lo largo del tiempo, y hay muy distintas formas, pero cada integrante contribuye a no rebasarlas o solucionarlas[1] , aunque cueste trabajo, esperanzado en que la relación perdure por mucho tiempo.

Cuando tengo claros los aspectos relevantes que me brinda una relación familiar sana, deja de tener relevancia a quién decido dejar entrar a este sistema; cualquier conformación es válida, siempre que tenga el compromiso mutuo de dar bienestar.

Mi familia es lo que me tocó y lo que elijo, porque dentro de mis pensamientos y mi voluntad es donde se generan los vínculos más cercanos, cuando estoy dispuesto a dar y recibir cariño por mucho tiempo.


En pocas palabras, Mario opina que:

Sólo nuestros pensamientos definen lo que realmente consideramos como familia

CREER PARA VER

OYE, CUCÚ, PAPÁ SE FUE…

OYE, CUCÚ, PAPÁ SE FUE…

Este fin de semana tuve la oportunidad de ir a un concierto de Maná, una de esas bandas que me han acompañado durante prácticamente toda mi vida. Entre tantas canciones que todos conocemos, comenzaron a tocar una que, por lo menos en esta gira, no acostumbran interpretar: “El reloj cucú”. Y apenas escuché las primeras notas, algo pasó dentro de mí. De pronto dejé de estar en aquel concierto y regresé a una etapa de mi infancia que tenía muchísimo tiempo sin recordar de esa manera.

Tenía aproximadamente diez años cuando a mi mamá le diagnosticaron cáncer. Por cuestiones de su tratamiento, mis papás tuvieron que mudarse durante una temporada a Tucson, Arizona, mientras yo me quedé viviendo con unos tíos. Recuerdo que mi primo escuchaba mucho aquella canción y, sin darme cuenta, terminó convirtiéndose en una especie de acompañante de aquellos días. Eran momentos difíciles, aunque quizá a esa edad todavía no alcanzaba a comprender completamente lo que estaba pasando. Lo que sí entendía era que algo había cambiado, que mis papás no estaban en casa y que las cosas, por un tiempo, dejaron de ser como siempre habían sido.

Y ahí estaba yo, más de treinta años después, rodeado de miles de personas, escuchando esa misma canción. Sentí cómo se me hizo un nudo en la garganta y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. No sé si estaba llorando por aquel niño de diez años, por el recuerdo de mis papás o simplemente por darme cuenta de todo lo que había pasado desde entonces. Probablemente era una mezcla de todo.

Y fue entonces cuando empecé a pensar en la familia y en lo mucho que damos por hecho su presencia. Muchos podemos crecer acostumbrados a ver a nuestros papás, a escuchar sus voces, a compartir una comida o a saber que están ahí cuando los necesitamos. Son cosas tan cotidianas, que pocas veces nos detenemos a pensar en lo importantes que son. Hasta que un día, por alguna razón, esa cotidianidad se interrumpe y entendemos que muchas de las cosas que más valor tienen en nuestra vida, son precisamente aquéllas a las que menos atención les prestamos.

Hoy que también soy papá, aquel recuerdo tiene un significado diferente: pienso en mis hijas, en lo que significa para ellas tenernos cerca y en cómo muchas veces, entre el trabajo, las responsabilidades y las prisas de todos los días, podemos olvidar que nuestra presencia es uno de los regalos más importantes que podemos darles. No se trata de estar juntos cada minuto ni de construir una familia perfecta; se trata de entender que hay momentos aparentemente insignificantes que, sin saberlo, pueden convertirse en los recuerdos más importantes de nuestros hijos.

Afortunadamente, la vida me ha permitido seguir construyendo recuerdos con mi familia y voltear a ver aquella etapa desde otro lugar. Y quizá eso fue lo más bonito de aquella noche en el concierto: darme cuenta de que una canción que durante tantos años estuvo ligada a un momento difícil de mi infancia, hoy también puede recordarme todo lo que tengo y lo mucho que vale la pena cuidarlo.

Al final, creo que la familia es eso: aquel lugar al que pertenecemos, incluso cuando la vida nos lleva por caminos diferentes; las personas que forman parte de nuestra historia mucho antes de que nosotros mismos podamos entenderla. Y tal vez por eso, cuando sonó “El reloj cucú”, no solamente recordé una canción de mi infancia; recordé lo mucho que significa tener a quienes amamos cerca. Gracias por estar aquí. ¡Te abrazo!

En pocas palabras, Kush opina que:

La familia no se trata solamente de compartir una casa o un apellido, sino de construir esa presencia, ese cariño y esos recuerdos que nos acompañan toda la vida, incluso cuando estamos lejos.

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