ATISBOS DE CONCIENCIA
LA FAMILIA: ORIGEN Y CAUSA
Podemos hablar de la familia desde varias perspectivas: podemos reflexionar sobre el papel de la familia en nuestro sentido de pertenencia y los vínculos que nos dan seguridad; o bien, de la familia y su importancia en nuestra educación; también podemos pensar en el papel tan relevante que tiene la familia como célula de la sociedad, o incluso reflexionar sobre las diferentes familias en el sentido de su estructura y funcionamiento. Pero quiero poner el foco en cómo la familia influye en nuestra vida y cómo vamos interiorizando y desarrollando nuestra lealtad a la familia sólo por el deber ser, mientras que en múltiples ocasiones a algunas personas que no llevan la misma sangre o no tienen lazos familiares con nosotros, podemos considerarlas como más cercanas, más influyentes o más vinculadas. Es, como se dice coloquialmente, que a la familia no la hemos escogido —aunque en algunas cosmovisiones se habla de que las elegimos en un plano inconsciente y divino—, pero sí elegimos a otros y los consideramos “más familia” que la consanguínea.
Lo anterior es muy fácil de comprender, porque cualquiera que lea esto va a identificar alguno en su vida: un amigo entrañable al que le llamamos “hermano”, un compadre que se hace el “tío” de nuestros hijos, o una figura materna como pudo haber sido una nana que nos cuidó cuando fuimos niños. Y es que lo que construye a la familia es más intangible que lo que nos acredita para ser parte de una familia, como un acta de matrimonio o de nacimiento, o el mismo árbol genealógico. Ese vínculo que nos une no está plasmado en un papel; se teje y se refuerza con el verdadero afecto mostrado, la confianza mutua, el interés por el otro, el soporte y el apoyo, y, sin duda, por el intercambio entre ambas partes, donde damos y tomamos en abundancia.
Y es que una familia no es únicamente un grupo de personas que llevan la misma sangre, el mismo apellido y comparten la misma historia. La familia es el origen, es el primer espacio en el que aprendemos el significado de pertenecer, o que otros nos pertenezcan. Pero no siempre resulta ser el mejor espacio para construir identidad o una estructura interna que nos brinde recursos para afrontar la vida. Y aunque digamos de una manera romántica que la familia es el mejor lugar para sentirnos bien, no siempre resulta así. Hay una realidad: la familia puede ser una fuente de grandes conflictos y profundas infelicidades. No se trata de tener una familia, se trata de construirla, de trabajar en formar los vínculos que nos sostengan y que permitan a los más jóvenes sentirse sostenidos.
En mis experiencias interpersonales durante la consulta privada o los cursos y programas que imparto, cuando hago el ejercicio de recordar y nombrar a las personas que más han influido en sus vidas y con quienes sienten un vínculo muy fuerte, suelo encontrar con frecuencia respuestas de personas que no pertenecen a sus familias, pero que son consideradas como si lo fueran.
Sí, la familia puede ser un gran tesoro, pero no siempre nos brinda la satisfacción de todas nuestras necesidades esenciales. Aun así, creo que sigue siendo la estructura social que mayor impacta en la vida y para la cual hay que dedicar esfuerzos y abundante conciencia.
En pocas palabras, Norma opina que: