El Miedo

8 junio, 2026
El Miedo

Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

EL MIEDO QUE PARALIZA...

EL MIEDO QUE PARALIZA...

Esta semana platicaba con un muy buen amigo que tenía tiempo de no ver. Antes nos saludábamos casi todas las semanas; éramos compañeros de un grupo que cada quince días se reunía para comer. Mi amigo, desde hace algún tiempo, dejó de asistir. Le había mandado mensajes, pero seguía ausente, así que decidí llamarle para escuchar cómo estaba. Noté su voz distinta: más lenta, hablaba pausado y con frases muy cortas. Le dije que quería saber de él y me comentó que salía muy poco, pero que con gusto nos tomábamos un café para ponernos al día.

Llegué al café un poco antes. Me senté y entonces llegó él. Nos saludamos, pedimos de tomar y nos dispusimos a platicar. Le comenté que estaba extrañado por no haberlo visto; lo primero que le pregunté fue si era un tema de salud propio o de su familia. Me contestó que enfermedad no, que su esposa e hijos estaban bien.

Poco después me empezó a explicar que, desde hacía unos seis meses, sentía miedo de la situación. Le pregunté a qué se refería y me dijo que, en general, tenía muchas preocupaciones, tanto en su trabajo como en la parte personal. Incluso sentía miedo de que le apareciera una enfermedad, y este sentimiento le producía ya no querer hacer nada. Lo interrumpí y le pedí que me dijera cosas específicas: ¿había tenido algún problema con alguien?, ¿su negocio había decaído?, ¿sentía algún padecimiento físico? Me dijo que no, que en específico no era nada, pero que sentía un miedo inexplicable que lo paralizaba.

Quise investigar sobre esto porque me pareció muy extraño su comportamiento, aún más viniendo de una persona a quien conozco desde hace muchos años y a quien nunca había visto así.

La psiquiatra Marian Rojas explica que "el miedo es un mecanismo natural de supervivencia que existe para hacernos prudentes. Sin embargo, cuando este se descontrola y se vuelve patológico, secuestra la mente, nubla el juicio y genera una parálisis emocional que nos impide avanzar".

Cuando el miedo se vuelve paralizante, el cerebro genera un sistema de alerta permanente que no nos deja pensar claramente; solo nos invita a huir. Lo que queremos es que esa alarma se detenga, pero este sentimiento es contradictorio: entre más queremos alejarnos, más nos quedamos estancados en el pensamiento. Puede suceder en cualquier momento y en diferente medida. Son muchos los tipos de miedo que sentimos, a veces varios al mismo tiempo: miedo a perder el control, a que las cosas salgan diferente a como nos las imaginamos, miedo a causar decepción o, simplemente, a la incertidumbre de la vida cotidiana. Es como un chispazo que ocurre y te detiene.

Si este sentimiento es desproporcionado, siempre hay que buscar ayuda profesional; pero si lo sentimos de manera moderada, podemos activar un mecanismo de tres pasos para gestionarlo. El primero es identificar el origen; es decir, ver el miedo como si estuviera fuera de nosotros, ponerle nombre y dimensionarlo, ¿es real o imaginario?; recordemos que para el cerebro la línea entre ambos es invisible. El segundo, es aceptarlo, y reconocer que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de reflexionar y avanzar aun sintiéndolo. Y, por último, el tercer paso consiste en regular nuestro diálogo interno, ya que en el bienestar emocional, la narrativa importa; el miedo hace que nuestra voz interna se vuelva dura y crítica, y es así que el hablarnos con compasión es vital para desactivar la señal de alerta.

Todo esto se lo platiqué a mi amigo. Él decidió buscar ayuda profesional y tengo toda la confianza de que se va a recuperar.

En pocas palabras, Mario opina que:

El miedo nació para protegernos, no para detenernos. Cuando aprendemos a reconocerlo, aceptarlo y regular nuestro diálogo interno, dejamos de huir y recuperamos la capacidad de avanzar.

ATISBOS DE CONCIENCIA

EL MIEDO, ¿OBSTÁCULO O ESCUDO PROTECTOR? 

EL MIEDO, ¿OBSTÁCULO O ESCUDO PROTECTOR? 

Tener miedo es parte de la vida cuando nos enfrentamos a un escenario que abre posibilidades, reales o imaginarias, de peligro o de incertidumbre. Esto lo podemos percibir muy bien cuando pensamos en los soldados que van a la guerra; generalmente tenemos la idea de que son muy valientes, pero los soldados también tienen miedo en algún momento, ya sea antes o durante la guerra; para ellos, el miedo a morir o ver morir a sus compañeros es una reacción humana, y, de hecho, sentir miedo no le resta a su valentía. Es interesante, además, entender que el tamaño de nuestros miedos es el mismo tamaño de nuestra valentía. Por eso, es conveniente comprender que los miedos pueden ser aliados o enemigos, y así también aprender a ver la diferencia. 

¿Cuándo el miedo es un obstáculo? Cuando nos limita, claro está. Cuando nos paraliza y no nos deja actuar, o cuando el sentimiento nos mantiene ansiosos o alterados. O bien, cuando tomamos acciones basadas en el mismo miedo, y que terminan siendo irracionales, es decir, sin tener razón alguna más que lo que el miedo nos genera. Una forma muy efectiva de generar ese miedo que nos limita es cuando, ante alguna circunstancia, pensamos en posibilidades que responden a  la pregunta: “¿y qué tal si…?”, en escenarios catastróficos y pesimistas. El cerebro cree en lo que pensamos. Esas respuestas imaginarias, aunque posibles, ocasionan que nuestro cerebro se convenza de ello, y entonces nos llega el suministro de cortisol que nos estresa, dispersa nuestra lógica o racionalidad para tomar decisiones, o nos paraliza. 

Pero hay que distinguir. El miedo es inevitable; surge en ciertos momentos y está al servicio de nuestra sobrevivencia. Este miedo nos aporta y sirve como un escudo protector. Podemos considerarlo como un mensajero que llega para avisarnos que nos conviene tener cautela, poner atención, tomarnos un tiempo antes de actuar, o actuar de inmediato ante una emergencia. El miedo que está a nuestro servicio es un gran recurso para valorar, pero también está el miedo que nos limita y que también surge de pronto, el cual nos conviene considerar. Digamos que este miedo está generado por nuestros pensamientos, por nuestras experiencias pasadas, por la interpretación que hacemos de los hechos, o por nuestra tendencia a generar en nosotros un estado de alerta, pesimista, que nos acomoda porque ha sido nuestra zona de confort, porque la paz y la serenidad pueden resultarnos incómodas. 

Muchos de nosotros hemos estado atemorizados por tanto tiempo que ya no sabemos si eso que sentimos se llama miedo. Estamos tan acostumbrados a él que lo hemos normalizado; pero ya es tiempo de dejarlo ir y aprender a distinguirlo. No dejaremos de sentirlo cuando surja para protegernos, y lo importante aquí es darnos cuenta de que somos nosotros mismos los responsables de darle un tamaño determinado.

En pocas palabras, Norma opina que:

Muchos de nosotros hemos vivido atemorizados por tanto tiempo que hemos normalizado el miedo. Si nos damos cuenta de que es un obstáculo, ya podemos dejarlo ir.

CREER PARA VER

SE VAN A BURLAR DE TI

SE VAN A BURLAR DE TI

Hace algunos años escribí una frase en uno de mis pósters, que decía: “Se van a burlar de ti”. El día que medité esa frase, como con la mayoría de las que escribo, no lo hice pensando en alguien más; me la dije a mí mismo. Encuentro mucho valor en escribir estas frases, diseñarlas, compartirlas en redes sociales y hasta salir a la calle a pegarlas, también disfruto mucho escribir estos artículos para “En pocas palabras”. Pero si te soy honesto, antes de hacer todo eso hubo una etapa en la que una pregunta se me venía de manera constante a la cabeza: ¿qué van a pensar de mí?, ¿qué van a decir si me pongo a escribir mis pensamientos?, ¿y si creen que no sé de lo que hablo? Y con el tiempo entendí que detrás de todas esas preguntas había algo muy simple: miedo.

Y la realidad es que el miedo no siempre es malo. El miedo nos puede proteger, nos ayuda a detectar riesgos, nos hace reaccionar ante situaciones peligrosas. El problema es cuando ese mismo miedo empieza a ocupar espacios donde ya no está protegiéndonos, sino limitándonos.

Una cosa es que el miedo te evite cruzar una calle sin poner atención o estar alerta, y otra muy distinta es que te impida hacer algo que sabes que quieres hacer solamente por el miedo al qué dirán.

Creo que es natural y que todos podemos traer este tipo de miedos. Nuestra forma de afrontarlos no necesariamente tiene que ser escribir un libro o compartir frases; puede ser también el levantar la mano para dar una opinión, cambiar de trabajo, iniciar un negocio, terminar una relación, pedir ayuda o simplemente mostrarnos como realmente somos.

Y es que muchas veces imaginamos escenarios mucho más duros de los que terminan ocurriendo. Y sí, siendo honestos, algunas personas probablemente se van a burlar de ti. Te van a criticar, no van a entender lo que haces, etc., pero hubo algo importante que entendí un día: la mayoría de las personas están ocupadas pensando en su propia vida como para dedicarle tanto tiempo a la tuya.

Hace poco me topé con un video en redes de una persona que decía algo que me atrapó. Comentaba que él muchas veces hablaba de empatía porque él mismo la necesitaba trabajar, hablaba del perdón porque también le cuesta perdonar, hablaba del crecimiento porque sigue aprendiendo, y la verdad me identifiqué mucho con la idea.

Personalmente jamás he escrito una frase pensando en que soy un experto en la vida. Tampoco escribo porque tenga todo resuelto; al contrario, muchas veces escribo sobre temas que sigo trabajando todos los días. Seguido me tropiezo, me equivoco, vuelvo a caer en los mismos errores y sigo aprendiendo.

Y me gusta pensar que así es como hoy veo al miedo de una manera diferente: ya no como algo que necesariamente tengo que eliminar, sino como algo que puedo escuchar. Si me está protegiendo de un peligro real, bienvenido; si lo único que está haciendo es impedirme avanzar, entonces intento usarlo como gasolina.

Definitivamente muchas de las cosas que más satisfacción me han dado en la vida comenzaron exactamente igual: con miedo.

Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

El miedo puede protegerte o puede limitarte. La diferencia está en aprender a distinguir cuándo te está cuidando y cuándo simplemente te está impidiendo hacer algo que vale la pena intentar.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

¿MIEDO A QUÉ?

¿MIEDO A QUÉ?

Hay momentos en la vida en los que algo dentro de nosotros empieza a hablar más fuerte. Sucede cuando estamos por tomar una decisión importante, cuando una relación cambia, cuando una oportunidad aparece, cuando una etapa termina y todavía no sabemos cómo comenzará la siguiente. Entonces, llegan las voces: la voz de la ilusión, la de la prudencia, la de la experiencia y, casi siempre, la del miedo. He pensado que la madurez consiste en aprender a distinguirlas, pues el miedo suele tener argumentos muy convincentes; habla de todo lo que podría salir mal: nos recuerda errores pasados, nos enseña escenarios que todavía no existen y los presenta como inevitables; sin embargo, sería injusto tratarlo como un enemigo, después de todo, muchas veces intenta cuidarnos, y el  problema es que no siempre sabe de qué. A veces nos protege de un peligro real; otras veces, intenta protegernos de la incomodidad, de la incertidumbre, del riesgo de equivocarnos, de la posibilidad de descubrir que somos capaces de más de lo que imaginábamos.

Ahí es donde la conversación se vuelve interesante, porque vivir bien no consiste en callar esa voz ni en obedecerla a ciegas; consiste en escucharla con respeto y después hacer una pregunta más profunda: ¿Esto que siento me está cuidando o me está limitando? No siempre es fácil de responder.

Hay decisiones que solo se entienden después de haberlas tomado, hay caminos que no ofrecen garantías, hay oportunidades que llegan disfrazadas de incertidumbre. Quizá  por eso el valor no consiste en avanzar sin miedo, sino en avanzar después de haberlo escuchado, tomando en cuenta lo que tiene que decir pero recordando que ninguna emoción, por sabia que parezca, puede ver toda la realidad. La vida se construye en ese delicado equilibrio entre la cautela y la confianza, entre lo que sabemos y lo que todavía no conocemos, entre la necesidad de protegernos y la necesidad de crecer.

Tal vez por eso algunas de las decisiones más importantes de nuestra vida nunca se sienten completamente seguras, no porque sean equivocadas, sino porque nos están invitando a convertirnos en alguien nuevo. Cada vez que eso sucede, todas las voces se hacen presentes. La pregunta no es cuál habla más fuerte; es cuál merece la última palabra.

En pocas palabras, Andrea opina que:

Ahí es donde la conversación se vuelve interesante, porque vivir bien no consiste en callar esa voz ni en obedecerla a ciegas, sino en escucharla y hacer esa pregunta más profunda: ¿Esto que siento me está cuidando o me está limitando?

MÁS TEMAS POR EXPLORAR

/ 54

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>