Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.
EL MIEDO QUE PARALIZA...
Esta semana platicaba con un muy buen amigo que tenía tiempo de no ver. Antes nos saludábamos casi todas las semanas; éramos compañeros de un grupo que cada quince días se reunía para comer. Mi amigo, desde hace algún tiempo, dejó de asistir. Le había mandado mensajes, pero seguía ausente, así que decidí llamarle para escuchar cómo estaba. Noté su voz distinta: más lenta, hablaba pausado y con frases muy cortas. Le dije que quería saber de él y me comentó que salía muy poco, pero que con gusto nos tomábamos un café para ponernos al día.
Llegué al café un poco antes. Me senté y entonces llegó él. Nos saludamos, pedimos de tomar y nos dispusimos a platicar. Le comenté que estaba extrañado por no haberlo visto; lo primero que le pregunté fue si era un tema de salud propio o de su familia. Me contestó que enfermedad no, que su esposa e hijos estaban bien.
Poco después me empezó a explicar que, desde hacía unos seis meses, sentía miedo de la situación. Le pregunté a qué se refería y me dijo que, en general, tenía muchas preocupaciones, tanto en su trabajo como en la parte personal. Incluso sentía miedo de que le apareciera una enfermedad, y este sentimiento le producía ya no querer hacer nada. Lo interrumpí y le pedí que me dijera cosas específicas: ¿había tenido algún problema con alguien?, ¿su negocio había decaído?, ¿sentía algún padecimiento físico? Me dijo que no, que en específico no era nada, pero que sentía un miedo inexplicable que lo paralizaba.
Quise investigar sobre esto porque me pareció muy extraño su comportamiento, aún más viniendo de una persona a quien conozco desde hace muchos años y a quien nunca había visto así.
La psiquiatra Marian Rojas explica que "el miedo es un mecanismo natural de supervivencia que existe para hacernos prudentes. Sin embargo, cuando este se descontrola y se vuelve patológico, secuestra la mente, nubla el juicio y genera una parálisis emocional que nos impide avanzar".
Cuando el miedo se vuelve paralizante, el cerebro genera un sistema de alerta permanente que no nos deja pensar claramente; solo nos invita a huir. Lo que queremos es que esa alarma se detenga, pero este sentimiento es contradictorio: entre más queremos alejarnos, más nos quedamos estancados en el pensamiento. Puede suceder en cualquier momento y en diferente medida. Son muchos los tipos de miedo que sentimos, a veces varios al mismo tiempo: miedo a perder el control, a que las cosas salgan diferente a como nos las imaginamos, miedo a causar decepción o, simplemente, a la incertidumbre de la vida cotidiana. Es como un chispazo que ocurre y te detiene.
Si este sentimiento es desproporcionado, siempre hay que buscar ayuda profesional; pero si lo sentimos de manera moderada, podemos activar un mecanismo de tres pasos para gestionarlo. El primero es identificar el origen; es decir, ver el miedo como si estuviera fuera de nosotros, ponerle nombre y dimensionarlo, ¿es real o imaginario?; recordemos que para el cerebro la línea entre ambos es invisible. El segundo, es aceptarlo, y reconocer que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de reflexionar y avanzar aun sintiéndolo. Y, por último, el tercer paso consiste en regular nuestro diálogo interno, ya que en el bienestar emocional, la narrativa importa; el miedo hace que nuestra voz interna se vuelva dura y crítica, y es así que el hablarnos con compasión es vital para desactivar la señal de alerta.
Todo esto se lo platiqué a mi amigo. Él decidió buscar ayuda profesional y tengo toda la confianza de que se va a recuperar.
En pocas palabras, Mario opina que: