La incomodidad

22 junio, 2026
La incomodidad

Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

LA INCOMODIDAD, ¿ALIADA O ENEMIGA?

LA INCOMODIDAD, ¿ALIADA O ENEMIGA?

Recientemente vi una película que hablaba de un deportista exitoso. La historia empieza cuando era niño y se desarrolla narrando el esfuerzo tan grande que hizo para llegar a un nivel de competencia que le permitiera obtener los principales logros de su deporte. Me llamó la atención cómo recordaba que tenía que entrenar, desde muy pequeño, seis horas diarias y que cuando no lo hacía lo reprendían, que le daba tristeza no ser como los demás niños, porque él tenía un trabajo y no podía sólo jugar y descubrir como los demás. En general, su historia estaba marcada por el esfuerzo, pero narrada desde la incomodidad del proceso que lo llevó a ser un referente.

Quise investigar más sobre historias de personas que han logrado cosas importantes en diferentes disciplinas, y encontré que es una constante la incomodidad del esfuerzo en el camino de su preparación, e incluso en su vida, ya siendo exitosos, continúan sintiéndose incómodos. No lo relaciono sólo con los deportistas, puesto que sucede en la mayoría de los ámbitos como son los de los artistas, los empresarios o los escritores, entre otros; en todos los casos existe esta expresión de incomodidad.

Pero, entonces, ¿lo que podemos concluir es que la incomodidad es la base para poder lograr las cosas?, ¿que el esfuerzo que me incomoda es el que me hace avanzar? Yo creo que no; en realidad, es un conjunto de pensamientos lo que nos lleva a creer eso, porque la mayoría de las historias están basadas en personas que hablan sobre el pasado; pero cuando a esas personas las vemos en episodios de su vida en los que ganaban torneos o las cosas les salieron como esperaban, estoy convencido de que no había sentimientos de incomodidad solamente, lo podemos ver y es evidente; también había de logro y de bienestar. Entiendo que es un tema que representa controversia, pero lo que quiero resaltar es que en todos los procesos, no sólo el de las personas que llamamos exitosas sino en general, cuando reflexionamos sobre el pasado, de manera natural le damos mucho peso al esfuerzo que hicimos, como una muestra de validación propia, es normal; pero cuando nos detenemos a pensar en cómo pasaron las cosas día a día, nos damos cuenta perfectamente de que si bien sí había incomodidad, también había muchos otros pensamientos y emociones que experimentamos, una gran parte de ellos agradables. De ahí es de donde vienen los recuerdos que nos dan tranquilidad y valor.

Somos el resultado de muchos pensamientos cada día; no podría decir, salvo en ocasiones especiales, que uno nos define. Entiendo que la incomodidad, relacionada con el tema de esfuerzo y disciplina, nos ayuda a tener mayores habilidades en lo que nos propongamos, pero yo le quitaría el padecimiento, la carga de explicarlo como algo desagradable que nos sucedió; me parece preferible colocar el foco en que en el mismo tiempo tuve otras conversaciones que me dieron muchas satisfacciones y que también soy todas ésas; en fin, disfrutar del camino pero también valorarlo cuando me lo platico; creo que ese es el verdadero reto.

En pocas palabras, Mario opina que:

La incomodidad puede ayudarnos a crecer, pero no define toda nuestra historia. En el mismo camino donde hubo esfuerzo también hubo aprendizajes, logros y momentos de bienestar. Vivir no se trata sólo de soportar el proceso, sino de aprender a disfrutarlo mientras sucede.

ATISBOS DE CONCIENCIA

EL DESARROLLO PERSONAL, UN ASUNTO INCÓMODO

EL DESARROLLO PERSONAL, UN ASUNTO INCÓMODO

Imagínate que durante toda tu vida has comido un pan dulce como primer alimento del día. De pronto, surge algún tema de salud y acudes al médico, quien a partir de su diagnóstico te sugiere evitar que eso sea tu primer alimento y que lo cambies por algo, digamos, más proteico. Eliminar ese hábito puede resultarte muy difícil, así como incómodo. Seguramente tu cerebro te lleva al antojo de ese pan cada mañana, un hábito que tú tenías y te resultaba muy fácil de llevar a cabo; lo hacías incluso sin pensarlo, y ahora hay que hacer nuevos hábitos, cambiar la manera de pensar y estar muy atento a no caer en el automático. Ese espacio en el que te movías de manera automática es precisamente tu zona de confort, y salir de ella, aun cuando te ofrece enormes perspectivas de bienestar, seguramente te resulta incómodo y hasta imposible de lograr.

Salir de la zona de confort es la clave de todo cambio; es fundamento del desarrollo personal, y salir de ahí no resulta fácil. A nadie le gusta sentirse incómodo; todos buscamos la comodidad porque no le hemos dado el valor a la incomodidad. Si cuando tienes un accidente menor, como una caída de una bicicleta, y el resultado es un raspón que deja tu piel expuesta, seguramente querrás sentirte bien; pero ante la posibilidad de ir al médico, donde sabes que te harán una curación que te va a molestar o te va a doler, pudieras preferir no ir al médico y esperar a que la herida pueda sanar sola, con el tiempo.

Evitamos el dolor, evitamos la incomodidad que nos representa adquirir nuevos hábitos o desarrollar nuevas habilidades con las que nos sentimos torpes o incapaces, o enfrentarnos a situaciones nuevas que nos provocan incertidumbre, o incluso romper paradigmas que harán un cambio en nuestra manera de ver la vida. Y es así que todo esto --los hábitos nuevos, la mejora de habilidades, los cambios de pensamiento y la adaptación a situaciones nuevas-- precisamente es lo que forma parte de un proceso de desarrollo personal al que estamos comprometidos en la vida, porque crecer no es sólo un tema de calendario, sino un camino que se transita con voluntad y valentía.

En pocas palabras, Norma opina que:

El crecimiento sólo ocurre cuando atravesamos nuestra zona de confort y hacemos cambios: cambiamos creencias o patrones, nos rendimos ante la realidad, nos adaptamos. Crecer nos libera, pero también nos incomoda.

CREER PARA VER

¿QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ?

¿QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ?

Seguramente te has hecho esta pregunta antes.

Personalmente, te comparto que me he encontrado en esa pausa muchas veces; esa especie de alto en el camino donde dejas de correr por un momento y te preguntas si vas en la dirección correcta, si realmente estás construyendo la vida que quieres construir o si simplemente estás avanzando por inercia.

Hoy, hace apenas unas horas, me tocó hacer un ejercicio relacionado con mi carta astral. Resulta que hace poco encontré un documento donde aparece la hora exacta en que nací y, por simple curiosidad, decidí consultar el tema. Anteriormente me habían hecho el ejercicio, pero la hora de nacimiento no era la correcta y digamos que los resultados siempre salían sesgados.

Ojo, no quiero sonar supersticioso ni convertir este artículo en una conversación sobre astrología. De hecho, si no crees en esos temas, te invito a seguir leyendo, porque lo importante no fue la carta astral, sino aquello a lo que me enfrenté.

Entre símbolos, planetas, casas y conceptos que sinceramente apenas entiendo, hubo varias interpretaciones que hablaban de patrones, áreas de oportunidad y aspectos de mi personalidad que todavía tienen espacio para evolucionar. Algunas resonaron más que otras, algunas probablemente no tengan nada que ver conmigo, pero hubo una sensación que apareció una y otra vez durante el ejercicio: la incomodidad.

Y no porque alguien me estuviera diciendo algo malo; al contrario, creo que la incomodidad apareció porque todos disfrutamos escuchar nuestras fortalezas: nos gusta que nos recuerden aquello que hacemos bien, que nos digan que somos capaces, trabajadores, creativos, resilientes o buenos líderes; pero cuando una conversación toca aquello que todavía tenemos pendiente, cuando pone sobre la mesa hábitos, actitudes o formas de pensar que podrían mejorar, la experiencia cambia por completo.

La verdad es que crecer rara vez se siente cómodo.

De hecho, cada vez estoy más convencido de que la incomodidad es una parte inevitable del crecimiento; porque crecer no siempre se siente como avanzar; muchas veces se siente como cuestionarte, como darte cuenta de que no tienes todas las respuestas, como aceptar que hay comportamientos que sigues repitiendo, como reconocer que algunas de las barreras más importantes de tu vida no están realmente fuera, sino dentro de ti.

Y creo que por eso muchas personas evitamos ciertos ejercicios, y no hablo de una carta astral; hablo de cualquier cosa que nos confronte con la honestidad: una sesión de terapia, una conversación incómoda, un libro que llega en el momento correcto, la opinión sincera de alguien que nos quiere, incluso esos momentos de silencio en los que ya no hay ruido, pendientes ni distracciones que nos permitan cambiar de tema.

Porque la mayoría de las veces no huimos de las respuestas; huimos de las preguntas: ¿qué estoy haciendo aquí?, ¿qué quiero construir?, ¿qué me hace falta aprender?, ¿qué parte de mí sigue creciendo?, ¿qué conversaciones he estado evitando? Son preguntas incómodas porque no siempre tienen una respuesta inmediata; sin embargo, casi todas las veces que he tenido el valor de hacerme una de ellas, algo bueno ha sucedido después; no porque la respuesta aparezca de golpe, no porque todo quede claro de la noche a la mañana, sino porque el simple hecho de hacer espacio para la pregunta ya provoca movimiento.

La realidad es que la vida constantemente encuentra maneras de ponernos temas enfrente. A veces llegan en forma de conversación, a veces de crisis, a veces de una persona que nos dice algo que no queríamos escuchar y, de vez en cuando, hasta en forma de una carta astral. Lo importante no es de dónde viene el mensaje; es qué hacemos con él, porque tal vez la incomodidad no es una señal de que algo está mal, y no aparece para frenarnos, sino para empujarnos al siguiente paso.

Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

La incomodidad es una parte inevitable de crecer. Casi siempre aparece cuando nos enfrentamos a preguntas, conversaciones o situaciones que nos obligan a reconocer que todavía tenemos cosas por aprender. Aunque no sea agradable, muchas veces es justamente esa incomodidad la que termina empujándonos al siguiente paso.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

CUANDO QUIÉN ERES HOY NO ALCANZA

CUANDO QUIÉN ERES HOY NO ALCANZA

La incomodidad y la parte inevitable de crecer

Hay una sensación que aparece justo antes de muchos cambios importantes. No siempre tiene nombre; a veces se siente como inquietud, como resistencia, como ganas de salir corriendo, como una extraña mezcla entre emoción y miedo. A todo esto le llamamos incomodidad.

Pensamos que algo anda mal cuando aparece, pero ¿y si la incomodidad fuera la evidencia de que hemos llegado al límite de la persona que somos hoy? Pienso en todas las veces que me he sentido incómoda en momentos importantes de mi vida: cuando tuve que aprender algo que no sabía hacer, cuando tuve una conversación que había evitado durante años, cuando necesité poner un límite a alguien que quería, cuando tuve que reconocer una verdad sobre mí que no encajaba con la imagen que tenía de mí misma. La incomodidad estaba ahí en todos esos momentos; no porque estuviera haciendo algo mal, sino porque la vida me estaba pidiendo algo que la versión anterior de mí todavía no sabía hacer; creo que eso nos pasa más seguido de lo que imaginamos.

La incomodidad aparece cuando nuestras habilidades actuales se encuentran con una realidad que exige algo más: más honestidad, más valentía, más capacidad de sostener conversaciones difíciles, más responsabilidad, más libertad. Es el espacio entre quien hemos sido y quien estamos llamados a convertirnos; es por eso que no se resuelve regresando a lo conocido, pues eso es precisamente lo que ya dominamos. La incomodidad aparece cuando estamos aprendiendo; y, aunque no nos guste, aprender implica torpeza, equivocarse, no hacerlo perfecto, no sentirse listo.

Quizá por eso muchas personas pasan años intentando evitar la incomodidad y terminan evitando también su crecimiento, pues toda transformación tiene un costo, y ese costo suele sentirse exactamente así: incómodo.

Ahora bien, tampoco creo que la respuesta sea quedarse ahí indefinidamente; no estoy tratando de romantizar el sufrimiento. Creo que la invitación es distinta: reconocerla, mirarla de frente, preguntarnos qué nos está pidiendo y después atravesarla, porque nadie puede hacerlo por nosotros; pero sin duda la compañía ayuda y sentirnos apoyados importa: las personas que nos quieren pueden recordarnos quiénes somos cuando dudamos, ciertamente mi círculo más cercano lo ha hecho más veces de las que creen.

Hay ciertos cruces que son profundamente personales y aunque quisieras nadie puede tener la conversación por ti, nadie puede tomar la decisión por ti, nadie puede dar el paso que te corresponde. Y tal vez esa sea una de las verdades más incómodas de todas: crecer no consiste en sentirse preparado, consiste en avanzar aun cuando no lo estás del todo.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La incomodidad no siempre significa que algo está mal. A veces significa que la persona que has sido hasta hoy ya no es suficiente para lo que viene después.

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