Las expectativas

20 julio, 2026
Las expectativas

Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

¿QUÉ HACEMOS CUANDO NUESTRAS EXPECTATIVAS NO SE CUMPLEN?

¿QUÉ HACEMOS CUANDO NUESTRAS EXPECTATIVAS NO SE CUMPLEN?

Todos queremos lograr algo. Deseamos que ciertas cosas sucedan y, a lo largo de la vida, hacemos planes y trabajamos para que se cumplan. Es un proceso natural. Basta conversar con alguien sobre sus proyectos para que hable de lo que espera en los distintos ámbitos de su vida: aquello que desea que ocurra o, exactamente al contrario, aquello que espera evitar.

Lo mismo sucede en nuestras relaciones con los demás. Depositamos expectativas en la pareja, los hijos, los amigos, la familia o los compañeros de trabajo. Y ellos, de la misma manera, las depositan sobre nosotros. Vivimos rodeados de expectativas, propias y ajenas.

La pregunta es: ¿cómo convivo, desde el punto de vista de mi bienestar emocional, con ese deseo de que las cosas sucedan? ¿Las expectativas me motivan o me inquietan? ¿Son un acelerador o un freno? Quizá ambas cosas.

Con frecuencia encuentro personas convencidas de que nada les sale como lo planean. Se desmotivan, se entristecen y llegan a pensar que han fracasado. Sin embargo, pocas veces advierten que gran parte de ese malestar no proviene de lo ocurrido, sino de la expectativa que habían construido alrededor de ello. Confunden un resultado con su valor como personas y convierten un tropiezo en una sentencia sobre su futuro. Olvidan que siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo y que un acontecimiento no define quiénes son.

Pero también converso con personas que han aprendido a mirar desde otro lugar. Me cuentan que aquello que vivieron no era lo que habían planeado, aunque terminó abriéndoles oportunidades que jamás imaginaron. Alguien dice: «Mi empresa tuvo problemas y perdí mi empleo, pero gracias a eso encontré una oportunidad que, de otro modo, nunca habría visto. Hoy estoy satisfecho con lo que ocurrió». Otro comenta: «Siempre quise casarme o tener hijos y aún no ha sucedido, pero esta etapa me ha permitido dedicarme tiempo, desarrollar actividades que disfruto y experimentar una libertad que quizá después no tendría».

¿Cuál es la diferencia entre ambas formas de vivir las expectativas? Al final, en los dos casos existe una expectativa. La diferencia está en la interpretación.

En el primer caso, la persona concluye que su plan fracasó y que ese fracaso le arrebató posibilidades. Construye una historia donde lo sucedido adquiere un significado negativo y permanente. En el segundo, el plan tampoco salió como esperaba, pero la conversación interna es distinta: se habla con mayor amabilidad, incorpora lo ocurrido a su historia sin convertirlo en una condena y encuentra oportunidades donde antes solo veía pérdidas. Cambia la expectativa, pero también cambia el significado.

Para mí, esto deja tres ideas claras. La primera es que siempre tendremos expectativas; forman parte de nuestra manera de vivir y de proyectarnos hacia el futuro. La segunda es que muchas de ellas no se cumplirán exactamente como las imaginamos, y eso también es parte natural de la vida. Y la tercera es que lo verdaderamente decisivo no es el acontecimiento, sino la forma en que reaccionamos ante él: qué nos decimos, cómo nos recuperamos de la incertidumbre y qué sentido somos capaces de encontrar en el presente.

En pocas palabras, Mario opina que:

Las expectativas siempre estarán presentes. Lo que cambia nuestra experiencia no es que se cumplan o no, sino la historia que elegimos contarnos cuando la realidad toma un rumbo distinto.

ATISBOS DE CONCIENCIA

LA TRAMPA DE LAS EXPECTATIVAS

LA TRAMPA DE LAS EXPECTATIVAS

Al momento de escribir este artículo se está llevando a cabo el torneo de futbol soccer más importante en el mundo: la Copa FIFA 2026. En una primera instancia participaron 48 selecciones nacionales; entre ellas, México. Ya esto comenzó a generar en sus seguidores y fanáticos la esperanza de ver a su selección avanzando en las eliminatorias. La esperanza de que México llegara a la final fue creciendo mientras iba ganando los primeros partidos; y después del triunfo del cuarto partido esa esperanza se fortaleció aún más cuando pasó a los octavos de final, convirtiéndose en una gran expectativa, la cual, cuando la selección fue derrotada y no pudo avanzar a la siguiente etapa, generó una gran frustración. La esperanza se había esfumado, y la expectativa del triunfo generó decepción, frustración, tristeza y hasta enojo. Porque así funcionan las expectativas.

No es lo mismo tener esperanza que generar expectativas a partir de ahí. Las expectativas se forman en nuestra mente anticipándonos a algo que queremos que ocurra. Esta función del cerebro es normal y es necesaria. En un proyecto, por ejemplo, es importante generar expectativas para el diseño de la estrategia para lograrlo. Es, como lo diría Stephen Covey, tener un fin en mente que dirija nuestra atención y nos ayude a planificar y dar sentido a las acciones. En este ámbito, tener una expectativa propia de algo que depende de mi participación es en sí misma un motivador y un motor para lograrlo. El problema no es tener expectativas, sino hacer de éstas una visión anticipada de la realidad sin darle espacio a otros factores que pueden influir en el resultado final.

¿Por qué generamos expectativas? Son varios los procesos que están involucrados en su formación. Si hemos vivido experiencias que se han repetido, nuestra mente da por sentado que se repetirán, como haber creído que, por los cuatro triunfos de la selección mexicana, el quinto juego tendría que ganarse también. Nuestros deseos y necesidades también cuentan, así como las creencias que rigen nuestra vida. Por ejemplo, lo que pensamos de una relación: “Si alguien me quiere, debería…”; a partir de ahí esperamos de los demás. Pero estas creencias están sólo en nuestra mente, en un sistema de creencias y valores formado a partir de nuestra cultura o experiencias de vida. También generamos expectativas por lo que interpretamos, como si cuando descubriéramos que nuestra pareja hizo una compra importante cerca de la fecha de nuestro cumpleaños, generamos la expectativa de que sería por nuestro regalo.

La mente crea escenarios futuros que pueden ser útiles para prepararnos o para ejecutar acciones; pero convertir nuestros deseos en expectativas rígidas es entrar en un terreno peligroso, sobre todo cuando hablamos de las relaciones, porque generar expectativas sobre el comportamiento de los demás con base en nuestras necesidades y deseos es una fuente de insatisfacción y frustración inagotable.

En pocas palabras, Norma opina que:

Tener deseos y necesidades es normal, pero generar expectativas sobre los demás a partir de ellos puede ser un riesgo cuando no son razonables. Nadie es responsable de cubrir nuestras expectativas, ni nosotros tenemos que hacerlo con los demás.

CREER PARA VER

¿Y SI SÍ?

¿Y SI SÍ?

Probablemente en el último mes viste esta frase repetida muchas veces. En redes sociales, en el radio, en televisión, en espectaculares y prácticamente en cualquier lugar donde se hablara de la selección mexicana: “¿Y si sí?”.

Y creo que, de alguna manera, esa pregunta representaba perfectamente lo que estaba viviendo un país entero. Millones de personas a la expectativa, ilusionadas con ver a su equipo avanzar y haciendo cuentas de todo lo que podía pasar. ¿Y si sí ganamos?, ¿y si sí avanzamos?, ¿y si sí llegamos más lejos que nunca? Cada partido alimentaba un poco más esa ilusión y nos permitía imaginar escenarios que tal vez parecían difíciles pero no imposibles. Porque creo que para eso sirven también las expectativas: para emocionarnos con algo que todavía no sucede.

El domingo pasado tuve la oportunidad de vivir todo eso de una manera muy especial. Por primera vez conocí el Estadio Azteca, por primera vez vi jugar a la selección mexicana y, además, lo hice en un Mundial, en un partido contra Inglaterra. Creo que es difícil reunir tantas primeras veces en una sola tarde y, por supuesto, llegué cargado de expectativas. Había imaginado muchas veces cómo sería entrar al Azteca, escuchar a la afición, ver a México en un Mundial y, claro, también esperaba salir de ahí celebrando una victoria.

Lo curioso es que esa misma tarde pude vivir los dos lados de una expectativa. México no ganó y, sin duda, esa era la expectativa más grande que todos los que estábamos ahí compartíamos. Pero al mismo tiempo, todo lo demás superó por mucho lo que yo había imaginado. Los cánticos, el estadio lleno, la pasión de la gente y escuchar el himno nacional rodeado de miles de mexicanos son cosas muy difíciles de explicar. Todavía hoy, cuando me acuerdo de ese momento, se me pone la piel chinita.

Y fue ahí donde me quedé pensando en la relación tan complicada que tenemos con las expectativas. Muchas veces escuchamos que no debemos esperar demasiado de algo o de alguien para evitar decepcionarnos, como si la solución fuera dejar de ilusionarnos. Pero yo no estoy tan seguro de querer vivir así. Creo que una parte muy bonita de la vida está precisamente en esperar algo, imaginarlo y emocionarnos desde antes de que suceda. Un viaje empieza desde que lo planeamos; un proyecto, desde que lo imaginamos, y muchos de nuestros sueños, desde la primera vez que nos atrevemos a pensar: ¿Y si sí?

Tal vez el problema no está en tener expectativas, sino en pensar que las cosas solamente pueden salir bien de la manera exacta en que las imaginamos. Yo quería ver ganar a México y no pasó. Me hubiera encantado salir del Azteca celebrando, abrazando desconocidos y pensando en el siguiente partido; pero no haber vivido eso no borró todo lo demás. La derrota de México y una de las experiencias más increíbles de mi vida sucedieron el mismo día, en el mismo lugar y con apenas unos minutos de diferencia.

Creo que en la vida nos pasa algo parecido muchas veces: nos enfocamos tanto en lo que esperábamos que sucediera, que a veces no alcanzamos a ver todo lo demás que sí sucedió. Un viaje puede no salir como lo planeamos y aun así regalarnos una historia inolvidable, un proyecto puede no terminar como queríamos y abrirnos una puerta que ni siquiera sabíamos que existía, la vida puede no cumplir una expectativa y, al mismo tiempo, superar muchas otras que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Por eso no creo que debamos dejar de ilusionarnos. A mí me gusta hacerlo. Me gusta esperar cosas buenas, imaginar escenarios y pensar que algo puede salir todavía mejor de lo que creo. Sí, también existe el riesgo de decepcionarnos, pero creo que esa es parte de la apuesta. Porque muchas de las mejores cosas que hacemos en la vida comienzan justamente ahí: en la posibilidad de que algo suceda.

México no ganó ese domingo. Esa expectativa no se cumplió. Pero cuando recuerdo esa tarde, el marcador no es lo primero que viene a mi cabeza. Me acuerdo del Azteca, de la rola de Juan Gabriel sonando a todo volumen y la gente cantando, de mi primera vez viendo a México y de un himno nacional que jamás había cantado con tanta fuerza.

Las expectativas no siempre se cumplen como uno quiere. A veces nos decepcionan, a veces se quedan cortas y otras veces la vida encuentra una manera distinta de sorprendernos. Pero creo que vale la pena seguir teniéndolas, seguir ilusionándonos y seguir creyendo en la posibilidad de que las cosas buenas sucedan.

Esta columna la he llamado desde hace tiempo “Creer para ver”, y es precisamente por eso: porque siempre he creído que antes de que algo suceda, primero tenemos que ser capaces de imaginarlo, de creer que es posible aunque no tengamos ninguna certeza de que vaya a pasar.

Porque muchas de las mejores historias de nuestra vida empiezan así: creyendo. O, como un país entero se preguntó durante estas últimas semanas: ¿Y si sí?

En pocas palabras, Kush opina que:

Las expectativas son parte de lo bonito de la vida, porque nos permiten ilusionarnos, imaginar y creer en algo antes de que suceda. Aunque no siempre se cumplan como esperamos, vale la pena seguir preguntándonos: ¿Y si sí? Porque muchas veces, antes de ver algo suceder, primero tenemos que ser capaces de creer que es posible.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

¿QUIÉN ESCRIBIÓ ESTE GUIÓN?

¿QUIÉN ESCRIBIÓ ESTE GUIÓN?

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿De quién son realmente las expectativas con las que vivo? Durante mucho tiempo creímos que eran nuestras. Queremos ser exitosos, ser buenos padres, formar una familia, realizar una carrera determinada, ser fuertes, amables, productivos, pacientes.

Si nos detenemos un momento, descubriremos que la mayoría de esas ideas llegaron mucho antes de que pudiéramos elegirlas. Alguien nos enseñó cómo debía ser una buena madre, cómo debía amar una buena pareja, qué significaba tener éxito, qué era suficiente, qué era fracasar. Sin darnos cuenta, heredamos un libreto y pasamos años intentando interpretarlo bien.

Quizá por eso las expectativas son tan difíciles de reconocer, porque rara vez llegan diciendo: “Esto lo espera alguien más de ti”. Llegan disfrazadas de identidad: “Así soy, así deben hacerse las cosas, esto es lo correcto”. Empezamos a vivir tratando de alcanzar una versión de nosotros mismos que tal vez nunca elegimos.

Lo más curioso es que ese mismo libreto termina apareciendo en nuestras relaciones: con nuestros hijos, por ejemplo, esperamos que logren aquello que nosotros no pudimos lograr, que aprovechen oportunidades que nosotros perdimos, que amen lo que nosotros amamos. Nada lo hacemos porque queramos hacerles daño, sino porque confundimos nuestros sueños pendientes con su camino.

Creo que a veces con la pareja o amigos sucede algo parecido: esperamos que adivinen lo que necesitamos, que entiendan nuestros silencios, que nos quieran exactamente de la manera en que imaginamos ser queridos. Y cuando eso no sucede, pensamos que el problema está en el otro.

Pocas veces nos preguntamos de dónde nació esa expectativa, qué parte de nosotros la escribió, qué herida intenta proteger. Porque las expectativas casi nunca hablan únicamente del otro; hablan también de nosotros, de nuestros miedos, de nuestras ausencias, de aquello que todavía estamos intentando resolver.

No creo que la respuesta sea vivir sin expectativas, pues son profundamente humanas… e imposible no tenerlas. Creo que la invitación es otra: volverlas visibles, preguntarnos cuáles elegimos conscientemente y cuáles seguimos cargando porque nunca nos detuvimos a cuestionarlas. Las expectativas que no revisamos tienen una forma silenciosa de viajar: pasan de generación en generación, de una relación a otra, de padres a hijos, de pareja en pareja. Y muchas veces terminamos pidiendo a otros que resuelvan historias que ni siquiera comenzaron con ellos.

Quizá crecer también consiste en eso: en distinguir entre la vida que queremos vivir y la vida que aprendimos que debíamos vivir, porque solo cuando dejamos de interpretar el libreto de alguien más empieza realmente nuestra propia historia.

En pocas palabras, Andrea opina que:

Las expectativas no desaparecen, pero cuando descubrimos de dónde vienen, dejan de dirigir nuestra vida sin que nos demos cuenta.

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