Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.
¿QUÉ HACEMOS CUANDO NUESTRAS EXPECTATIVAS NO SE CUMPLEN?
Todos queremos lograr algo. Deseamos que ciertas cosas sucedan y, a lo largo de la vida, hacemos planes y trabajamos para que se cumplan. Es un proceso natural. Basta conversar con alguien sobre sus proyectos para que hable de lo que espera en los distintos ámbitos de su vida: aquello que desea que ocurra o, exactamente al contrario, aquello que espera evitar.
Lo mismo sucede en nuestras relaciones con los demás. Depositamos expectativas en la pareja, los hijos, los amigos, la familia o los compañeros de trabajo. Y ellos, de la misma manera, las depositan sobre nosotros. Vivimos rodeados de expectativas, propias y ajenas.
La pregunta es: ¿cómo convivo, desde el punto de vista de mi bienestar emocional, con ese deseo de que las cosas sucedan? ¿Las expectativas me motivan o me inquietan? ¿Son un acelerador o un freno? Quizá ambas cosas.
Con frecuencia encuentro personas convencidas de que nada les sale como lo planean. Se desmotivan, se entristecen y llegan a pensar que han fracasado. Sin embargo, pocas veces advierten que gran parte de ese malestar no proviene de lo ocurrido, sino de la expectativa que habían construido alrededor de ello. Confunden un resultado con su valor como personas y convierten un tropiezo en una sentencia sobre su futuro. Olvidan que siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo y que un acontecimiento no define quiénes son.
Pero también converso con personas que han aprendido a mirar desde otro lugar. Me cuentan que aquello que vivieron no era lo que habían planeado, aunque terminó abriéndoles oportunidades que jamás imaginaron. Alguien dice: «Mi empresa tuvo problemas y perdí mi empleo, pero gracias a eso encontré una oportunidad que, de otro modo, nunca habría visto. Hoy estoy satisfecho con lo que ocurrió». Otro comenta: «Siempre quise casarme o tener hijos y aún no ha sucedido, pero esta etapa me ha permitido dedicarme tiempo, desarrollar actividades que disfruto y experimentar una libertad que quizá después no tendría».
¿Cuál es la diferencia entre ambas formas de vivir las expectativas? Al final, en los dos casos existe una expectativa. La diferencia está en la interpretación.
En el primer caso, la persona concluye que su plan fracasó y que ese fracaso le arrebató posibilidades. Construye una historia donde lo sucedido adquiere un significado negativo y permanente. En el segundo, el plan tampoco salió como esperaba, pero la conversación interna es distinta: se habla con mayor amabilidad, incorpora lo ocurrido a su historia sin convertirlo en una condena y encuentra oportunidades donde antes solo veía pérdidas. Cambia la expectativa, pero también cambia el significado.
Para mí, esto deja tres ideas claras. La primera es que siempre tendremos expectativas; forman parte de nuestra manera de vivir y de proyectarnos hacia el futuro. La segunda es que muchas de ellas no se cumplirán exactamente como las imaginamos, y eso también es parte natural de la vida. Y la tercera es que lo verdaderamente decisivo no es el acontecimiento, sino la forma en que reaccionamos ante él: qué nos decimos, cómo nos recuperamos de la incertidumbre y qué sentido somos capaces de encontrar en el presente.
En pocas palabras, Mario opina que: