Las decisiones

25 mayo, 2026
Las decisiones

Difiero... Al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

TOMAR DECISIONES: ¿LO QUE PIENSO O LO QUE SIENTO?

TOMAR DECISIONES: ¿LO QUE PIENSO O LO QUE SIENTO?

¿Cuántas veces hemos escuchado a personas que platican que están a punto de tomar una decisión importante? Normalmente, si se considera crucial, tiene que ver con la pareja, el trabajo o la familia; estos tres temas son a los que, de manera recurrente, les damos más valor. Sin embargo, en nuestra vida, y casi de forma automática, todos los días estamos tomando decisiones.

Desde muy pequeños empezamos a construir nuestra manera de elegir; ese proceso nos acompaña siempre: valoramos una situación y tenemos que hacer algo al respecto. Dicho de otro modo, decidir es ese conjunto de actividades mentales que llevamos a cabo para emitir una respuesta en un contexto donde debemos escoger entre varias alternativas. Pero, ¿dónde creemos que suceden las decisiones?, ¿será en nuestro razonamiento lógico o desde las emociones?, ¿por qué hay personas que pueden decidir con mucha más facilidad que otras, o que pueden relacionarse mejor con lo que sucede después de tomar una determinación?

El mito de la persona puramente racional ha caído; ya no existe. La neurociencia moderna nos ha demostrado que es imposible tomar una decisión sin el filtro de las emociones. Incluso, emocionarnos no es un obstáculo para el razonamiento; al contrario, es su brújula. Es lo que nos da ese "presentimiento" antes de ponernos a valorar fríamente los escenarios.

​El verdadero reto está en cómo nos encontramos a nivel interno cuando decidimos y qué nos indica nuestro sistema operativo mental en ese instante. Por ejemplo, si ante las consecuencias de nuestra elección lo único que experimentamos es miedo y no hacemos nada por regularnos emocionalmente, lo más seguro es que decidamos luchar o huir. Esto ocurre porque sólo estamos tratando de aliviar la incomodidad del presente: estamos reaccionando, no respondiendo.

​Aquí es donde la regulación emocional —es decir, la forma en la que me relaciono con lo que pienso— deja de ser un tema abstracto para convertirse en una habilidad importantísima de la vida diaria. Si logro desarrollar una pausa consciente antes de cualquier decisión que me lleve a ver las cosas con más claridad, lo que consigo es que otra parte de mi cerebro tome acción; una parte que valora desde mi contexto real y que no busca solamente huir.

​Como cualquier proceso del pensamiento, esto se puede entrenar. Además, debemos recordar que detrás de cada decisión vendrán réplicas de ese mismo acontecimiento, que van a requerir que volvamos a activar el mismo proceso: regularnos, aclararnos y volver a accionar. En resumen, el arte de tomar decisiones consiste en entrenar nuestra manera de habitar conscientemente lo que pensamos y sentimos.

En pocas palabras, Mario opina que:

Tomar decisiones no es elegir entre pensar o sentir. Las emociones no son un obstáculo; son la brújula. El reto está en aprender a regularnos antes de decidir, porque muchas veces no reaccionamos a la realidad... reaccionamos a lo que sentimos en ese momento.

ATISBOS DE CONCIENCIA

DECIDIR ES RENUNCIAR TAMBIÉN

DECIDIR ES RENUNCIAR TAMBIÉN

En mis funciones como consultora, es de lo más común que los consultantes quieran saber qué hacer en las circunstancias que viven y que les representan un problema en ese momento, o les quitan bienestar. La mayoría busca que le digan qué hacer, porque seguramente consideran que el consultor es alguien que tiene la cabeza más fría o que tiene mayor sabiduría, o más asertividad, o mayores conocimientos y estudios, o más experiencia. En cualquier caso, las personas buscan decidir respaldados por alguien más.

Y es que tomar decisiones, la mayoría de las veces, involucra un reto: renunciar. Decidir entre varias opciones implica renunciar a las demás para elegir una sola; es decir no a otras posibilidades con las cuales, quizás, nos sentiremos inseguros por no haber probado. Sean en lo grande o en lo pequeño, la toma de decisiones nos obliga a sopesar las ventajas y las desventajas de las opciones que tengamos; y de la claridad con la que las definamos dependerá el resultado final.

Pienso en un ejemplo, como es el decidir un destino vacacional; supongamos que ponemos la opción de una playa pequeña y la de una ciudad capital de un país, cada destino ofrece diferentes ventajas, requiere un cierto espíritu o ánimo para vivir la experiencia, también de una evaluación económica; esta podría ser una decisión pequeña, pero elegir uno implicaría renunciar al otro, al menos por ese momento. Pero no es lo mismo, por ejemplo, decidir renunciar a un trabajo, ya que la incertidumbre del impacto cuenta mucho y es importante considerar las ventajas y las desventajas. El futuro no puede predecirse, pero sí pueden considerarse escenarios posibles para compensar de cierta forma la incertidumbre.

Hay un riesgo enorme en este tema de tomar decisiones. El riesgo es no decidir y dejar que otros decidan, o que por no decidir una situación se prolongue y cause daño o malestar; o bien, que por no decidir surjan nuevas situaciones que compliquen las circunstancias originales. Indudablemente, tomar decisiones es una habilidad que nunca es tarde para desarrollarla, y, ¿cómo se aprende? Justo así, decidiendo.

Por último, creo que cuando acudimos con alguien para iluminarnos sobre cómo tomar una decisión, es conveniente saber que cualquier consejo o cualquier opinión siempre vendrá generada desde la perspectiva del otro. Yo no puedo decirle al otro qué haga ni cómo lo haga, porque quizás mi sugerencia no esté adecuada a la otra persona; es decir, eso es lo que yo haría o cómo yo lo haría. El mejor acompañamiento que podemos hacer es ayudar a crear escenarios y sondear los recursos para lidiar con cada uno de ellos. Lo mejor siempre será que quien decide sea a quien le duele, y sólo así podrá responsabilizarse de su elección y su renuncia, así como ganar experiencia. Es así como se aprende.

En pocas palabras, Norma opina que:

Ante una circunstancia en la que tenemos que tomar una decisión, el mayor riesgo es no decidir.

CREER PARA VER

NUNCA VAS A ESTAR LISTO: HAZLO AHORA

NUNCA VAS A ESTAR LISTO: HAZLO AHORA

Cómo olvidarme de esta frase, vivía en casa de mis papás y estábamos sentados en una banca en el patio, cuando le pregunté a mi viejo: “Papá, ¿cómo se puede saber cuándo estás listo para tomar la decisión de casarse?”. Su respuesta fue sencilla pero también un poco fuerte: “Nunca vas a estar listo”, se quedó callado unos segundos y lo completó con algo muy cierto: “pero créeme que te vas a sorprender al descubrir todo lo que eres capaz de resolver una vez que das el paso… y no sólo para esta decisión sino para muchas otras que la vida te va a ir poniendo de frente”. Cuando terminó sentí paz, pero a los minutos me volvió a invadir la duda; ya no sabía si tenía la respuesta o si me había enredado más, ¡ja ja ja!

La realidad es que esperaba otra respuesta. Pensé que existiría algún punto exacto en la vida donde uno siente absoluta seguridad, las dudas desaparecen, todo se acomoda y dices: “ahora sí”; pero conforme pasaron los años me fui dando cuenta de que la vida no funciona así. Nunca estás completamente listo para las decisiones importantes ni para muchas de las pequeñas. Nunca estás totalmente listo para empezar un negocio, mudarte, tener hijos, pedir perdón, cambiar un hábito, terminar una relación, comenzar otra, renunciar a algo que ya no te hace bien o atreverte a perseguir ese sueño que tiene años gritándote por dentro.

Y sinceramente creo que muchas veces vivimos drenados, esperando sentir esa señal o certeza que simplemente no existe. Es curioso que la vida acomoda muchas cosas precisamente cuando decidimos caminar o avanzar, y mucho ojo aquí, tampoco estoy hablando de actuar de manera impulsiva ni de tomar decisiones irresponsables; no te me vayas a ir por ahí. Hablo de dejar de esperar sentirte “perfectamente preparado” para tomar acción o simplemente para vivir, porque, seamos honestos, muchas veces detrás de un “todavía no estoy listo” lo que realmente hay detrás es miedo. Miedo a equivocarnos, a perder, a sufrir, al qué dirán, etc. Y es normal, todos sentimos miedo. La diferencia es que hay personas que deciden avanzar con todo y eso.

Con el tiempo, he entendido que muchas de las mejores cosas que me han pasado llegaron antes de sentirme preparado para ellas, y estoy seguro de que si volteas a ver tu vida también te ha pasado. Hay momentos donde uno simplemente da el paso y después entiende el porqué; después aprendes, después maduras, después descubres una fuerza que ni siquiera sabías que tenías, porque la seguridad no siempre llega antes de la decisión; muchas veces la seguridad nace gracias a la decisión, y eso cambia todo. Imagínate cuántas cosas increíbles se han quedado sin suceder solamente porque alguien decidió esperar “el momento correcto”: cuántos sueños se quedaron guardados, cuántas conversaciones nunca ocurrieron, cuántas oportunidades se fueron, cuánta vida dejamos para después.

La realidad es que nunca vas a tener todas las respuestas. Nunca vas a sentir control absoluto sobre todo lo que viene, pero tal vez esa no es la misión. Tal vez la misión es confiar un poco más en ti, aventarte, aprender sobre la marcha y entender que la vida también se trata de moverte aunque todavía tengas dudas, porque las personas que transforman su vida no son las que viven esperando sentirse listas; son las que un día se detienen, respiran profundo y dicen: “va, aquí voy”. ¿Qué dices? ¿te animas? ¡Hazlo ahora!

Gracias por estar aquí.

Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

Las decisiones grandes y pequeñas siempre van a venir acompañadas de miedo, incertidumbre y dudas; pero muchas veces lo único que separa la vida que sueñas de la vida que tienes, es atreverte a dar el paso, aunque todavía no te sientas listo.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

LO QUE ELEGIMOS... Y LO QUE NOS ELIGE.

LO QUE ELEGIMOS... Y LO QUE NOS ELIGE.

Las decisiones pequeñas, las grandes y las personas que somos al tomarlas.

Nos gusta pensar que las decisiones se toman desde la lógica, que analizamos opciones, evaluamos escenarios y elegimos lo que más nos conviene, pero la verdad es que la mayoría de nuestras decisiones no nacen únicamente de la razón; nacen también de quiénes somos en el momento en que decidimos, y eso cambia todo.

Nuestro estado emocional influye más de lo que imaginamos: no decide igual una persona en calma que una persona agotada; no decide igual alguien que se siente seguro, que alguien atravesando miedo, angustia o incertidumbre. El cansancio acelera decisiones, la tristeza nubla posibilidades y el estrés reduce nuestra perspectiva. A veces creemos que estamos “pensando mal”, cuando en realidad estamos decidiendo desde un sistema emocional saturado.

No sólo decidimos desde cómo nos sentimos, también decidimos desde cómo hemos sido formados; desde nuestras convicciones, desde lo que valoramos, desde el carácter que hemos construido en lo cotidiano. Es ahí donde las decisiones dejan de ser únicamente respuestas inmediatas y se convierten también en reflejos de identidad.

Muchas veces pensamos que las decisiones importantes son las grandes: cambiar de trabajo, terminar una relación, mudarse o empezar algo nuevo, pero la vida rara vez se transforma de golpe; en realidad, se va moldeando a partir de pequeñas decisiones repetidas: cómo respondemos cuando algo nos molesta, qué toleramos, qué evitamos, qué conversaciones tenemos, qué hábitos sostenemos e, incluso, qué hacemos cuando nadie nos está viendo.

Las decisiones pequeñas suelen construir silenciosamente la dirección de nuestra vida mucho antes de que lleguen las grandes, y, aun así, ninguna decisión viene con garantía; esa es una de las partes más difíciles de aceptar: podemos actuar con intención, con claridad, con honestidad… y aun así equivocarnos. Tal vez porque decidir también implica perder. Ojalá los errores fueran siempre en las decisiones pequeñas, pero la vida no funciona así.

Hay una frase que siempre vuelve a mí: «decidir es renunciar». Renunciar a todas las demás posibilidades, a lo que habría pasado si elegíamos distinto, a los otros caminos que ya no podremos recorrer al mismo tiempo, y quizá por eso algunas decisiones pesan tanto. No sólo por lo que elegimos, sino por todo aquello a lo que tenemos que decirle no para poder avanzar.

A veces, tomamos decisiones con toda la información que teníamos en ese momento y después descubrimos algo que no podíamos ver. No porque fuéramos irresponsables o incapaces, sino porque decidir también implica avanzar sin tener certeza absoluta; por eso, quizá la verdadera madurez no está en nunca equivocarnos, sino en aprender a decidir sin exigirnos perfección.

Tener claros nuestros valores ayuda, conocernos ayuda, haber trabajado nuestro carácter ayuda, porque cuando el ruido emocional aparece —y va a aparecer— esas convicciones se convierten en una especie de brújula interna. No eliminan la duda, pero ayudan a no perdernos completamente dentro de ella.

Al final, decidir es una de las formas más humanas de vivir. Elegimos aun sin garantías,
renunciamos para poder avanzar, y muchas veces es justamente ahí donde terminamos descubriendo quiénes somos.

En pocas palabras, Andrea opina que:

Las decisiones pequeñas suelen construir silenciosamente la dirección de nuestra vida mucho antes de que lleguen las grandes. Y aun así, ninguna decisión viene con garantía.

MÁS TEMAS POR EXPLORAR

/ 53

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>