Difiero... Al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.
TOMAR DECISIONES: ¿LO QUE PIENSO O LO QUE SIENTO?
¿Cuántas veces hemos escuchado a personas que platican que están a punto de tomar una decisión importante? Normalmente, si se considera crucial, tiene que ver con la pareja, el trabajo o la familia; estos tres temas son a los que, de manera recurrente, les damos más valor. Sin embargo, en nuestra vida, y casi de forma automática, todos los días estamos tomando decisiones.
Desde muy pequeños empezamos a construir nuestra manera de elegir; ese proceso nos acompaña siempre: valoramos una situación y tenemos que hacer algo al respecto. Dicho de otro modo, decidir es ese conjunto de actividades mentales que llevamos a cabo para emitir una respuesta en un contexto donde debemos escoger entre varias alternativas. Pero, ¿dónde creemos que suceden las decisiones?, ¿será en nuestro razonamiento lógico o desde las emociones?, ¿por qué hay personas que pueden decidir con mucha más facilidad que otras, o que pueden relacionarse mejor con lo que sucede después de tomar una determinación?
El mito de la persona puramente racional ha caído; ya no existe. La neurociencia moderna nos ha demostrado que es imposible tomar una decisión sin el filtro de las emociones. Incluso, emocionarnos no es un obstáculo para el razonamiento; al contrario, es su brújula. Es lo que nos da ese "presentimiento" antes de ponernos a valorar fríamente los escenarios.
El verdadero reto está en cómo nos encontramos a nivel interno cuando decidimos y qué nos indica nuestro sistema operativo mental en ese instante. Por ejemplo, si ante las consecuencias de nuestra elección lo único que experimentamos es miedo y no hacemos nada por regularnos emocionalmente, lo más seguro es que decidamos luchar o huir. Esto ocurre porque sólo estamos tratando de aliviar la incomodidad del presente: estamos reaccionando, no respondiendo.
Aquí es donde la regulación emocional —es decir, la forma en la que me relaciono con lo que pienso— deja de ser un tema abstracto para convertirse en una habilidad importantísima de la vida diaria. Si logro desarrollar una pausa consciente antes de cualquier decisión que me lleve a ver las cosas con más claridad, lo que consigo es que otra parte de mi cerebro tome acción; una parte que valora desde mi contexto real y que no busca solamente huir.
Como cualquier proceso del pensamiento, esto se puede entrenar. Además, debemos recordar que detrás de cada decisión vendrán réplicas de ese mismo acontecimiento, que van a requerir que volvamos a activar el mismo proceso: regularnos, aclararnos y volver a accionar. En resumen, el arte de tomar decisiones consiste en entrenar nuestra manera de habitar conscientemente lo que pensamos y sentimos.
En pocas palabras, Mario opina que: