La Pertenencia

26 octubre, 2026
La Pertenencia

ATISBOS DE CONCIENCIA

LA PERTENENCIA… DONDE SÍ Y DONDE NO.

LA PERTENENCIA… DONDE SÍ Y DONDE NO.

En los últimos tiempos, se ha hecho muy popular el término FOMO, siglas en inglés de Fear of Missing Out, que se traduce como el “miedo a perderse algo”. Aun con sus siglas en inglés, el término se ha incorporado al idioma español, de tal manera que podemos decir “Me dio fomo” para resumir la idea de esa inquietud que surge cuando vemos que otros están viviendo una experiencia más divertida o más interesante, o que están relacionándose con otras personas con las que nos gustaría relacionarnos, pero no fuimos convocados. Nos sentimos excluidos de la experiencia, y esto toca en lo profundo una necesidad humana: pertenecer. El término FOMO nombró un tema sensible del ser humano.

Desde que nacemos experimentamos esta necesidad, la de pertenecer, porque esto nos brinda la sensación de estar acompañados y reconocidos, y nos hace sentir seguros. Y cuando tenemos una necesidad, tenemos el impulso de satisfacerla, al precio que sea. La familia es el primer grupo al que pertenecemos, cuando somos niños; y después, vamos buscando otros grupos a los cuales pertenecer, como los amigos, la escuela, o al ambiente laboral. Esta pertenencia nos da identidad también, y es por ello que el miedo de no tener pertenencia es el miedo a perder nuestra identidad. Por esto, en muchas ocasiones podemos querer estar en algún lugar sólo porque no nos sentimos bien si no estamos. No es el lugar o la circunstancia; es la exclusión.

Nosotros tenemos la libertad de elegir adónde pertenecer y adónde no, pero lo olvidamos; o quizás, nuestra necesidad de aceptación y la búsqueda de seguridad es más urgente. Y podemos llegar a pagar un precio, el precio de sacrificar nuestros  verdaderos intereses, o de ocultar nuestras opiniones y hasta nuestra verdadera identidad, sólo para sentirnos parte de algo. Y es entonces que la pertenencia ya no es un espacio real de conexión, sino solamente un refugio que nos brinda la ilusión de tener un lugar seguro y de reconocimiento.

¿Dónde sí pertenecer? Sentimos la pertenencia donde podemos ser nosotros mismos, expresar nuestras opiniones, necesidades y deseos sin tener que asemejarlos a los de los demás o sin disimularlos, porque las diferencias con otros no nos resultan amenazantes; seguimos perteneciendo.

Por otro lado, hay ciertos ambientes o relaciones a los que nos gustaría pertenecer, bajo riesgo de ser juzgados o de tener que disminuirnos para encajar con los demás. Insistimos en pertenecer por mantener la identidad que nos da ese ambiente. Nuestra libertad para elegir dónde sí y dónde no, se topa con el miedo; pero elegir desde el miedo no nos garantiza la construcción de una personalidad madura ni de la seguridad que estamos buscando. Sí, pertenecer es una necesidad, es importante, es un requisito para el bienestar; pero no todos los grupos, o los ambientes, o las relaciones, nos ofrecen beneficios.

En pocas palabras, Norma opina que:

De vez en cuando, conviene preguntarnos si somos nosotros mismos en ese lugar al que pertenecemos, o si ya aprendimos a ser como los demás esperan que seamos.

CREER PARA VER

EL MÁS VIEJO DE LA CLASE

EL MÁS VIEJO DE LA CLASE

Hace algunos años vi una película mexicana llamada El estudiante, protagonizada por Jorge Lavat, que cuenta la historia de Chano, un señor de 70 años que decide regresar a la universidad para estudiar Literatura. Lo interesante es que termina compartiendo clases con jóvenes que podrían ser sus nietos y, entre tantas diferencias, descubre que tiene mucho que aprender de ellos, pero también muchísimo que enseñarles. Hace unos meses me tocó vivir una experiencia parecida, aunque todavía me faltan algunos años para llegar a los 70, jajaja.

Resulta que decidí inscribirme a un diplomado en Centro, una universidad muy reconocida por sus programas de diseño y creatividad. El curso está enfocado en temas de negocios y toda la parte artística y creativa alrededor de la industria de la moda, un mundo en el que he decidido seguir especializándome. Todo iba muy bien hasta que llegó el primer día de clases. Comencé a conocer a mis compañeras y me llevé una sorpresa: ¡eran puras mujeres de entre 19 y 24 años! Y ahí estaba yo, con mis 42 años, siendo por mucho el más viejo de la clase.

No te voy a mentir, al principio me sentí un poco incómodo; no porque hubiera algo malo, sino porque de pronto me encontraba en un ambiente muy diferente al que estoy acostumbrado. Me preguntaba qué tanto tendría en común con ellas, cómo serían las dinámicas y si realmente iba a encajar en ese grupo. Pero decidí darme la oportunidad de vivir la experiencia y recordar algo que cada vez tengo más claro: siempre hay algo nuevo que aprender, sin importar la edad que tengamos.

Hoy todavía no termino el diplomado, pero la experiencia ha sido muy grata. He aprendido muchísimo de mis compañeras, de sus ideas, de su manera de pensar y de cómo ven el mundo desde una generación diferente a la mía. Y algo que me ha resultado especialmente valioso es que actualmente estamos desarrollando la categoría de “Damas” en la empresa que trabajo, así que poder escuchar y entender distintas perspectivas femeninas me ha abierto muchísimo el panorama. Al mismo tiempo, ellas también han encontrado valor en mi trayectoria profesional y en las experiencias que puedo compartirles. Hemos trabajado en equipo, intercambiado ideas y aprendido unos de otros.

Y aquí es donde quiero llegar con el tema de hoy: la pertenencia. Porque muchas veces creemos que para pertenecer a un lugar tenemos que parecernos a quienes están ahí: tener edades similares, compartir gustos, pensar de la misma manera o venir de historias parecidas; y, cuando eso no sucede, comenzamos a sentirnos fuera de lugar, incluso antes de que alguien nos haga sentir así.

Creo que todos hemos vivido algo parecido: llegar a una reunión donde no conocemos a nadie, entrar a un trabajo nuevo, integrarnos a un grupo de amigos o encontrarnos en un ambiente donde sentimos que somos diferentes. Y quizá el problema es que a veces confundimos pertenecer con encajar; esto último, para mí, puede significar adaptarnos a lo que los demás esperan de nosotros, mientras que pertenecer significa encontrar un espacio donde podamos ser quienes somos y donde nuestras diferencias también tengan algo qué aportar.

Por supuesto que hay lugares donde simplemente no nos sentimos cómodos, donde no compartimos valores o donde tenemos que fingir para ser aceptados. Y creo que también es importante aprender a reconocer dónde sí y dónde no. Pero hay otros lugares que quizá descartamos demasiado pronto, simplemente porque son distintos a lo que conocemos, y si no nos damos la oportunidad de explorarlos podemos perdernos de muy buenas experiencias.

Hoy me da mucho gusto haber tomado la decisión de regresar a clases. No solamente por lo que estoy aprendiendo sobre la industria de la moda, sino porque me ha recordado que la pertenencia no siempre tiene que ver con lo mucho que nos parecemos a los demás; a veces tiene que ver con lo que podemos construir precisamente gracias a nuestras diferencias.

Y pensar que todo comenzó con la incomodidad de ser el más viejo de la clase… Gracias por estar aquí. ¡Te abrazo!

En pocas palabras, Kush opina que:

Aprender a reconocer dónde sí y dónde no pertenecemos, también implica entender que nuestras diferencias no siempre nos separan; muchas veces son precisamente las que nos permiten conectar, aprender y crecer.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

PERTENECER SIN DESAPARECER: SOBRE EL PRECIO DE INTENTAR ENCAJAR.

PERTENECER SIN DESAPARECER: SOBRE EL PRECIO DE INTENTAR ENCAJAR.

A veces, dejar de ser nosotros mismos no ocurre de golpe. No hay una decisión que marque un antes y un después, ni un día en el que nos levantemos pensando que vamos a cambiar quiénes somos para que los demás nos quieran; a veces, sucede poco a poco, a través de pequeñas decisiones que, por separado, parecen insignificantes: dejamos de hacer algo que nos gusta porque hay otras cosas más importantes, vemos menos a ciertas personas, postergamos algún proyecto, cambiamos de opinión o aprendemos a callar algo que antes habríamos dicho. Nos convencemos de que es temporal, de que así funcionan las relaciones, de que querer también significa ceder. Y sí, a veces significa ceder; el problema surge cuando somos siempre nosotros quienes lo hacemos.

Creo que hay una necesidad muy humana de sentir que tenemos un lugar en la vida de los demás: queremos que nos elijan, que nos consideren, que sepan que pueden contar con nosotros. Y a veces, sin darnos cuenta, empezamos a demostrarlo, como si el amor, la aceptación o la pertenencia fueran algo que tuviéramos que acreditar todos los días, como si nunca fuera suficiente lo que damos y siempre hubiera algo más que debiéramos hacer para que nadie dudara de nuestro lugar.

En ese intento, podemos llegar a confundir nuestras prioridades con las pruebas que ofrecemos para demostrar que alguien es importante para nosotros. Y así, casi sin notarlo, otras cosas que también nos daban sentido empiezan a perder espacio; no porque hayan dejado de importarnos, sino porque sentimos que elegirlas podría significar que estamos eligiendo mal. Lo difícil aquí es que, mientras sucede, creemos que estamos haciendo lo correcto, que estamos cuidando algo valioso, que la única forma de demostrar amor es priorizando al otro; hasta que un día nos preguntamos cuándo dejamos de hacer tantas cosas que también nos hacían felices, cuándo dejamos de buscar a ciertas personas o por qué empezamos a sentir que, aun dando tanto, no alcanzamos a ser suficientes.

Hoy pienso que pertenecer no debería exigirnos estar demostrando constantemente que merecemos un lugar. Tampoco significa que podamos vivir sin adaptarnos a los demás o sin hacer concesiones. Compartir la vida implica movernos, escucharnos y cambiar algunas cosas; pero hay una diferencia entre hacer espacio para alguien y dejar de tener espacio para nosotros mismos.

Quizá crecer también sea aprender a reconocer esa diferencia: entender que podemos querer profundamente, comprometernos y elegir a otras personas sin convertirnos en una versión cada vez más pequeña de quienes somos; que nuestras amistades, nuestros intereses, nuestros sueños y las cosas que nos hacen sentir vivos, no son necesariamente una competencia con aquello que amamos.

Porque, al final, ¿de qué sirve encontrar un lugar si, para permanecer en él, tenemos que ir dejando fuera partes de nosotros?

En pocas palabras, Andrea opina que:

Pertenecer no debería exigirnos estar demostrando constantemente que merecemos un lugar. Tampoco significa que podamos vivir sin adaptarnos a los demás o sin hacer concesiones.

DIFIERO... AL CONOCIMIENTO SE LLEGA MEDIANTE EL CUESTIONAMIENTO

PERTENENCIA: ¿LA PROVOCO O RESULTA...?

PERTENENCIA: ¿LA PROVOCO O RESULTA...?

Cuando nacemos, ya pertenecemos al mundo; después, lo más común es que pertenezcamos a una familia, cualquiera que sea su composición. Posteriormente, empezamos a tomar nuestras decisiones y vamos acercándonos y perteneciendo a muchos y variados grupos; incluso, formamos nuevos núcleos familiares y tenemos relaciones de muchas formas. Me interesó mucho este tema por la importancia que para todos —incluidos los que dicen que no les importa— representa el pertenecer.

     Leyendo sobre esto del sentido de pertenencia para las personas, me di cuenta de que es una necesidad situada sólo por debajo de la primaria que es la supervivencia —comer, respirar, etcétera—, y la secundaria que es la seguridad —mantenerse a salvo—. Y esta necesidad de pertenecer, la que sigue, obvio que conlleva un aspecto desagradable, que ocurre en nuestros pensamientos cuando creemos que no pertenecemos.

Existen muy diversos significados con respecto a qué debemos pertenecer, llámese pareja, familia, trabajo, amigos, pasatiempos, logros, edades y demás subgrupos que puedan surgir, y cada uno de ellos es totalmente individual, pues son definiciones que nos vamos creando a lo largo de nuestra vida conforme se da ese sentido de pertenencia. Y, en la actualidad, hasta en los grupos de chat basta con revisar nuestro teléfono para darnos cuenta a todo lo que nos interesa pertenecer.

Pero ¿qué ocurre en nuestros pensamientos cuando definimos que no logramos ser parte de algo a lo que aspirábamos?, ¿cómo es ese sentimiento? Viene de un supuesto rechazo, genera frustración, provoca tristeza; y en algunas ocasiones, envidia y coraje. Todos lo hemos experimentado, no conozco a nadie que se salve.

Aceptar que tenemos todos esos pensamientos es el primer paso para gestionarlos; después de eso, hay que tener claro que el que define, en muchos de los casos —no en todos, porque hay cosas naturales—, qué es importante en cuanto a pertenencia se refiere, soy yo. No puedo negar que es difícil, pero tampoco puedo pensar que sólo soy eso; en muchas ocasiones, nosotros inventamos la necesidad de pertenecer y nos encontramos con realidades distintas a las que esperábamos, y eso nos intranquiliza.

Lo único que va a ser constante es la incertidumbre, pues no podemos controlar quién nos acepta o no, o los grupos de los cuales podemos formar parte o de los que no; con lo que sí podemos trabajar emocionalmente es nuestra necesidad y adaptarnos a lo que vamos descubriendo, encontrar diferentes formas, lugares y personas donde nos sintamos valorados, abrirnos a la posibilidad de ponernos retos en este sentido, pero haciendo planes con actividades para lograrlo y disfrutar el camino, porque el resultado va a ser accidental, va a suceder de todas maneras.

Somos seres que necesitamos de los demás, siempre, pero nosotros definimos quiénes son los demás, abrazando e incorporando cada paso a nuestra realidad personal. En cuanto a pertenencia se refiere, muchas las vamos a provocar y otras solamente van a ocurrir.

En pocas palabras, Mario opina que:

El sentido de pertenencia no siempre depende de nosotros. A veces lo construimos y otras veces simplemente sucede. Lo importante es reconocer dónde y con quiénes nos sentimos parte.

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