La rutina

27 abril, 2026
La rutina

DIFIERO… AL CONOCIMIENTO SE LLEGA MEDIANTE EL CUESTIONAMIENTO

LA RUTINA: ¿EL ANCLA QUE NOS SUJETA O EL PESO QUE NOS HUNDE?

LA RUTINA: ¿EL ANCLA QUE NOS SUJETA O EL PESO QUE NOS HUNDE?

Entiendo que el mundo ocurre como lo pensamos, no como es. O, mejor dicho, para cada uno es distinto. Existen, obviamente, hechos objetivos: un día puede estar nublado y eso es una realidad física, pero eso no define la interpretación que le damos. Para alguien, un día gris es signo de melancolía; para otro, es simplemente un respiro del calor que le genera alegría.

​Hace unos días, escuché —por accidente o con intención, según se vea— a dos mujeres de unos 40 o 45 años mientras esperábamos en la fila para abordar un vuelo. La charla, interesante como la mayoría de las conversaciones ajenas, trataba sobre cómo la rutina se había apoderado de sus vidas. Una de ellas contaba que en su trabajo y su matrimonio todo era lo mismo. Desde hacía años seguía la misma agenda y ya no sentía la “chispa” de la novedad. Conforme pasaba el tiempo, tenía menos ganas de hacer cosas: ser anfitriona en reuniones, salir a solas con su pareja o incluso desvelarse como solía hacerlo.

​Me interesó aún más la respuesta de su amiga. Con una voz mucho más animada, le dijo: “Pues a mí me encantan mis rutinas; siento que cada vez las valoro más. Me despierto y voy por un café; disfruto prepararlo y olerlo. Veo por la ventana cómo amaneció el día, le pongo actitud, despierto a mi esposo e hijos y trato de incluir alguna novedad, algo que les dé risa. En mi trabajo, aunque llevo mucho tiempo en el mismo empleo, me pongo pequeños retos semanales; eso me motiva. Por la tarde, trato de dejar los problemas en pausa y disfruto de mi ejercicio y del final del día. Me gusta mi rutina”.

​Esta plática me hizo reflexionar. Desde un punto de vista cultural, la rutina suele asociarse con la conformidad, el estancamiento o la falta de placer. Se nos dice que abandonar lo habitual y hacer algo intrépido es el único acto de libertad y salud mental. Sin embargo, siento que este planteamiento carece de fundamento. La rutina no implica el fracaso de una vida interesante; es, en realidad, una característica estructural de cómo la mente mantiene la coherencia.

​La rutina hace espacio en tus pensamientos para que puedas disfrutar de diversas experiencias sin el agotamiento de estar decidiendo todo el tiempo. Nos permite predecir el entorno, lo cual fomenta, sin duda, la regulación emocional. Para muchos —como es mi caso—, la rutina no es una evasión de la experiencia, sino la condición que permite vivirla plenamente.

​La rutina es lo que haces (preparar el café), pero la intención que le pones es lo que llamamos ritual (disfrutar el aroma, el calor de la taza, el significado de una buena mañana). Esto se construye mentalmente. De hecho, podemos crear intencionalmente “micronovedades” en nuestras costumbres para descubrir nuevas emociones y mantener el cerebro ocupado en el presente.

​La rutina ideal es aquella que nos sirve, nos tranquiliza y nos da sentido; no la que nos consume y nos maneja como si no hubiera otro remedio, pues esta última sólo provoca intranquilidad. Gracias a esas dos personas por permitirme, sin saberlo, escuchar sus reflexiones.

En pocas palabras, Mario opina que:

La rutina no es el problema… es cómo la vivimos. Puede sentirse como un peso cuando se vive sin intención o convertirse en un espacio de estabilidad cuando la hacemos consciente. No se trata de romperla, sino de habitarla.

ATISBOS DE CONCIENCIA

¿PARA QUÉ CAMBIAR?

¿PARA QUÉ CAMBIAR?

¿Qué tan conforme estás con lo que haces? ¿Te animas a seguir así por el resto de tu vida? ¿O existe algo que siempre has querido hacer, pero lo has pospuesto, incluso hasta olvidar que lo deseas?

La vida, en el día a día, puede estar enmarcada en la rutina, organizada generalmente de manera que represente seguridad y comodidad, aunque no siempre sea satisfactorio; es decir, que represente certezas y brinde la sensación de tener el control sobre lo que nos sucede. En ocasiones puede ser aburrida, pero el estar en una zona de confort en la que no hay retos ni sobresaltos, sino lo conocido, de alguna manera garantiza la supervivencia.

Cuando se tiene una vida predecible es fácil darle el crédito a la disciplina que requiere la rutina. Tenemos la sensación de que, en ese espacio controlado, no hay riesgos. Pero siempre hay imprevistos que nos hacen sentir que ya no tenemos el control, y eso nos trastorna.

¿Cómo vives la vida? ¿Es tu vida una rutina en el trabajo, en tus relaciones, en tus diversiones? ¿Es la rutina una aliada para ti, o una enemiga del bienestar, de la creatividad, de la prosperidad, de la pasión o de la salud? Indudablemente que la rutina nos permite ver nuestro día a día sin obstáculos, y nos brinda la ilusión de tener una vida satisfactoria. Y puede llegarnos la pregunta: ¿para qué cambiar?

El miedo a cambiar puede estar relacionado con la comodidad de la rutina, vista como inercia; y esa comodidad nos impide desarrollar la capacidad de reaccionar ante los imprevistos, o bien, de anticiparnos a los eventuales cambios. Y en la actualidad, resulta de mayor importancia saber que el cambio es la constante y que saber adaptarnos es un requisito. Hemos sido educados para tener seguridad y aprendemos a tolerar lo que ya conocemos; los cambios nos enloquecen y nos dispersan y por eso nos refugiamos en la rutina.

Aun así, la rutina también puede ser nuestra aliada cuando hablamos del desarrollo de hábitos, de la sistematización de procesos, de la formación del carácter y la construcción de una cultura. Pero si se trata de seguir en la rutina como garantía de supervivencia, habría que saber que limita el despliegue de nuestra humanidad ante la vida. Cuando el cambio nos sorprende, llega como un regalo, pero no nos atrevemos a abrirlo. En ocasiones, ese regalo toma la forma de nuevos amigos, nuevas costumbres, nuevas relaciones, nuevos sabores, nuevos hábitos, nuevos lugares.

Distinguir cuándo la rutina es nuestra aliada y cuándo nuestra enemiga es lo importante a considerar puesto que de ahí se deriva lo que ya, de manera consciente, haremos después: salir de la rutina y enfrentarnos al cambio, o mantenernos en ella y seguir creyendo que tenemos todo bajo control.

En pocas palabras, Norma opina que:

A veces, salir de la rutina puede no tener un resultado evidente, pero sí puede representar un triunfo en la formación del carácter.

CREER PARA VER

LA RUTINA NO EXISTE

LA RUTINA NO EXISTE

Suena raro, ¿no?; porque a veces hablamos de “no caer en la rutina” como si fuera algo inevitable; como si en algún punto todos estuviéramos destinados a vivir días iguales, uno tras otro; pero cada vez me hace menos sentido esa idea.

Y te explico a qué voy con este título que escogí.

La palabra rutina viene del francés routine, que a su vez viene de route, que significa camino. Etimológicamente, habla de recorrer una y otra vez la misma ruta; un camino ya conocido, ya trazado.

Y sí, la rutina existe. Ahí está la palabra, ahí está su significado.

Pero aquí es donde empieza a hacerme ruido.

¿De verdad estamos caminando exactamente el mismo camino todos los días?

Frecuentemente platico con amigos sobre cuánto me gusta lo que hago. Trabajo en marketing y creatividad, y eso me ha dado la oportunidad de navegar en proyectos muy distintos entre sí. Un día puedo estar desarrollando el nombre y la etiqueta para una cerveza, y al siguiente puedo estar metido en una campaña con Checo Pérez para una marca de llantas.

Y si lo ves desde afuera, pareciera que sí hay una rutina: llego a cierta hora, trabajo, salgo, repito.

Pero si lo vivo desde adentro, no se siente así.

Porque, aunque la estructura sea la misma, lo que pasa dentro de ese día cambia todo el tiempo. Cambian las ideas, los retos, las conversaciones y las decisiones. Cambia cómo llego yo ese día. Cambia mi energía. Cambia lo que estoy pensando. Cambia lo que estoy aprendiendo.

Entonces empecé a cuestionarme si la rutina realmente existe o si es sólo la forma en que decidimos ver nuestra vida.

Porque cuando dices “estoy en la rutina”, en el fondo lo que estás diciendo es: estoy viviendo en automático. Dejé de observar; dejé de notar; dejé de conectar con lo que estoy haciendo.

Y es ahí donde todo empieza a sentirse igual, aunque no lo sea.

La realidad es que es prácticamente imposible que un día sea idéntico a otro. Siempre hay algo distinto. El problema es que muchas veces no lo vemos; es como si apagáramos la curiosidad y prendiéramos el piloto automático.

Y entonces sí: parece que estamos recorriendo el mismo camino.

Pero no porque el camino sea el mismo… sino porque dejamos de mirar lo que hay en él.

Y no se trata de que todos tengamos un trabajo creativo o cambiante. Incluso en los trabajos más estructurados, en los días más repetitivos, hay matices, hay detalles, hay pequeñas decisiones que hacen que cada día tenga algo diferente.

Pero eso sólo aparece cuando lo quieres ver.

Para mí, más que huir de la rutina, el reto está en cambiar la manera en la que la interpretas. Entender que la estructura no es el problema. El problema es cuando dejas de habitarla.

Porque, al final, no es que la rutina te atrape, sino que tú dejas de estar presente en lo que haces.

Y cuando regresas, cuando vuelves a involucrarte, cuando te das cuenta de lo que realmente está pasando dentro de tu día, algo cambia. No necesariamente cambia lo que haces, pero sí cambia por completo cómo se siente.

Tal vez la rutina sí existe, pero no como creemos.

Tal vez no es repetir el mismo camino, sino dejar de darte cuenta de que nunca es exactamente el mismo.

Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

La rutina no es que los días sean iguales, sino que dejas de percibir lo que los hace distintos; y cuando recuperas esa conciencia, incluso lo más cotidiano puede volver a sentirse vivo.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

LO QUE REPETIMOS NOS CONSTRUYE

LO QUE REPETIMOS NOS CONSTRUYE

La rutina tiene mala fama. Se asocia con monotonía, con rigidez, con días que se repiten sin sentido. Como si vivir en rutina fuera lo opuesto a vivir con intención, como si lo espontáneo fuera siempre más valioso que lo estructurado. Pero con el tiempo he descubierto algo distinto: la rutina, bien entendida, no limita la vida… la sostiene. En mi caso, ha sido una aliada; no como una lista rígida que hay que cumplir perfecto, sino como una estructura que me ayuda a regresar, a ordenar y a tener claridad sobre lo que es importante cuando todo lo demás empieza a moverse.

Sigo una metodología que me ha ayudado mucho a aterrizar esto en lo cotidiano, pero, más allá del método, lo que realmente ha hecho la diferencia es entender que la rutina no está para controlarlo todo, sino para acompañar la vida como es. Porque la vida no es lineal; se mueve, cambia, interrumpe. Y cuando la rutina se vuelve inflexible, deja de ser aliada y se convierte en carga.

Por eso, lo que más me ha funcionado no es tener una rutina perfecta, sino una rutina que se puede mover conmigo. Si algo no sucede en el momento planeado, se ajusta, se recorre, se suelta si es necesario. Sin culpa. Esa flexibilidad cambia todo, porque entonces la rutina deja de ser una medida de exigencia y se convierte en una herramienta de claridad. Ya no es un espacio donde “fallo” si no cumplo, sino un punto de referencia al que puedo volver una y otra vez, y en ese volver algo se ordena.

La rutina no se trata de llenar cada espacio del día. Se trata de decidir qué vale la pena repetir: qué hábitos, qué momentos, con qué personas y qué pequeñas acciones queremos que formen parte de nuestra vida lo suficiente como para que nos construyan, porque, al final, no somos lo que hacemos de vez en cuando; somos lo que repetimos, y, en medio de días cambiantes, pendientes o imprevistos, tener algunos puntos fijos, aunque sean pocos, puede ser la diferencia entre sentirnos perdidos o sentir que hay dirección.

La rutina no tiene que ser perfecta para ser útil. Solo tiene que ser lo suficientemente clara para sostenerte… y lo suficientemente flexible para no romperse cuando la vida cambie.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La rutina no está para controlarte; está para ayudarte a regresar a lo que importa.

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