El Cambio

6 julio, 2026
El Cambio

​Difiero... Al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

¿EL CAMBIO ES REAL O MENTAL?

¿EL CAMBIO ES REAL O MENTAL?

Tengo un buen amigo desde hace muchos años, que además es mi compañero de trabajo, y hace algunos meses me llamó y me dijo que si podíamos comer para platicarme algo que venía pensando y que necesitaba discutir con alguien. Con mucho gusto accedí y llegamos al día siguiente a un restaurante que está cerca de la oficina. Nos sentamos, ordenamos rápidamente y le dije que iniciáramos cuanto antes con ese tema que quería comentar, porque me tenía con la duda.

Lo primero que me dijo fue: “Necesito un cambio; parece que el mundo se ha enrachado en contra mía: estoy estancado, no me gusta cómo me siento, y ya me está afectando en otros aspectos: duermo poco, estoy muy irritable, me siento triste... Si lo pudiera resumir, siento que no tengo ilusión”. Y de manera contundente concluyó: "Mario, necesito un cambio urgente. Si cambio de trabajo, si me mudo de ciudad y si dejo atrás esta rutina, por fin voy a tener paz mental y me voy a sentir bien".

Este tema me llamó poderosamente la atención porque, además de tenerle mucha estima a esta persona que me lo dijo, le reconozco mucho toda su trayectoria personal, tanto en lo profesional como en otros aspectos, así que quise investigar qué sucede en nuestros pensamientos cuando perseguimos el cambio desesperadamente: ¿qué buscamos?, ¿cómo podemos gestionarlo?

El cambio lo podríamos dividir en dos planos. El primero es el que representa un hecho que, sin importar lo que pienses, tiene que ver con el mundo físico: el clima, la edad o el desgaste de algún material; son átomos que se mueven, está completamente fuera de tu conciencia individual. El segundo tiene que ver con lo que piensas: tu mente procesa, interpreta y fluye constantemente; los pensamientos, las creencias y las emociones nunca se detienen, y están totalmente relacionadas con tu experiencia y tus expectativas.

En el caso de mi amigo, decidió cambiar de residencia y de empleo. Al poco tiempo fui a visitarlo, le pregunté cómo se sentía y me dijo que, en efecto, había conseguido un empleo similar al que tenía y que la casa adonde se mudó le gustaba, pero que los insomnios no se habían detenido; era un escenario distinto pero los pensamientos desagradables ahí estaban; el código postal era otro, pero con las mismas reflexiones.

Fue entonces cuando me compartió un razonamiento que me hizo todo el sentido: “Vamos persiguiendo una ilusión: que el bienestar llegará cuando las cosas se presenten perfectas, y eso no me resultó me dijo. Buscamos el cambio como si fuera un evento geográfico o laboral. Ahora me dediqué a cambiar mi forma de ver la realidad, el filtro por el cual ocurre el mundo para mí; busqué ayuda y me está funcionando. El verdadero cambio no es una nueva realidad; es trabajar con mi mente observando los mismos acontecimientos. Me siento más tranquilo”.

Me dio mucho gusto por mi amigo.

En pocas palabras, Mario opina que:

El cambio más profundo no siempre ocurre afuera; sucede cuando aprendemos a mirar la misma realidad desde una mente diferente.

ATISBOS DE CONCIENCIA

DECIDIR CAMBIAR O CAMBIAR SIN DECIDIR

DECIDIR CAMBIAR O CAMBIAR SIN DECIDIR

En una ocasión que cambiamos de casa, quise llevarme una planta que valoraba mucho y que quería que me acompañara a mi nuevo domicilio. Quería conservarla, pero para ello tenía que arriesgarme a desenraizarla y cambiarla de suelo. Yo dudaba de que pudiera resistir y que se volviera a arraigar a la nueva tierra. De manera insistente le preguntaba a la persona que iba a hacer el trabajo de jardinería si estaba seguro de que la planta no se marchitaría en el cambio, y siempre me decía que confiara, que la planta iba a sobrevivir y seguramente se iba a arraigar pronto, y fortalecería sus raíces.

Esta anécdota vino a mi mente al pensar en los cambios. Nos cuesta trabajo confiar cuando hemos decidido un cambio, porque lo que nos ha dado seguridad es la rutina; nos hemos acostumbrado a una situación, persona o lugar, y eso nos ha brindado una certeza que nos tranquiliza, y modificarlo, dejarlo ir, puede atemorizarnos. ¿Por qué? Porque nos genera incertidumbre, y eso puede convertirse en confusión, caos.

Cuando somos nosotros quienes hemos decidido el cambio, seguramente hemos considerado la mayoría de las razones que lo ameritan, así como diferentes escenarios de acuerdo a nuestras necesidades. Aun así, surgen las dudas y vemos hacia delante con incertidumbre y a veces hasta con desconfianza. Los cambios no son fáciles, y la forma en que nos enfrentamos a ellos depende también de diversos factores, entre ellos si el cambio es por una decisión propia o por una circunstancia que ha surgido sin planear. Si nosotros lo elegimos, tenemos esa gran ventaja porque nos motivan las razones por las que decidimos el cambio y, por lo tanto, nos ocupamos de llevarlo a cabo. Eso no significa que no tengamos la incertidumbre o se genere el estrés que sin duda aparece durante el período de transición; por el contrario, si el cambio es inesperado, tendremos que emplear nuestra capacidad de adaptación, nuestra autoconfianza y, por supuesto, esa actitud proactiva que nos coloca en una posición de empoderamiento que nos faculta para vivir el cambio y salir adelante.

No necesito abundar en la idea de que es más fácil adaptarnos a los cambios que nos traen beneficios evidentes —una casa más grande, un barrio de la ciudad más seguro, un carro nuevo, un cambio de empleo con mayor sueldo— que cuando los cambios nos orillan a tener menos bienestar. La adaptación y la aceptación del cambio estará en función del aporte que nos haga.

El cambio es inevitable y muchas veces es deseable. A veces, cuando empiezan a asomarse los cambios, no estamos seguros si es para mejorar. ¿Podemos confiar en que ese cambio nos está preparando para algo mejor?, ¿podemos confiar en que se fortalecerán nuestras raíces?

En pocas palabras, Norma opina que:

Quizás uno de los mayores obstáculos para aceptar un cambio es la falta de confianza en nuestras propias capacidades para adaptarnos.

CREER PARA VER

NOS MUDAMOS OTRA VEZ

NOS MUDAMOS OTRA VEZ

Te estarás preguntando qué tiene que ver una mudanza con el punto que tocamos en esta ocasión. Bueno, aquí te va.

Empiezo por contarte que durante mis doce años de casado me ha tocado mudarme cinco veces. Cinco veces empacando cajas, desarmando muebles, encontrando objetos que ni siquiera recordaba que existían y tratando de acomodar una vida completa en un mundo de cartones apilados; y aunque cada mudanza ha sido distinta, todas me han dejado la misma reflexión: la vida no deja de cambiar.

Algunos cambios los elegimos: decidimos cambiar de casa, cambiar de trabajo, emprender un negocio, casarnos o tener hijos. Son decisiones que tomamos porque creemos que nos llevarán a algo mejor; sin embargo, por más voluntarios que sean, los cambios siempre implican adaptarse a algo nuevo, porque una cosa es decidir cambiar y otra muy distinta vivir las consecuencias.

Hace un mes nos tocó mudarnos de casa nuevamente, y aunque seguimos prácticamente en el mismo entorno, en la misma ciudad, el movimiento ha sido importante. Nosotros nos adaptamos relativamente rápido, pero nuestras hijas de siete y tres años siguen extrañando la casa anterior. Las rutinas cambian, los espacios cambian, y aunque yo esté seguro de haber tomado la decisión correcta, eso no significa que el proceso sea algo facilito. Por eso me gustó tomar este ejemplo, porque creo que así funciona la vida en general.

Muchas veces pensamos que los cambios solamente llegan cuando nosotros los provocamos, pero no es cierto. También existen los cambios que simplemente llegan sin pedir permiso: una enfermedad, una pérdida, una separación, un despido, un hijo que crece, nuestros papás haciéndose viejos o una amistad que ya no es igual que antes. La vida constantemente nos está moviendo de lugar.

Algunos cambios llegan disfrazados de oportunidad, otros llegan disfrazados de problema, pero con el tiempo me he dado cuenta de que la gran mayoría terminan enseñándonos algo.

Cuando volteo hacia atrás, me doy cuenta de que ninguna de las cinco mudanzas ocurrió nada más porque sí; cada una marcó el inicio de una nueva etapa de nuestra familia: en cada casa fuimos personas distintas, en cada casa crecimos, aprendimos y evolucionamos.

Y tal vez eso sea precisamente vivir: entender que no fuimos hechos para permanecer siempre en el mismo lugar, haciendo las mismas cosas y siendo exactamente la misma persona. Porque cambiar no siempre es cómodo; a veces ni siquiera es deseado, pero justo es cuando ocurre el crecimiento.

Y, al final, cuando uno aprende a aceptar que la vida está en constante movimiento, descubre algo importante: no importa cuántas veces nos toque empezar de nuevo, siempre terminamos encontrando la manera de sentirnos como en casa otra vez.

Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

La vida está hecha de cambios. Algunos los elegimos y otros nos eligen a nosotros, pero todos terminan dejando una enseñanza. Resistirse al cambio es resistirse a la propia vida, porque al final crecer no es otra cosa que aprender a adaptarnos una y otra vez.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

ENTRE QUIÉN FUI Y QUIÉN ESTOY SIENDO

ENTRE QUIÉN FUI Y QUIÉN ESTOY SIENDO

Hay cambios que elegimos: decidimos empezar una relación, cambiar de trabajo, mudarnos, aprender algo nuevo; son cambios que nacen de un deseo, de una decisión, de la sensación de que algo en nosotros pide movimiento. Y hay otros que simplemente llegan: una pérdida, una despedida, un plan que se rompe, una etapa que termina antes de que estuviéramos listos.

Pensamos que la diferencia entre ambos es el control, que los cambios elegidos son más fáciles, y los impuestos, más difíciles; pero la vida me ha enseñado algo distinto: incluso los cambios que elegimos tienen pérdida, dolor, duelo, y los cambios que no elegimos terminan transformándonos de maneras que nunca habríamos imaginado. En el fondo, todo cambio tiene algo en común: ninguno nos deja exactamente iguales, y eso puede ser desconcertante no sólo para nosotros, sino también para quienes nos aman y nos acompañan en la vida.

Hace poco tuve una conversación en la que alguien muy importante en mi vida me dijo: "Has cambiado; no te reconozco”. No era necesariamente un juicio; era una observación, una percepción. Y me quedé pensando en eso.

Desde adentro, el cambio rara vez se siente tan evidente. Lo vivimos en pequeñas decisiones, en prioridades distintas, en conversaciones que antes no habríamos tenido, en límites que aprendimos a poner o en cosas que ya no estamos dispuestos a aceptar. Pero las personas que nos conocen desde hace tiempo, nos encuentran desde otro lugar: ellas recuerdan quiénes hemos sido, y a veces son las primeras en notar que algo es distinto.

Eso puede incomodar, porque algunas veces nos devuelven reflejos que nos gustan, y otras veces nos muestran versiones de nosotros que todavía no terminamos de entender o de aceptar. Entonces aparece una pregunta difícil: ¿he cambiado tanto? Quizá la respuesta es sí pero también no.

Porque cambiar no significa convertirnos en otra persona; significa reorganizarnos, darles más espacio a algunas partes de nosotros y menos a otras, pensar diferente, priorizar distinto, responder de maneras nuevas a las mismas situaciones. Y las personas que nos rodean también tienen que relacionarse con esa nueva versión. Para ellas, el cambio es real; para nosotros, muchas veces, es un proceso todavía en construcción. Quizá por eso algunos cambios se sienten tan extraños.

No sólo estamos aprendiendo a vivir una nueva circunstancia; estamos aprendiendo a reconocernos de nuevo y, al mismo tiempo, permitiendo que los demás también aprendan a conocernos otra vez. Y creo que ahí hay algo profundamente humano: la vida no nos pide permanecer idénticos a nosotros mismos; nos pide tener la valentía de permitir que algunas versiones de nosotros terminen para que otras puedan aparecer. Y también nos pide algo más difícil: aceptar que no todos cambiarán al mismo ritmo que nosotros.

Toda transformación modifica algo afuera, pero las más profundas cambian la relación que tenemos con nosotros mismos… y la manera en que los demás nos encuentran.

En pocas palabras, Andrea opina que:

Cambiar no es dejar de ser quien eres; es permitir que nuevas partes de ti tengan espacio para existir, aunque eso también invite a otros a conocerte de nuevo.

MÁS TEMAS POR EXPLORAR

/ 56

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>