Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.
¿EL FRACASO ES REAL O IMAGINARIO?
Hace algunos días platicaba con un sobrino; creo que tiene 28 años. Me preguntó qué significaba para mí el fracaso, cómo lo había experimentado y qué tendría que ocurrir para que una persona pudiera considerarse un fracasado.
Su pregunta me llamó mucho la atención. Antes de responderle, le pedí que me dijera qué significaba el fracaso para él y por qué había decidido tocar ese tema.
Comenzó explicándome que se sentía muy presionado por tener éxito. Decía que, por la forma en que estamos organizados como sociedad, desde la casa, la escuela y, por supuesto, el trabajo, en todos lados parece existir una exigencia permanente de obtener buenos resultados. Y esa presión pesa, sobre todo cuando aparecen las comparaciones: el padre o algún familiar que ya había logrado determinadas metas; el compañero de generación del que todos hablan porque alcanzó el éxito muy joven; o las redes sociales, donde abundan historias cuidadosamente editadas de triunfos aparentemente inalcanzables.
Mientras lo escuchaba, tuve la impresión de que realmente se sentía perseguido por esa idea del éxito. Lo entendí. Y precisamente por eso quise reflexionar sobre el tema.
El fracaso, como concepto, no es sencillo de definir. En buena medida consiste en la distancia entre las expectativas que teníamos y el resultado que finalmente obtuvimos. Pero justamente ahí comienza la parte más interesante.
¿Quién construyó esas expectativas? Yo mismo. Es cierto que ningún pensamiento nace completamente libre; todos están influenciados por nuestra educación, nuestra historia y el contexto en el que vivimos. Sin embargo, al final soy yo quien decide qué espera de la vida.
Y después aparece otra pregunta igual de importante: ¿quién determina que el resultado obtenido representa un fracaso? Parecería una respuesta obvia, pero no lo es. También soy yo quien le asigna ese significado. El problema es que muchas veces lo hago imaginando el juicio de los demás: lo que dirán, cómo lo interpretarán o qué pensarán de mí. Entonces dejo de valorar los hechos y comienzo a valorar interpretaciones que, con frecuencia, solo existen en mi imaginación.
Ahí encuentro una asociación profundamente arraigada en nuestra cultura, pero completamente equivocada: confundir el fracaso con el valor personal.
No son lo mismo.
Una cosa es que un proyecto no haya salido como esperaba y otra muy distinta es concluir que yo valgo menos por ello. Mi valor no depende de los resultados que obtengo, sino de quién soy. Cuando permito que un acontecimiento determine mi autoestima, entrego mi tranquilidad a circunstancias que, en gran medida, no dependen de mí.
Si las expectativas las construí yo, también puedo aprender a modificarlas. Puedo ajustarlas conforme cambian mi edad, mis circunstancias, mi entorno o mis prioridades. Nadie puede imponerme la manera en que debo medir mi propia vida.
También necesito aprender a hablarme con mayor amabilidad. La conversación que sostengo conmigo mismo tiene un enorme impacto en mi bienestar. El castigo permanente, la descalificación y la crítica destructiva no resuelven los problemas; únicamente prolongan el sufrimiento y dificultan encontrar nuevas posibilidades.
Y, finalmente, hace falta aprender a convivir con la frustración. Siempre estará presente de una u otra forma. La diferencia está en recordar que, junto a ella, también permanece intacta la posibilidad de comenzar otra vez. Cada nuevo intento vuelve a poner el marcador en cero y abre espacio para escribir una historia distinta.
En pocas palabras, Mario opina que: