La Comparación

17 agosto, 2026
La Comparación

​Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

LA TRAMPA DE LA COMPARACIÓN, ¿REALIDAD O IMAGINACIÓN?...

LA TRAMPA DE LA COMPARACIÓN, ¿REALIDAD O IMAGINACIÓN?...

En un estudio recientemente publicado, fue revelado, por grupo de edad, cuántas horas en promedio una persona está viendo la pantalla de su celular. Para darnos una idea, las personas de entre 15 y 30 años pasan de 6 a 8 horas diarias en su dispositivo, y las mayores de 30, de 4 a 6 horas; cada día están revisando información en su teléfono. Esto ha provocado, sin duda, que todos estemos más informados: las noticias a nivel mundial literalmente vuelan en las diferentes plataformas al momento en que están sucediendo, se transmiten millones de notas diarias sobre todo tipo de eventos y de personajes, etc.; pero en cuanto a bienestar emocional se refiere, también está demostrado que esta sobreexposición a la información, nunca antes vista, genera intranquilidad en un grupo importante de personas, debido a que fomenta lo que llamamos “la trampa de la comparación”; esto es, pensar que los demás están mejor que yo, que tienen mejores condiciones de vida, familia, hijos, pareja, viajes, trabajo y todos los pensamientos que seguramente la mayoría hemos experimentado.

¿Pero de dónde proviene este fenómeno?, claramente tiene dos motivaciones. En primer lugar, el cerebro tiende, por naturaleza, a compararse para orientarse; ves una referencia y tratas de medirla con lo que piensas de ti para ubicar un escenario de valoración de una situación determinada. Este pensamiento puede motivarte a conseguir algo que deseas, transformarlo en un plan y trabajar para lograrlo, lo cual tiene mucha utilidad; pero cuando lo único que motiva es nuestra intranquilidad, entonces no tiene ganancia práctica y está en nuestras manos, a medida que lo trabajamos en nuestros pensamientos, gestionarlo. Una de las actividades que me sirve en este sentido, es hacerme consciente de que esa trampa de comparación yo la estoy creando, y además le estoy dando un valor que viene de mis reflexiones. Yo lo inventé, por tanto, puedo trabajar en transformarlo.

La otra motivación para compararte, que también es totalmente natural en las personas, es querer informar a los demás sobre lo bueno o sobresaliente que te ha pasado, y pueden ser todo tipo de situaciones, tanto las más cotidianas como las más rebuscadas, como puede ser un atardecer, un viaje, un festejo o un logro. Esta motivación responde a un mecanismo profundo de recompensa cerebral, búsqueda de identidad y conexión social; y, del mismo modo, cuando esta nos genera diversión o tranquilidad, sin duda es agradable; pero cuando esta necesidad de hablar de nosotros mismos nos intranquiliza, entonces tenemos que trabajar en nuestros pensamientos, y si persiste, buscar ayuda profesional. Pero lo primero es hacernos conscientes de que esa necesidad de compartir sobre nosotros, cada quien la inventamos y, por tanto, también podemos cambiarla.

La trampa de la comparación habita en lo que hacemos y pensamos; es posible gestionarla y poco a poco ir aprendiendo a que nos sea útil.

En pocas palabras, Mario opina que:

Compararnos es natural; el problema aparece cuando dejamos de inspirarnos y empezamos a sentir que nuestra vida vale menos. La comparación también es un pensamiento.

ATISBOS DE CONCIENCIA

LA COMPARACIÓN Y SU RELACIÓN CON LA AUTOESTIMA

LA COMPARACIÓN Y SU RELACIÓN CON LA AUTOESTIMA

¿Es la comparación un hábito insano? No necesariamente. La comparación puede ser un gran recurso cuando se trata de establecer un referente y con ello buscar la mejora o mayor eficacia en algo. Comparar de esta manera puede obedecer a una aspiración que nos haga superar algún objetivo; lo insano resulta cuando nos comparamos con otros. Y aquí habría que distinguir las dos caras de una misma moneda: cuando nos comparamos con otros corremos el riesgo de salir perdiendo a nuestros ojos, y entonces nos castigamos porque vemos perfectos a los otros, pensando que somos inferiores, ya sea en apariencia, en nuestras relaciones, en un cierto desempeño o incluso en nuestro estatus económico o social. Por otro lado, cuando nos comparamos con alguien a quien vemos menos favorecido que nosotros, puede alimentar el ego y con ello crearnos una pseudoautoestima.

En la comparación estamos juzgando, ya sea a nosotros mismos o a los demás; y, en cualquier caso, ahí está la moneda de dos caras: el tema es la perfección. O vemos perfectos a los otros y nos vemos a nosotros en la imperfección, o nos vemos perfectos y nos perdemos en el camino de la mejora. La autoestima no puede estar sostenida de la comparación. Que otros sean más altos, más guapos, más ricos, más exitosos o más habilidosos que nosotros, no representa nada cuando hablamos de valorarnos.

Compararnos con alguien y juzgar que es mejor que nosotros no define quienes somos; así como si alguien nos dice un cumplido, tampoco nos define. Porque la autoestima no tiene que ver con lo que los demás piensen o nos digan, aunque nos resulte halagador; la autoestima tiene que ver con lo que nosotros pensamos de nosotros mismos. Una comparación con otros puede provocar que nos lo creamos, pero internamente no lo sintamos, y es frecuente que entonces aparezca el conocido síndrome del impostor: la persona no cree lo que los demás piensan o esperan de ella.

Precisamente en estos días un joven que atendió a mi consulta, dando muestra de un buen nivel de conciencia y autoconocimiento, me comentaba que él se daba cuenta que para sentirse bien elegía compararse con otros a los que veía más desafortunados y eso le elevaba su autoestima. Pero que también notaba que cuando veía a personas más altas que él se daba cuenta de que eso era un defecto en él, su altura. Ninguna de las dos le gustaba; quería dejar de compararse, porque se daba cuenta de que en realidad no le ayudaba.

Resulta más beneficioso el camino de la autoafirmación: alegrarnos por lo que somos sin que eso signifique que no reconocemos nuestros errores, construirnos nuestra propia identidad y mantenernos en el camino de la mejora.

En pocas palabras, Norma opina que:

Comparar para tener referentes que inspiren tiene grandes beneficios. Pero ya es tiempo de que aprendamos a practicar nuevas conductas, dejar de lado la comparación con otros y construirnos nuestra identidad, ser quienes somos y adueñarnos de nuestro poder para ser nosotros mismos.

CREER PARA VER

CUANDO NADA ES SUFICIENTE

CUANDO NADA ES SUFICIENTE

Hace unas semanas me topé con un libro que me detuvo desde la portada: Cuando nada es suficiente, de Ellen Hendriksen. No sé si fue el título o el subtítulo que decía "Aprende a soltar el perfeccionismo y la autoexigencia sin renunciar a la excelencia", pero algo en esa combinación de palabras me dejó pensando un buen. Porque en algún punto creo que todos hemos sentido exactamente eso: que lo que somos no alcanza, que lo que hacemos no es suficiente.

Y entonces me pregunté: ¿suficiente, comparado con qué?

Hendriksen plantea que el perfeccionismo no tiene que ver realmente con querer ser perfectos; tiene que ver con nunca sentirse lo suficientemente buenos. Y esa sensación, curiosamente, no aparece sola; aparece siempre con un punto de referencia externo: tu compañero del trabajo que avanza más rápido, ese amigo en redes que parece tener todo resuelto, la versión de ti mismo que imaginaste hace cinco años y que nada más no termina de llegar.

La comparación es así, calladita; ni siquiera grita. Llega disfrazada de motivación, de aspiración o inclusive de humildad, y antes de que te des cuenta, ya estás midiendo tu propio progreso con la regla equivocada.

Lo chistoso de todo esto es que pocas veces nos detenemos a cuestionarlo. Hemos normalizado tanto compararnos que ya ni lo notamos; revisamos lo que hacen los demás casi como reflejo, como si el lugar donde están ellos fuera el mapa que nos dice dónde debemos estar nosotros. Así funciona hoy, especialmente en redes: alguien más siempre va un paso adelante, siempre tiene algo que tú todavía no tienes.

Uno de los cambios que propone Hendriksen en su libro es moverse de la comparación hacia la plenitud o la satisfacción. Y quiero aclarar algo importante: la satisfacción no es conformismo, no es bajarte los estándares ni renunciar a lo que quieres construir; es, simplemente, sentirte completo con lo que eres y con lo que estás construyendo, sin necesitar la vida de alguien más como punto de referencia.

Porque la referencia más honesta que tienes no está en el feed de nadie; está en tu propia historia, en quién eras hace un año, hace cinco. Ese es el único comparativo que en realidad dice algo verdadero sobre tu crecimiento.

La pregunta que se me quedó grabada fue sencilla: ¿Si quitaras todas las comparaciones de la mesa seguirías sintiéndote insuficiente? Si la respuesta es no, entonces el problema nunca fuiste tú; era la vara con la que te estabas midiendo. Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

Compararte no te hace más ambicioso; te hace más distraído. El problema no es que no seas suficiente, sino que estás midiendo tu vida con la regla equivocada.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

LA MEDIDA EQUIVOCADA

LA MEDIDA EQUIVOCADA

Hay algo curioso sobre la comparación: casi nunca empieza con envidia; empieza con admiración. Vemos a alguien lograr algo que nos inspira, una carrera que parece exitosa, una familia que parece unida o una persona que parece haber encontrado su propósito, y por un instante esa otra vida se convierte en una referencia; eso es profundamente humano.

Vivimos rodeados de otras personas, aprendemos observando, nos inspiramos viendo lo que otros han construido. Necesitamos referentes porque nos ayudan a imaginar posibilidades que quizá no hemos visto. El problema aparece cuando la referencia deja de ser inspiración y se convierte en medida: ahí dejamos de preguntarnos qué queremos nosotros y empezamos a preguntarnos por qué todavía no estamos donde alguien más ya llegó y, sin darnos cuenta, ocurre algo injusto: comparamos nuestro proceso con el resultado de otra persona.

Vemos el logro, pero no vemos los años de trabajo, las renuncias, los errores, los privilegios, las pérdidas, las circunstancias, las decisiones que hicieron posible ese momento. La comparación suele ser una fotografía, pero la vida siempre es una película completa; por eso casi nunca es una comparación justa.

Incluso cuando dos personas crecen en la misma familia, con los mismos padres y las mismas oportunidades, sus historias nunca son exactamente las mismas. Cada uno interpreta la vida desde su propia experiencia, cada uno lleva preguntas distintas, heridas distintas, sueños distintos. ¿Por qué entonces esperamos que el camino también sea igual?

He descubierto que la comparación tiene un efecto silencioso: no sólo nos hace sentir menos, también nos hace olvidar todo lo que ya hemos recorrido. De pronto, un logro que ayer nos llenaba de orgullo deja de parecer suficiente simplemente porque alguien más llegó más lejos, más rápido o de una manera diferente. Y entonces el problema deja de ser el otro; el problema es que dejamos de reconocer nuestros logros.

Quizá por eso el camino nunca ha sido parecernos más a alguien; ha sido conocernos mejor, porque cuanto más claro tengo quién soy, qué valoro, qué tipo de vida quiero construir y qué significa para mí una vida bien vivida, menos necesito medir mi camino con la regla de alguien más.

Las referencias siguen existiendo, y qué bueno que existan, pues nos inspiran, nos desafían y nos recuerdan que siempre hay algo nuevo por aprender. Ojalá dejen de decirnos quién deberíamos ser, pues esa respuesta nunca estará en la vida de alguien más; siempre estará en la conversación que somos capaces de tener con nosotros mismos.

Y quizá esa sea una de las formas más profundas de libertad: no dejar de ver a los demás, sino dejar de perdernos a. nosotros mismos mientras los vemos. Las personas pueden inspirar tu camino, pero nunca pueden definirlo. La comparación termina cuando el referente deja de ser la vida del otro y vuelve a ser la persona en la que tú quieres convertirte.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La comparación suele ser una fotografía, pero la vida siempre es una película completa; por eso casi nunca es una comparación justa.

MÁS TEMAS POR EXPLORAR

/ 59

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup