La incertidumbre

11 mayo, 2026
La incertidumbre

Difiero... Al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

LA INCERTIDUMBRE, ¿A QUIÉN DEBO CAMBIAR?

LA INCERTIDUMBRE, ¿A QUIÉN DEBO CAMBIAR?

Hace algunos meses, una pareja de amigos nos invitó a cenar. Es un ritual que repetimos casi cada mes. Nos vemos, reímos y nos ponemos al día. Sin embargo, en esta ocasión había un matiz distinto. Me adelantaron que querían compartir algo que no habían comentado con nadie más, algo que necesitaban reflexionar y, sobre todo, “sacar”.

Llegamos al restaurante y la curiosidad no tardó en transformarse en impacto. Ella, con una serenidad contenida, me confió que acababa de recibir el diagnóstico de una enfermedad crónica y seria. El tratamiento debía comenzar de inmediato. Al preguntarle cómo se sentía, su respuesta fue contundente: —“Tengo mucho miedo.”

Intenté indagar en el origen de ese temor, esperando que mencionara el dolor físico o el tratamiento mismo, pero su respuesta no era la que esperaba:
—“Tengo miedo de no saber qué va a pasar.”

El terreno desconocido de los próximos días, semanas y meses era lo que le robaba la tranquilidad.

Esta confesión me llevó a investigar qué sucede en nuestros pensamientos ante lo incierto. Sin duda, cuando el cerebro no puede predecir el futuro, entra en un estado de alerta máxima. La incertidumbre es interpretada biológicamente como una falla en la predicción. Cuando perdemos esa sensación de control, se activa el mecanismo de supervivencia, inundando nuestro sistema de adrenalina y cortisol.

Esta respuesta química genera irritabilidad, ansiedad e insomnio, dando lugar a lo que conocemos como “visión de túnel”. En este estado, nuestra capacidad de razonar se estrecha y los escenarios catastróficos se vuelven los únicos protagonistas de nuestra mente.

A pesar de que el cambio es la única constante en la vida, nuestra expectativa suele aferrarse a la rigidez de los planes. Rara vez acertamos en nuestras proyecciones a largo plazo, pero el impacto emocional de las pérdidas, ya sean laborales, de salud o personales, sigue siendo devastador. Si bien no podemos cambiar el evento externo, ni mucho menos negarlo, sí somos los dueños absolutos del significado que le otorgamos.

Viktor Frankl, un autor que me gusta mucho, decía:

“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiarnos a nosotros mismos”.

Ante lo inamovible, el único trabajo fértil es el que se hace hacia adentro.

Cambiarse a uno mismo no es un ejercicio de autoengaño. No se trata de fingir que el dolor o el riesgo no existen. Se trata, más bien, de cambiar el lugar desde donde observamos el problema. Es un proceso de regulación donde el cerebro integra la realidad poco a poco, permitiendo que la química del miedo ceda el paso a una mente capaz de elegir sus propios escenarios.

Liderar nuestra mente en tiempos de incertidumbre implica regresar al presente y trabajar en primera persona. Es aceptar que la dificultad convivirá con nosotros, pero que nosotros decidiremos la actitud con la que caminaremos a su lado.

Hoy, mi amiga ha pasado por un trasplante y su evolución es favorable. Cada vez que la veo, me impresiona su actitud. No es una reacción a las circunstancias, sino una elección consciente. Me enseña mucho.

En pocas palabras, Mario opina que:

La incertidumbre no siempre está en lo que pasa, sino en lo que imaginamos. No siempre podemos cambiar la situación, pero sí la forma en que decidimos vivirla.

ATISBOS DE CONCIENCIA

¿INCERTIDUMBRE ES FALTA DE CONTROL?

¿INCERTIDUMBRE ES FALTA DE CONTROL?

No siempre tenemos certezas ni rumbos claros, ni respuestas precisas. No siempre sabemos qué hacer en ciertos momentos, ni tampoco hacia dónde ir. Tomar decisiones en esos momentos no resulta fácil, porque usualmente queremos tener la mayor claridad para tomar el riesgo de decidir sin error, pero la vida conlleva incertidumbre, y la incertidumbre conlleva emociones y sentimientos que no nos gustan: miedo, preocupación, desconfianza, angustia, impotencia, ansiedad…

Una manera de lidiar con la incertidumbre es aceptarla. Resistirnos a ella sólo empeora las cosas. Primero, conviene reconocer que estamos en un momento de incertidumbre y confiar en que es temporal. Podemos aceptarlo y nombrar nuestra falta de certeza, de rumbo, de claridad. Decir “no sé” o “estoy confundido”, o “en este momento no tengo mucha claridad”, puede ayudarnos a darle forma a ese estado en el que estamos. No podemos forzar muchas circunstancias; algunas no dependen de nosotros, o a veces no contamos con suficiente información, o quizás no estamos listos porque no tenemos los recursos para enfrentarnos a lo que sigue. Son muchas y variadas las razones por las que podemos sentirnos inmersos en la incertidumbre, y esto nos provoca sentirnos fuera de control. Habrá que reconocer que nos hace falta conocimiento, o sabiduría, o capacidad, o, simplemente, soltar el control.

He encontrado una fórmula personal para lidiar con esos momentos de incertidumbre; es ocuparme de lo que sí puedo hacer. Confiar en que los pequeños avances que pueda tener con lo que sí haga, me ayudarán a saber que la claridad llegará, que cuando menos piense se presentará la luz y que ese período de indecisión, o de falta de acciones con rumbo, no durará para siempre y al final habrá certezas.

Sé que no es fácil, pero aceptar las circunstancias, aunque no tengamos rumbo o no comprendamos las cosas, puede ser el primer paso para atravesar los momentos inciertos.

Y en este punto, recuerdo la oración que me ayuda, la oración de la serenidad: “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”.

En pocas palabras, Norma opina que:

Cuando aceptamos los momentos inciertos, sin resistencia, es más fácil que podamos confiar en que la claridad llegará en su momento.

CREER PARA VER

LA VIDA ES INCERTIDUMBRE

LA VIDA ES INCERTIDUMBRE

Mi parte favorita de escribir es poder encontrar el título de cada artículo. En esta ocasión, estuve dándole vueltas un buen rato hasta que llegó de golpe: La vida es incertidumbre. Y dije wow. Sencillo pero fuerte, ¿a poco no? Y es que creo que hay algo muy natural en el ser humano: buscamos sentirnos seguros. Nos gusta pensar que tenemos claro hacia dónde vamos, que sabemos qué va a pasar después, que tenemos cierto control sobre nuestra vida. Eso nos da tranquilidad, o al menos esa sensación de que todo está “bajo control”. La realidad es otra, pero muchas veces nos cuesta aceptarla: todo es incierto.

Hace algunos años, empecé a entender algo que no me encantó al inicio, pero que con el tiempo me ha dado mucha paz. No existe tal cosa como el control como lo imaginamos. Por momentos creemos que lo tenemos, que podemos anticiparnos a todo, que si hacemos bien las cosas vamos a evitar errores, pérdidas o cambios incómodos; pero en el fondo es una ilusión bastante bien disfrazada. La vida no pide permiso, no sigue nuestros tiempos, no respeta nuestros planes al pie de la letra. Puedes tener una idea muy clara de lo que quieres, una estructura bien armada, y aun así las cosas pueden cambiar de un día para otro.

El problema no es que la vida sea incierta; el problema es que nosotros queremos que no lo sea. Queremos controlar lo que va a pasar, cómo se van a dar las cosas, cómo van a reaccionar las personas, qué decisiones van a tomar los demás, y cuando la realidad no se ajusta a eso, aparece la frustración, la ansiedad, el miedo. Y muchas veces no es tanto por lo que pasó, sino porque no estaba en nuestro “plan”.

Con el tiempo, he entendido que hay algo mucho más valioso que intentar tener el control: aprender a convivir con lo que no controlas. No se trata de dejar de planear ni de soltar todo; se trata de entender que los planes no siempre se cumplen como uno quiere, que hay cosas que dependen de ti pero hay muchas otras que no, y que esa mezcla es parte del show…

Cuando haces las paces con esa idea, algo se acomoda distinto. Ya no necesitas tener todas las respuestas para avanzar, ya no necesitas seMi parte favorita de escribir es poder encontrar el título de cada artículo. En esta ocasión, estuve dándole vueltas un buen rato hasta que llegó de golpe: La vida es incertidumbre. Y dije wow. Sencillo pero fuerte, ¿a poco no? Y es que creo que hay algo muy natural en el ser humano: buscamos sentirnos seguros. Nos gusta pensar que tenemos claro hacia dónde vamos, que sabemos qué va a pasar después, que tenemos cierto control sobre nuestra vida. Eso nos da tranquilidad, o al menos esa sensación de que todo está “bajo control”. La realidad es otra, pero muchas veces nos cuesta aceptarla: todo es incierto.

Hace algunos años, empecé a entender algo que no me encantó al inicio, pero que con el tiempo me ha dado mucha paz. No existe tal cosa como el control como lo imaginamos. Por momentos creemos que lo tenemos, que podemos anticiparnos a todo, que si hacemos bien las cosas vamos a evitar errores, pérdidas o cambios incómodos; pero en el fondo es una ilusión bastante bien disfrazada. La vida no pide permiso, no sigue nuestros tiempos, no respeta nuestros planes al pie de la letra. Puedes tener una idea muy clara de lo que quieres, una estructura bien armada, y aun así las cosas pueden cambiar de un día para otro.

El problema no es que la vida sea incierta; el problema es que nosotros queremos que no lo sea. Queremos controlar lo que va a pasar, cómo se van a dar las cosas, cómo van a reaccionar las personas, qué decisiones van a tomar los demás, y cuando la realidad no se ajusta a eso, aparece la frustración, la ansiedad, el miedo. Y muchas veces no es tanto por lo que pasó, sino porque no estaba en nuestro “plan”.

ntirte completamente seguro para tomar decisiones, ya no necesitas que todo esté claro para moverte. Empiezas a confiar un poco más en que, aunque no sepas exactamente qué va a pasar, vas a poder con lo que venga.

Tal vez la vida no se trata de tener el control; tal vez, se trata de aprender a moverte dentro de lo incierto sin perderte en el intento. Porque, al final, la incertidumbre no es una falla del sistema; es el sistema completo.

Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

La incertidumbre no es algo que tengas que eliminar; es parte natural de la vida. Y cuando dejas de intentar controlarlo todo, empiezas a vivir con más calma y a confiar en tu capacidad de enfrentar lo que venga.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

LO QUE NO SE RESUELVE

LO QUE NO SE RESUELVE

Nos gusta pensar que tenemos más control del que realmente poseemos. Planeamos, anticipamos, organizamos y construimos escenarios en nuestra mente para sentir que sabemos hacia dónde vamos, que podemos prever lo que viene, que estamos preparados; sin embargo, la vida se mueve, cambia planes, interrumpe, sorprende. A veces para bien; a veces, no como esperábamos. La incertidumbre no es la excepción; es la condición. Lo que cambia es dónde ponemos nuestra energía cuando aparece.

Durante mucho tiempo, intenté reducir la incertidumbre al mínimo; tener claridad, respuestas, seguridad. Pensaba que mientras más pudiera controlar, más tranquila me iba a sentir, pero lo que encontré fue lo contrario. Entre más intentaba controlar todo, más evidente se volvía lo que no estaba en mis manos, y esa sensación no daba paz; la desgastaba. Con el tiempo entendí algo distinto: no todo lo incierto necesita resolverse.

Hay momentos en la vida que no están hechos para entenderse de inmediato. No se aclaran con más análisis ni con más esfuerzo. Simplemente están en proceso, y, en lugar de buscar respuestas rápidas, lo que realmente nos pide la incertidumbre es sostenerla sin expectativas. Sostenerla sin llenarla de explicaciones, sin forzar conclusiones, sin esa necesidad constante de saber exactamente qué va a pasar, porque esa urgencia de claridad, aunque es muy humana, muchas veces es lo que más nos desgasta.

Queremos cerrar lo abierto, nombrar lo que aún no toma forma, definir lo que todavía se está moviendo, porque la incertidumbre no sólo incomoda; también abre. Abre posibilidades que no habíamos considerado, caminos que no estaban en el plan, versiones de nosotros que no habríamos descubierto si todo hubiera sido predecible. No significa que sea fácil; significa que es parte de vivir, y, en medio de eso, hay algo que sí permanece en nuestras manos: lo que hacemos con el momento que tenemos enfrente.

Podemos seguir intentando anticipar lo que no depende de nosotros o empezar a ocuparnos de lo que sí. El futuro no está claro, pero el presente siempre trae algo concreto: una decisión, un paso, una conversación, una acción, y muchas veces eso es suficiente.

La incertidumbre no se resuelve; se atraviesa, y en ese proceso, sin respuestas inmediatas, sin garantías, se va formando algo más importante que la certeza: la confianza. No en que todo va a salir como esperamos, sino en que vamos a poder con lo que venga.

En pocas palabras, Andrea opina que:

No todo lo incierto necesita resolverse; muchas veces sólo necesita ser sostenido.

MÁS TEMAS POR EXPLORAR

/ 52

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>