Difiero... Al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.
LA INCERTIDUMBRE, ¿A QUIÉN DEBO CAMBIAR?
Hace algunos meses, una pareja de amigos nos invitó a cenar. Es un ritual que repetimos casi cada mes. Nos vemos, reímos y nos ponemos al día. Sin embargo, en esta ocasión había un matiz distinto. Me adelantaron que querían compartir algo que no habían comentado con nadie más, algo que necesitaban reflexionar y, sobre todo, “sacar”.
Llegamos al restaurante y la curiosidad no tardó en transformarse en impacto. Ella, con una serenidad contenida, me confió que acababa de recibir el diagnóstico de una enfermedad crónica y seria. El tratamiento debía comenzar de inmediato. Al preguntarle cómo se sentía, su respuesta fue contundente: —“Tengo mucho miedo.”
Intenté indagar en el origen de ese temor, esperando que mencionara el dolor físico o el tratamiento mismo, pero su respuesta no era la que esperaba:
—“Tengo miedo de no saber qué va a pasar.”
El terreno desconocido de los próximos días, semanas y meses era lo que le robaba la tranquilidad.
Esta confesión me llevó a investigar qué sucede en nuestros pensamientos ante lo incierto. Sin duda, cuando el cerebro no puede predecir el futuro, entra en un estado de alerta máxima. La incertidumbre es interpretada biológicamente como una falla en la predicción. Cuando perdemos esa sensación de control, se activa el mecanismo de supervivencia, inundando nuestro sistema de adrenalina y cortisol.
Esta respuesta química genera irritabilidad, ansiedad e insomnio, dando lugar a lo que conocemos como “visión de túnel”. En este estado, nuestra capacidad de razonar se estrecha y los escenarios catastróficos se vuelven los únicos protagonistas de nuestra mente.
A pesar de que el cambio es la única constante en la vida, nuestra expectativa suele aferrarse a la rigidez de los planes. Rara vez acertamos en nuestras proyecciones a largo plazo, pero el impacto emocional de las pérdidas, ya sean laborales, de salud o personales, sigue siendo devastador. Si bien no podemos cambiar el evento externo, ni mucho menos negarlo, sí somos los dueños absolutos del significado que le otorgamos.
Viktor Frankl, un autor que me gusta mucho, decía:
“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiarnos a nosotros mismos”.
Ante lo inamovible, el único trabajo fértil es el que se hace hacia adentro.
Cambiarse a uno mismo no es un ejercicio de autoengaño. No se trata de fingir que el dolor o el riesgo no existen. Se trata, más bien, de cambiar el lugar desde donde observamos el problema. Es un proceso de regulación donde el cerebro integra la realidad poco a poco, permitiendo que la química del miedo ceda el paso a una mente capaz de elegir sus propios escenarios.
Liderar nuestra mente en tiempos de incertidumbre implica regresar al presente y trabajar en primera persona. Es aceptar que la dificultad convivirá con nosotros, pero que nosotros decidiremos la actitud con la que caminaremos a su lado.
Hoy, mi amiga ha pasado por un trasplante y su evolución es favorable. Cada vez que la veo, me impresiona su actitud. No es una reacción a las circunstancias, sino una elección consciente. Me enseña mucho.
En pocas palabras, Mario opina que: