Resiliencia en comunidad

20 enero, 2026
Resiliencia en comunidad

Difiero... al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento.

¿SANAR ES MEJOR SOLO O ACOMPAÑADO?

¿SANAR ES MEJOR SOLO O ACOMPAÑADO?

Tengo un muy buen amigo que durante mucho tiempo padeció un tema de adicciones. Siempre ha sido una persona muy alegre, con una plática muy entretenida y siempre con muy buena actitud de ayudar a los demás. Le pregunté ahora que tiene alrededor de cuatro años sin consumo sobre cómo se sentía y me contestó que él creía que estaba viviendo la mejor etapa de su vida: se sentía seguro, animado, físicamente bien; ahora hacía algo de deporte y había encontrado muchos detalles en la vida que antes, según él, no les daba valor.

A esto, le pregunté que si cómo lo había logrado, pues por nuestra cercanía me había dado cuenta de que lo intentó varias veces y no le había dado este resultado. Me sorprendió lo que me contestó; me describió toda una comunidad que lo ayuda diariamente, y me dijo que solo nunca le fue posible, pero que cerca de otros que lo acompañan —y él mismo acompañando a otros con la misma condición— había encontrado un camino positivo, me llamó mucho la atención y decidí investigar sobre el tema.

Sin duda, y hablando desde el tema de bienestar emocional, recuperarte de una situación difícil es un proceso complejo. Nuestro pensamiento siempre nos dibuja escenarios catastróficos o de puertas cerradas, y conforme pasa el tiempo, creemos que no podemos hacer ya nada. De hecho, hay un concepto muy interesante que se llama incapacidad aprendida, que dice que cuando alguien encuentra una limitante que no resuelve, al tiempo ya deja de intentarlo; incluso si la limitante se modifica o desaparece, ya no hay voluntad para hacerle frente y la persona se queda con ella. La capacidad de ser resilientes —esa fuerza de recuperarse y de enfrentar una situación desagradable, un problema— cada persona lo experimenta distinto, pero, como cualquier habilidad mental, es algo que se descubre, se aprende y se desarrolla.

Pero además de esto, y siguiendo con el ejemplo de mi amigo, quisiera darle valor a otro elemento, que es la comunidad. Me gustó una frase que dice que nadie sana en soledad, sino que sanamos en compañía. Encontrar a otras personas pasando por lo mismo o similar a nosotros, nos da una posibilidad distinta, sobre todo de normalizar nuestro padecimiento, entender que no somos los únicos que estamos librando la batalla y que hay otros dispuestos ayudarme; y mejor aun: que yo puedo ayudar también y generar un ciclo positivo donde la colaboración es recíproca.

Este tipo de ayuda la tenemos disponible en grupos ya establecidos o profesionales, pero también acercándonos y pidiendo ayuda para cualquier tema a alguien que sabemos que pasó o está pasando por lo mismo, para después conectar con otro y establecer un canal de comunicación y respaldo en comunidad. Esto aplica para el tema que sea de nuestro interés atender, aclaro que no sólo para el tema de las adicciones, como fue el ejemplo mencionado, sino para cualquier tema de bienestar. Lo que quiero enfatizar es el método, atender algo que me hace sentir intranquilo en comunidad, y cabe desde una emoción hasta hacerse emprendedor o hacer deporte o ayudar a una causa, todo arranca conectándome con personas que me acompañen y yo también ser esa compañía.

En pocas palabras, Mario opina que:

La mente nos presenta de manera involuntaria escenarios de poca posibilidad que, en la mayor parte de las veces no son reales. Trabajar en comunidad, es decir, conectar con alguien para atenderlo, permite ser consciente de lo que siento, normalizar el dolor, compartir el proceso y generar apoyo mutuo. Nadie sana en soledad; sanar es un camino que se construye en compañía.

ATISBOS DE CONCIENCIA

RESILIENCIA EN COMUNIDAD

RESILIENCIA EN COMUNIDAD

El 19 de septiembre de 2017, en la Ciudad de México, la sociedad civil se había organizado espontáneamente, sin ningún protocolo ni convocatoria, para remover escombros y buscar personas atrapadas como resultado de un sismo de magnitud 7.1 que ocasionó el colapso de edificios y pérdidas humanas. Sólo unos cuantos minutos habían pasado del sismo y los vecinos salieron a ayudar, a contener y a brindar apoyo, improvisando equipos de rescate con lo que tenían en casa. No sabían a quiénes iban a ayudar; lo importante era hacerlo. Esta suma de voluntades en medio de la tragedia, del miedo y el dolor, se convirtió en una de las mayores redes de apoyo de nuestra historia en México, la cual brindó fuerza y esperanza a muchos. Esto aportó a la resiliencia de todos.

Historias de infancias rodeadas de contextos violentos o de abandono, en muchas ocasiones, dan cuenta de la capacidad de afrontamiento y el aguante emocional de los niños, quienes con entereza, temple y una gran habilidad para sobreponerse, desarrollaron una personalidad sólida que los condujo a ser productivos, emocionalmente estables y hasta connotados en sus logros.

No nacemos resilientes, pero todos tenemos un factor interno para ser resilientes que depende de nuestro temperamento, así como de ciertos factores neurobiológicos que contribuyen a la reactividad que tenemos ante el estrés. Existen también otros factores externos que ayudan a esa capacidad que tenemos de sobreponernos a las adversidades. Uno de esos factores es la calidad de los vínculos con las personas que nos rodean y que van conformando una red de apoyo para saber que no estamos solos, sino confiar en que podemos solucionar, ―o sobreponernos a― situaciones de estrés, con la colaboración de esas personas en las que confiamos, ya sea con su experiencia, su contención o su compañía.

La historia de resiliencia después del sismo habla del vínculo que, como vecinos y conciudadanos, tenemos y que nos mueve a ayudar. No se necesitó solicitud de ayuda, fue espontánea. Pero, en otras ocasiones, necesitamos solicitarla. Tener claridad sobre lo importante que resultan los demás en nuestra vida y lo que aportan para nuestro sostén en momentos en que sentimos que nuestro mundo interno o nuestro entorno “tiembla”, puede hacernos saber que pedir ayuda es lo que corresponde. Pedir ayuda no es debilidad, es asertividad, es señal de una sana autoestima. No tiene que ver solamente con saber que somos merecedores y dignos de ser acompañados y ayudados; tiene que ver, en muchas ocasiones, con la supervivencia. En muchas situaciones no podemos solos; necesitamos de los demás.

Como mucho en esta vida, la resiliencia se aprende. Y, como sabemos, nunca es tarde para aprender.

En pocas palabras, Norma opina que:

No es la caída la que marca nuestra vida, sino la capacidad que tenemos de levantarnos de ella. Y, en ocasiones, no podemos levantarnos solos

CREER PARA VER

CUANDO PASE EL TEMBLOR

CUANDO PASE EL TEMBLOR

Si eres fan de Soda Stereo sabrás de dónde viene el título. Gran canción de Gustavo Cerati. Y si no la conoces, te recomiendo que la escuches. Es una de mis favoritas del grupo, no sólo por la música, sino por lo que evoca esta frase. Y creo que viene muy bien para el tema que quiero tocar hoy.

Pensando en cómo abordar la resiliencia en comunidad, recordé el enorme ejemplo que hemos visto una y otra vez en México después de un temblor. Basta prender las noticias para ver cómo, en cuestión de minutos, la gente sale a ayudar sin conocerse, sin preguntar, sin pensarlo dos veces. Cadenas humanas pasando cubetas, personas cuidándose unas a otras. Esa respuesta colectiva siempre me ha parecido profundamente humana y muy conmovedora.

Y es ahí donde caigo en cuenta de algo muy parecido debe pasar cuando vivimos esos temblores emocionales. Una crisis personal que nos sacude, una pérdida, una etapa difícil, un momento en el que todo se siente inestable. Sin embargo, muchas veces hacemos justo lo contrario: nos encerramos. Creemos que tenemos que poder con todo solos y que pedir ayuda es una forma de vulnerarnos... o incluso de fallar.

Con el tiempo he aprendido que la resiliencia no siempre es aguantar. Muchas veces es saber apoyarte en otros. Tener a quién llamarle y decirle “no estoy bien” sin sentir culpa ni pensar que estás siendo una carga. Entender que no todo se resuelve en silencio ni cargándolo todo por dentro. Así como después de un temblor nadie se reconstruye solo, emocionalmente tampoco funciona así.

Pero la red de apoyo no es sólo saber pedir ayuda; También es aprender a ofrecerla; 

Estar para alguien sin querer arreglarle la vida; 

Escuchar sin minimizar lo que el otro siente;

Acompañar sin juicios. A veces, simplemente estar presentes es suficiente. Y eso también sana.

La resiliencia en comunidad se construye antes de que todo se mueva. En las conversaciones sinceras, en el interés real por el otro, en no desaparecer cuando alguien la está pasando mal. Porque cuando el temblor llega, esos vínculos no se improvisan: te sostienes de lo que ya existe.

Después de que el temblor pasa, porque siempre pasa, lo que queda no es sólo lo que se derrumbó, sino también lo que se sostuvo. Ese abrazo que estuvo ahí, la escucha, el vínculo que se hizo más fuerte. Y la certeza de que no tenemos que cargar con todo nosotros solos.

Gracias por estar aquí. Te abrazo.

En pocas palabras, Kush opina que:

La resiliencia en comunidad nace de estar, escuchar y sostener. No de tener respuestas, sino de no dejar solo al otro cuando más lo necesita.

ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

CUANDO NO SANAMOS SOLOS: RESILIENCIA EN COMUNIDAD

CUANDO NO SANAMOS SOLOS: RESILIENCIA EN COMUNIDAD

Durante mucho tiempo se nos ha contado —o por lo menos a mí— la historia de la fortaleza como algo individual. Como si sanar fuera una hazaña solitaria, un acto de voluntad personal, casi heroico. Pero la vida, cuando se pone difícil de verdad, nos enseña otra cosa: nadie sana solo. Sanamos en comunidad.

En los procesos más complejos de mi vida, los que me rompieron, los que me sacudieron la identidad, la certeza y el sentido, hubo algo que marcó la diferencia. No fue tener todas las respuestas, ni sentirme fuerte todo el tiempo; fue la presencia de personas que me conocían de verdad. Personas que no intentaron arreglarme, que no me juzgaron, ni me exigieron estar bien antes de tiempo. Personas que simplemente se quedaron, que no me reclamaron ni me cuestionaron.

Fueron quienes me escucharon cuando no sabía cómo poner en palabras lo que me pasaba. Quienes me recordaron quién era cuando yo lo había olvidado. Quienes me prestaron su calma cuando la mía no alcanzaba. Gracias a ellas, incluso en medio de la duda, el miedo y el dolor, logré levantarme. No porque el camino fuera fácil, sino porque no lo caminé sola.

La resiliencia no se construye en aislamiento; se construye en el vínculo. En la experiencia de ser sostenidos cuando nuestras propias fuerzas no bastan. Y no, no se trata de tener una red enorme. A veces basta con dos o tres personas que no te suelten cuando tú ya no puedes sostenerte a ti mismo. Personas que te miran con ternura incluso en tus días más rotos.

Pedir ayuda no es una señal de debilidad, es un acto de honestidad profunda. Es reconocer que somos humanos, que necesitamos al otro, que no estamos hechos para cargar solos con todo. Y ofrecer ayuda tampoco significa tener respuestas brillantes. Muchas veces lo más sanador es estar disponibles, escuchar sin interrumpir y acompañar sin intentar corregir el proceso del otro.

Hay algo profundamente reparador en saberse acompañado. En sentir que no tienes que explicar todo, ni justificar tu dolor. Que puedes simplemente ser, tal como estás, y aun así seguir siendo digno de amor y cuidado.

Si hoy estás atravesando un momento difícil, tal vez no necesites entenderlo todo ni encontrar un sentido inmediato. Tal vez lo único necesario sea no quedarte solo con eso que pesa. Permitir que alguien más lo escuche y lo cargue contigo, aunque sea por un rato.

Y si hoy eres tú quien tiene un poco más de aire, recuerda que acompañar no siempre es hablar. A veces es quedarte. Es sostener la presencia cuando el otro no tiene palabras. Es no irte justo cuando más cuesta estar. Con el tiempo, he aprendido que la resiliencia no se parece a levantarse solo, sino a dejarse sostener, a aceptar que habrá días en los que no tengas fuerza, y aun así alguien te la prestará sin pedirte nada a cambio. Esas personas —pocas, fieles, constantes— terminan siendo el lugar donde volvemos a reconocernos.

Porque cuando todo se tambalea, no nos reconstruimos desde la perfección, sino desde el vínculo. Desde esos lazos que no nos sueltan cuando nosotros ya no podemos sostenernos. Y, muchas veces, eso es suficiente para volver a empezar.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La resiliencia no se construye en aislamiento; se construye en el vínculo; en la experiencia de ser sostenidos cuando nuestras propias fuerzas no bastan.

MÁS TEMAS POR EXPLORAR

/ 45

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>