CREER PARA VER

¿Y SI SÍ?

¿Y SI SÍ?

Probablemente en el último mes viste esta frase repetida muchas veces. En redes sociales, en el radio, en televisión, en espectaculares y prácticamente en cualquier lugar donde se hablara de la selección mexicana: “¿Y si sí?”.

Y creo que, de alguna manera, esa pregunta representaba perfectamente lo que estaba viviendo un país entero. Millones de personas a la expectativa, ilusionadas con ver a su equipo avanzar y haciendo cuentas de todo lo que podía pasar. ¿Y si sí ganamos?, ¿y si sí avanzamos?, ¿y si sí llegamos más lejos que nunca? Cada partido alimentaba un poco más esa ilusión y nos permitía imaginar escenarios que tal vez parecían difíciles pero no imposibles. Porque creo que para eso sirven también las expectativas: para emocionarnos con algo que todavía no sucede.

El domingo pasado tuve la oportunidad de vivir todo eso de una manera muy especial. Por primera vez conocí el Estadio Azteca, por primera vez vi jugar a la selección mexicana y, además, lo hice en un Mundial, en un partido contra Inglaterra. Creo que es difícil reunir tantas primeras veces en una sola tarde y, por supuesto, llegué cargado de expectativas. Había imaginado muchas veces cómo sería entrar al Azteca, escuchar a la afición, ver a México en un Mundial y, claro, también esperaba salir de ahí celebrando una victoria.

Lo curioso es que esa misma tarde pude vivir los dos lados de una expectativa. México no ganó y, sin duda, esa era la expectativa más grande que todos los que estábamos ahí compartíamos. Pero al mismo tiempo, todo lo demás superó por mucho lo que yo había imaginado. Los cánticos, el estadio lleno, la pasión de la gente y escuchar el himno nacional rodeado de miles de mexicanos son cosas muy difíciles de explicar. Todavía hoy, cuando me acuerdo de ese momento, se me pone la piel chinita.

Y fue ahí donde me quedé pensando en la relación tan complicada que tenemos con las expectativas. Muchas veces escuchamos que no debemos esperar demasiado de algo o de alguien para evitar decepcionarnos, como si la solución fuera dejar de ilusionarnos. Pero yo no estoy tan seguro de querer vivir así. Creo que una parte muy bonita de la vida está precisamente en esperar algo, imaginarlo y emocionarnos desde antes de que suceda. Un viaje empieza desde que lo planeamos; un proyecto, desde que lo imaginamos, y muchos de nuestros sueños, desde la primera vez que nos atrevemos a pensar: ¿Y si sí?

Tal vez el problema no está en tener expectativas, sino en pensar que las cosas solamente pueden salir bien de la manera exacta en que las imaginamos. Yo quería ver ganar a México y no pasó. Me hubiera encantado salir del Azteca celebrando, abrazando desconocidos y pensando en el siguiente partido; pero no haber vivido eso no borró todo lo demás. La derrota de México y una de las experiencias más increíbles de mi vida sucedieron el mismo día, en el mismo lugar y con apenas unos minutos de diferencia.

Creo que en la vida nos pasa algo parecido muchas veces: nos enfocamos tanto en lo que esperábamos que sucediera, que a veces no alcanzamos a ver todo lo demás que sí sucedió. Un viaje puede no salir como lo planeamos y aun así regalarnos una historia inolvidable, un proyecto puede no terminar como queríamos y abrirnos una puerta que ni siquiera sabíamos que existía, la vida puede no cumplir una expectativa y, al mismo tiempo, superar muchas otras que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Por eso no creo que debamos dejar de ilusionarnos. A mí me gusta hacerlo. Me gusta esperar cosas buenas, imaginar escenarios y pensar que algo puede salir todavía mejor de lo que creo. Sí, también existe el riesgo de decepcionarnos, pero creo que esa es parte de la apuesta. Porque muchas de las mejores cosas que hacemos en la vida comienzan justamente ahí: en la posibilidad de que algo suceda.

México no ganó ese domingo. Esa expectativa no se cumplió. Pero cuando recuerdo esa tarde, el marcador no es lo primero que viene a mi cabeza. Me acuerdo del Azteca, de la rola de Juan Gabriel sonando a todo volumen y la gente cantando, de mi primera vez viendo a México y de un himno nacional que jamás había cantado con tanta fuerza.

Las expectativas no siempre se cumplen como uno quiere. A veces nos decepcionan, a veces se quedan cortas y otras veces la vida encuentra una manera distinta de sorprendernos. Pero creo que vale la pena seguir teniéndolas, seguir ilusionándonos y seguir creyendo en la posibilidad de que las cosas buenas sucedan.

Esta columna la he llamado desde hace tiempo “Creer para ver”, y es precisamente por eso: porque siempre he creído que antes de que algo suceda, primero tenemos que ser capaces de imaginarlo, de creer que es posible aunque no tengamos ninguna certeza de que vaya a pasar.

Porque muchas de las mejores historias de nuestra vida empiezan así: creyendo. O, como un país entero se preguntó durante estas últimas semanas: ¿Y si sí?

En pocas palabras, Kush opina que:

Las expectativas son parte de lo bonito de la vida, porque nos permiten ilusionarnos, imaginar y creer en algo antes de que suceda. Aunque no siempre se cumplan como esperamos, vale la pena seguir preguntándonos: ¿Y si sí? Porque muchas veces, antes de ver algo suceder, primero tenemos que ser capaces de creer que es posible.

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