ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
TRAUMA Y SANACIÓN: EL CORAJE DE MIRAR HACIA ADENTRO
Por mucho tiempo pensé que el pasado debía dejarse atrás. Que lo que dolió, lo que rompió, lo que traicionó… simplemente debía superarse, olvidarse, enterrarse bajo capas de optimismo o productividad. Pensaba que, si me detenía a sentirlo, si le daba espacio al dolor, me iba a desbordar. Que no iba a salir de ahí nunca.
Así que, sin darme cuenta, lo anestesié. Lo oculté detrás de una sonrisa que decía “todo está bien”; detrás de fiestas, de ruido, de alcohol, de distracciones, de personas. Me convencí de que era más fuerte si no lo sentía. Si lo negaba, no me tocaría. Si no lo nombraba, no existía.
Pero el trauma, sea cual sea su forma, no desaparece solo porque lo ignoremos. Se queda.
Se guarda en el cuerpo, en los vínculos, en los pensamientos repetitivos, en las reacciones que no entendemos. A veces se manifiesta como un enojo desmedido, como tristeza sin causa aparente, como un miedo irracional al abandono. O como esa necesidad de demostrar que todo está bien, incluso cuando por dentro nos sentimos hechos pedazos.
Durante años me moví en automático. Estaba viva, pero no del todo presente. Tenía momentos de alegría, claro, pero algo en mí seguía desconectado, como si la vida me pasara por encima y yo apenas pudiera sostenerme. Hasta que un día, algo dentro de mí ya no pudo más. No fue una gran revelación, no fue un evento dramático, fue, más bien una rendición. El darme cuenta de que si quería vivir de verdad, tenía que dejar de huir.
La sanación empezó para mí el día que me atreví a dejar de correr. Cuando, con todo el miedo del mundo, me permití sentir. Sentir la pérdida, la traición, el dolor, el vacío. No para quedarme ahí, sino para dejar de vivir huyendo de eso.
Ha sido un camino largo y complejo. No se recorre en línea recta. Hay avances y retrocesos, días en los que parece que todo va a estar bien y otros en los que duele como si fuera ayer. Pero con cada paso he aprendido algo esencial: si no me permito sentir el dolor, tampoco me permito sentir el amor. Si no me abro a lo difícil, también me cierro a lo bello.
Poco a poco, la herida se ha ido volviendo cicatriz. No porque haya desaparecido, sino porque ya no sangra igual, porque aprendí a mirarla sin miedo, con compasión. Porque ahora sé que mi historia no me define, pero sí me explica. Y en esa explicación hay espacio para el perdón, para la ternura, para empezar de nuevo.
Sanar un trauma no es olvidar. Es recordarlo de una forma distinta. Es dejar de cargarlo en silencio para integrarlo con verdad. Es elegir todos los días construir una vida en la que el dolor tenga un lugar, pero no el control.
Si tú también estás en ese camino, te abrazo. No tienes que hacerlo todo hoy. No tienes que hacerlo sola. Pero sí puedes empezar por algo pequeño: darte permiso de sentir. A veces ese es el acto más valiente y también el más difícil de todos. Y en mi caso, en este último tramo del camino no he ido sola. He encontrado una red de mujeres que me han sostenido cuando no pude más, que me han cuidado sin condiciones, que me han escuchado sin prisa y, sobre todo, que nunca me han juzgado. Ellas saben quiénes son. ¡Y desde lo más profundo de mí, gracias infinitas!
En pocas palabras, Andrea opina que: