ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
TODAS LAS MUJERES QUE SOY: SOBRE ENCONTRAR UN BALANCE ENTRE EL YO Y EL NOSOTROS
Hay una pregunta que me hago mucho: ¿cómo encuentro el balance entre todo lo que soy cuando estoy conmigo y todo lo que soy en relación con los demás? Soy mamá, hija, hermana, amiga, profesionista. Durante mucho tiempo pensé que, para hacer bien una de esas cosas, necesariamente tenía que darle menos espacio a otra, como si mi vida fuera una especie de balanza en la que cada vez que ponía algo de un lado, tenía que quitar algo del otro.
Recuerdo que algo que me molestaba muchísimo escuchar, pues me sonaba a juicio o crítica, era que mi vida profesional era más importante que mi familia, como si querer crecer, tener ambición, disfrutar mi trabajo o, simplemente, tener una vida profesional que me importa, significara que mi hijo o mi familia ocupaban un lugar menor. Y me hacía pensar: ¿por qué una mujer tiene que demostrar que una parte de su vida no le importa menos para poder darle espacio a otra?
No quiero pensar mi vida en términos de prioridades, porque no creo que querer profundamente a mi hijo signifique que tengo que querer menos mi profesión, ni que ser una buena pareja implique dejar de ser amiga, hermana, hija o simplemente Andrea. Todas esas partes existen al mismo tiempo y todas forman parte de quien soy.
Claro que hay momentos en los que una necesita más de mí que otra. Hay etapas en las que mi hijo me necesita especialmente, proyectos que requieren más de mi atención, relaciones que atraviesan momentos en los que tengo que estar más presente. El balance no significa repartir mi tiempo exactamente en partes iguales; quizá tiene más que ver con no desaparecer de ninguna de esas partes de mí.
Y creo que esto también toca la manera en la que entendemos el amor. Durante mucho tiempo, cuando estaba en pareja, podía hacer que la relación se convirtiera poco a poco en el centro de mi vida: dejaba amigos, planes, espacios que eran míos; o porque alguien me lo pidiera, sino porque yo había aprendido que amar era estar disponible, compartirlo todo y hacer que el otro estuviera bien.
Hoy lo veo distinto. Una pareja implica construir un nosotros, compartir tiempo, decisiones, proyectos y una vida; pero ese nosotros no deberíamos exigir que desaparezca el yo. Lo mismo pienso de la maternidad, de la familia, de la amistad o del trabajo: ninguno tendría que convertirse en la única forma de nombrarnos.
Quizá el balance no consiste en decidir cuál de todas nuestras partes es más importante; consiste en poder reconocerlas, darles espacio cuando lo necesitan y no sentir culpa por querer que todas formen parte de nuestra vida.
Estoy aprendiendo que puedo ser una mamá profundamente presente y, al mismo tiempo, una mujer que tiene sueños profesionales. Que puedo amar a una pareja sin dejar de ser amiga de mis amigas. Que puedo estar para mi familia sin dejar de tener espacios que son solamente míos.
No siempre será perfecto; habrá días en los que una parte de mí tendrá que esperar. Pero eso es muy distinto a abandonarla. Quizá ahí esté para mí una de las formas más reales de libertad: no tener que elegir entre todas las mujeres que puedo ser.
En pocas palabras, Andrea opina que: