ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

SEMBRAR EN TIERRA MOVEDIZA: MI CAMINO HACIA LA RESILIENCIA Y LA ADAPTABILIDAD

SEMBRAR EN TIERRA MOVEDIZA: MI CAMINO HACIA LA RESILIENCIA Y LA ADAPTABILIDAD

Ser maestra fue siempre una decisión del alma, no de la lógica. Dejé atrás mi título, mi trayectoria en el gobierno, como quien suelta una piel vieja para poder habitar la verdad de su cuerpo. La primera vez que crucé el umbral de un aula, sentí que había llegado a casa. Enseñaba, sí, pero sobre todo escuchaba, observaba, aprendía. Los alumnos no eran solo estudiantes; eran espejos, grietas por donde entraba la luz.

Con el tiempo, ese amor se volvió algo más vasto. Quise que mi fe en la educación traspasara paredes, que tocara estructuras, sistemas, corazones más allá de los que caben en una sola sala. Y así llegué a la Fundación. Una casa con una misión: educar. Pero no en el sentido tradicional, sino educar al alma, educar en esperanza. Apostar por las personas, aun cuando el mundo se desmorona un poco más cada día.

Lo que no sabía es que este amor también me llevaría al borde. Que sostener escuelas en medio de una tierra que tiembla no es solo difícil: es una forma de fe; el financiamiento se siente como caminar sobre arena que no deja huella. Aprendí que la resiliencia no es una palabra linda ni una habilidad de currículum. Es una liturgia. Un acto sagrado de levantarse cuando ya no queda aliento.

Resiliencia es ver un proyecto morir porque alguien, en algún escritorio, cambió de opinión. Es sostener la mirada de tu equipo cuando no puedes prometerles estabilidad, pero ellos igual vienen cada día, con el alma abierta. Es volver a empezar con las manos temblando y, aun así, sembrar.

Hace unos días, perdimos dos escuelas. Zonas vulnerables, sí. Pero llenas de vida. Familias comprometidas, docentes entregados. Y en cuestión de horas, la pausa indefinida cayó como un velo. Lloré. Me permití el duelo. Pero luego me volví a levantar. No porque fuera fácil, sino porque el alma me lo pedía. Porque el amor también se manifiesta en la adaptación.

Aprendí que adaptarse no es claudicar. Es tener raíces tan profundas que te permiten doblarte con el viento, pero no quebrarte. Me volví más política, sí. Más hábil en las negociaciones, más atenta a los tiempos que dicta el poder. Pero en el fondo, todo sigue siendo por lo mismo: sostener algo que importa. Algo que florece.

He aprendido, también, a no hacerlo sola. A reconocer que la comunidad es lo que nos salva. Que la ternura en el trabajo no es un lujo, sino una necesidad. Que la creatividad nace muchas veces del cansancio, y que la fe colectiva es más fuerte que cualquier frustración personal. La resiliencia, lo sé ahora, no se cultiva en soledad.

Hay días que me duelen. Días en que me tienta la estabilidad, la vida sin tormentas. Pero entonces pienso en los niños. En sus ojos. En las madres que me dicen “gracias por quedarte”. Y me acuerdo de quién soy.

No resisto por costumbre. Resisto con propósito.

Hoy, no soy invencible. Pero soy más fuerte. Porque he aprendido a no derrumbarme cuando todo se mueve. Porque he abrazado mis límites sin soltar mis sueños. Porque incluso en el caos, sigo sembrando. Y aunque la tierra tiemble, aunque el cielo se cierre, confío en que algo siempre brota.

Porque la educación —y la esperanza— son semillas que saben abrirse paso, incluso en medio de la oscuridad.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La resiliencia no es una palabra linda ni una habilidad de currículum. Es una liturgia. Un acto sagrado de levantarse cuando ya no queda aliento.

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