ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
¿QUIÉN ESCRIBIÓ ESTE GUION?
Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿De quién son realmente las expectativas con las que vivo? Durante mucho tiempo creímos que eran nuestras. Queremos ser exitosos, ser buenos padres, formar una familia, realizar una carrera determinada, ser fuertes, amables, productivos, pacientes.
Si nos detenemos un momento, descubriremos que la mayoría de esas ideas llegaron mucho antes de que pudiéramos elegirlas. Alguien nos enseñó cómo debía ser una buena madre, cómo debía amar una buena pareja, qué significaba tener éxito, qué era suficiente, qué era fracasar. Sin darnos cuenta, heredamos un libreto y pasamos años intentando interpretarlo bien.
Quizá por eso las expectativas son tan difíciles de reconocer, porque rara vez llegan diciendo: “Esto lo espera alguien más de ti”. Llegan disfrazadas de identidad: “Así soy, así deben hacerse las cosas, esto es lo correcto”. Empezamos a vivir tratando de alcanzar una versión de nosotros mismos que tal vez nunca elegimos.
Lo más curioso es que ese mismo libreto termina apareciendo en nuestras relaciones: con nuestros hijos, por ejemplo, esperamos que logren aquello que nosotros no pudimos lograr, que aprovechen oportunidades que nosotros perdimos, que amen lo que nosotros amamos. Nada lo hacemos porque queramos hacerles daño, sino porque confundimos nuestros sueños pendientes con su camino.
Creo que a veces con la pareja o amigos sucede algo parecido: esperamos que adivinen lo que necesitamos, que entiendan nuestros silencios, que nos quieran exactamente de la manera en que imaginamos ser queridos. Y cuando eso no sucede, pensamos que el problema está en el otro.
Pocas veces nos preguntamos de dónde nació esa expectativa, qué parte de nosotros la escribió, qué herida intenta proteger. Porque las expectativas casi nunca hablan únicamente del otro; hablan también de nosotros, de nuestros miedos, de nuestras ausencias, de aquello que todavía estamos intentando resolver.
No creo que la respuesta sea vivir sin expectativas, pues son profundamente humanas… e imposible no tenerlas. Creo que la invitación es otra: volverlas visibles, preguntarnos cuáles elegimos conscientemente y cuáles seguimos cargando porque nunca nos detuvimos a cuestionarlas. Las expectativas que no revisamos tienen una forma silenciosa de viajar: pasan de generación en generación, de una relación a otra, de padres a hijos, de pareja en pareja. Y muchas veces terminamos pidiendo a otros que resuelvan historias que ni siquiera comenzaron con ellos.
Quizá crecer también consiste en eso: en distinguir entre la vida que queremos vivir y la vida que aprendimos que debíamos vivir, porque solo cuando dejamos de interpretar el libreto de alguien más empieza realmente nuestra propia historia.
En pocas palabras, Andrea opina que: