CREER PARA VER
MI MIEDO A VOLAR
El título de este artículo no es metafórico, ni mucho menos, ¡jajaja! Es 100 por ciento literal, y te explico la historia detrás. Fue un 22 de diciembre de 2005; estaba estudiando la carrera en Monterrey, y como eran vacaciones de Navidad, tomé un vuelo temprano hacia Culiacán para pasar las fiestas en casa con mi familia. Para no hacerte el cuento largo, antes de despegar, una fuerte tormenta azotaba la pista. Aun así, el vuelo no se canceló.
Lo que vino después fue la peor pesadilla de mi vida. Fueron 15 minutos de ascenso en una turbulencia tan intensa que, aún hoy, al acordarme, me sudan las manos. En medio de esa fuerte sacudida del avión, vi al copiloto salir de la cabina con una linterna enorme, alumbrando las alas con una expresión desencajada. A mi lado, un padre rezaba; detrás de mí, una señora lloraba. La escena parecía salida de una película. Gracias a Dios no pasó nada grave más allá del susto. Pero ese día fue mi introducción al término “ataques de ansiedad”, que en los meses siguientes aprendería a conocer bastante bien y que jamás había experimentado.
Mi miedo a volar no terminó ahí. De hecho, me tomó años superarlo. Visité psiquiatras, tomé medicamentos y experimenté episodios de ansiedad generalizada que, en algún momento, se convirtieron en agorafobia. Este último, un trastorno de ansiedad que aparece tras ataques de pánico, me llevó hasta a sentir miedo de lugares con mucha gente, era difícil para mí incluso ir a una simple sala de cine.
Nunca voy a olvidar el día en que mi psiquiatra, después de intentar varias terapias para ayudarme a superar el miedo, me propuso una técnica que puede sonar sencilla pero requiere de mucho esfuerzo. La idea era no evitar la ansiedad, sino enfrentarla. Me explicó que cuando un ataque de ansiedad surge, el instinto natural es resistirse, pero lo que él me pidió fue que hiciera todo lo contrario: que me convirtiera en un observador de mis sensaciones. “Déjate llevar”, me dijo. “Deja que el ataque te rebase, como si el vaso se desbordara. Tu cerebro, al ver que no te pasa nada, eventualmente dejará de lanzar esas señales de peligro.”
Ese ejercicio como te digo no fue fácil, pero el día que logré ejecutarlo al cien marcó un antes y un después en mi vida. Fue como si mi mente finalmente entendiera que no necesitaba seguir “poniéndome a prueba”. Desde entonces, aunque sigo respetando a los avioncitos ¡jajaja!, ya no es algo que me paralice como lo hacía hace 19 años. Los episodios de ansiedad aún pueden aparecer, pero ahora sé cómo manejarlos: me detengo, me convierto en observador, dejo que el episodio pase y sigo adelante, sin necesidad de medicamentos ni terapias continuas.
Si hay algo que me gustaría compartir contigo a manera de aprendizaje, es que la ansiedad, aunque nos puede congelar por unos instantes, no tiene el poder de destruirnos. Lo que aprendí es que enfrentándola y observándola puedes recuperar el control. La ansiedad se alimenta de tu miedo, pero si le quitas esa “gasolina”, pierde toda la fuerza.
Cuando te enfrentes a un episodio de ansiedad, recuerda esto: no eres tus pensamientos ni tus sensaciones. Todo lo que estás sintiendo es temporal y no tiene el poder de dañarte. Aunque sientas que el corazón se te acelera o que no puedes respirar, esos síntomas son solo una reacción de tu cuerpo, no una amenaza real.
Lo más importante es que busques herramientas que te funcionen. Para algunos, puede ser terapia o técnicas como la respiración consciente. Para otros, puede ser simplemente aceptar y observar. Lo importante aquí es recordar que siempre puedes aprender a convivir con la ansiedad y superarla. ¡Gracias por estar aquí! ¡Te abrazo!
En pocas palabras, Kush opina que: