ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
LO QUE NO SE RESUELVE
Nos gusta pensar que tenemos más control del que realmente poseemos. Planeamos, anticipamos, organizamos y construimos escenarios en nuestra mente para sentir que sabemos hacia dónde vamos, que podemos prever lo que viene, que estamos preparados; sin embargo, la vida se mueve, cambia planes, interrumpe, sorprende. A veces para bien; a veces, no como esperábamos. La incertidumbre no es la excepción; es la condición. Lo que cambia es dónde ponemos nuestra energía cuando aparece.
Durante mucho tiempo, intenté reducir la incertidumbre al mínimo; tener claridad, respuestas, seguridad. Pensaba que mientras más pudiera controlar, más tranquila me iba a sentir, pero lo que encontré fue lo contrario. Entre más intentaba controlar todo, más evidente se volvía lo que no estaba en mis manos, y esa sensación no daba paz; la desgastaba. Con el tiempo entendí algo distinto: no todo lo incierto necesita resolverse.
Hay momentos en la vida que no están hechos para entenderse de inmediato. No se aclaran con más análisis ni con más esfuerzo. Simplemente están en proceso, y, en lugar de buscar respuestas rápidas, lo que realmente nos pide la incertidumbre es sostenerla sin expectativas. Sostenerla sin llenarla de explicaciones, sin forzar conclusiones, sin esa necesidad constante de saber exactamente qué va a pasar, porque esa urgencia de claridad, aunque es muy humana, muchas veces es lo que más nos desgasta.
Queremos cerrar lo abierto, nombrar lo que aún no toma forma, definir lo que todavía se está moviendo, porque la incertidumbre no sólo incomoda; también abre. Abre posibilidades que no habíamos considerado, caminos que no estaban en el plan, versiones de nosotros que no habríamos descubierto si todo hubiera sido predecible. No significa que sea fácil; significa que es parte de vivir, y, en medio de eso, hay algo que sí permanece en nuestras manos: lo que hacemos con el momento que tenemos enfrente.
Podemos seguir intentando anticipar lo que no depende de nosotros o empezar a ocuparnos de lo que sí. El futuro no está claro, pero el presente siempre trae algo concreto: una decisión, un paso, una conversación, una acción, y muchas veces eso es suficiente.
La incertidumbre no se resuelve; se atraviesa, y en ese proceso, sin respuestas inmediatas, sin garantías, se va formando algo más importante que la certeza: la confianza. No en que todo va a salir como esperamos, sino en que vamos a poder con lo que venga.
En pocas palabras, Andrea opina que: