ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
LO QUE ELEGIMOS... Y LO QUE NOS ELIGE.
Las decisiones pequeñas, las grandes y las personas que somos al tomarlas.
Nos gusta pensar que las decisiones se toman desde la lógica, que analizamos opciones, evaluamos escenarios y elegimos lo que más nos conviene, pero la verdad es que la mayoría de nuestras decisiones no nacen únicamente de la razón; nacen también de quiénes somos en el momento en que decidimos, y eso cambia todo.
Nuestro estado emocional influye más de lo que imaginamos: no decide igual una persona en calma que una persona agotada; no decide igual alguien que se siente seguro, que alguien atravesando miedo, angustia o incertidumbre. El cansancio acelera decisiones, la tristeza nubla posibilidades y el estrés reduce nuestra perspectiva. A veces creemos que estamos “pensando mal”, cuando en realidad estamos decidiendo desde un sistema emocional saturado.
No sólo decidimos desde cómo nos sentimos, también decidimos desde cómo hemos sido formados; desde nuestras convicciones, desde lo que valoramos, desde el carácter que hemos construido en lo cotidiano. Es ahí donde las decisiones dejan de ser únicamente respuestas inmediatas y se convierten también en reflejos de identidad.
Muchas veces pensamos que las decisiones importantes son las grandes: cambiar de trabajo, terminar una relación, mudarse o empezar algo nuevo, pero la vida rara vez se transforma de golpe; en realidad, se va moldeando a partir de pequeñas decisiones repetidas: cómo respondemos cuando algo nos molesta, qué toleramos, qué evitamos, qué conversaciones tenemos, qué hábitos sostenemos e, incluso, qué hacemos cuando nadie nos está viendo.
Las decisiones pequeñas suelen construir silenciosamente la dirección de nuestra vida mucho antes de que lleguen las grandes, y, aun así, ninguna decisión viene con garantía; esa es una de las partes más difíciles de aceptar: podemos actuar con intención, con claridad, con honestidad… y aun así equivocarnos. Tal vez porque decidir también implica perder. Ojalá los errores fueran siempre en las decisiones pequeñas, pero la vida no funciona así.
Hay una frase que siempre vuelve a mí: «decidir es renunciar». Renunciar a todas las demás posibilidades, a lo que habría pasado si elegíamos distinto, a los otros caminos que ya no podremos recorrer al mismo tiempo, y quizá por eso algunas decisiones pesan tanto. No sólo por lo que elegimos, sino por todo aquello a lo que tenemos que decirle no para poder avanzar.
A veces, tomamos decisiones con toda la información que teníamos en ese momento y después descubrimos algo que no podíamos ver. No porque fuéramos irresponsables o incapaces, sino porque decidir también implica avanzar sin tener certeza absoluta; por eso, quizá la verdadera madurez no está en nunca equivocarnos, sino en aprender a decidir sin exigirnos perfección.
Tener claros nuestros valores ayuda, conocernos ayuda, haber trabajado nuestro carácter ayuda, porque cuando el ruido emocional aparece —y va a aparecer— esas convicciones se convierten en una especie de brújula interna. No eliminan la duda, pero ayudan a no perdernos completamente dentro de ella.
Al final, decidir es una de las formas más humanas de vivir. Elegimos aun sin garantías,
renunciamos para poder avanzar, y muchas veces es justamente ahí donde terminamos descubriendo quiénes somos.
En pocas palabras, Andrea opina que: