Atisbos de Conciencia

LA VERGÜENZA

LA VERGÜENZA

Todos necesitamos un poco de vergüenza, pero nadie necesita sentirse avergonzado.” F. Nietzsche.

Hablar de la vergüenza en pocas palabras me resulta un reto. Este sentimiento me lleva a reflexionar y externar algunas ideas que considero muy profundas, muchas de ellas aprendidas desde la academia y la literatura; otras más por mi experiencia de acompañamiento a otros; y, como siempre, también desde mi propia experiencia personal. Y es que toda opinión que externamos inexorablemente pasa por nosotros, por nuestra experiencia, la mayoría de las veces de manera inconsciente.

En alguna ocasión leí que la vergüenza se puede analizar como al colesterol: existe uno que es saludable, el HDL, y otro que es tóxico, el LDL. La vergüenza saludable es esa que es innata, a lo que podría llamarse pudor. Esta es la vergüenza que provoca que nos ruboricemos, esa reacción que nos diferencia de todos los animales. De acuerdo con Charles Darwin, nuestra capacidad de ruborizarnos es lo que nos hace humanos. Este rubor es un indicador de vergüenza saludable, de eso que nos sucede cuando, por ejemplo, reconocemos que cometimos un error y que deseamos enmendarlo. Como Darwin lo señaló, “la madre de ese rubor es la vergüenza”.

Por otro lado, la vergüenza tóxica es adquirida y puede llegar a destruir toda nuestra vida; nos da la sensación de estar expuestos, y esto provoca que tengamos que cubrirnos, dejamos de ser nosotros mismos con la fiel creencia de que hay algo malo en nosotros. Esta sensación —la de la vergüenza tóxica— es la raíz de muchas de las trágicas circunstancias que viven los seres humanos y que provocan conductas destructivas, como la violencia desmedida, o conductas autodestructivas como son las adicciones. En el fondo, la vergüenza tóxica esconde una creencia de “no está bien ser quien soy”; esto conlleva dolor y es así que buscamos formas de cubrirlo. Al cubrir el dolor también nos alejamos de nosotros mismos.

La vergüenza natural puede mostrarse de diversas maneras, como la timidez en los niños pequeños que desde los seis meses de edad comienzan a mostrarla. O bien, la vergüenza como culpa, el guardián de nuestra conciencia, tan necesaria para guiar nuestras acciones. En todos los casos, esta vergüenza saludable nos representa límites que nos protegen y nos ayudan. El problema surge cuando estas manifestaciones de vergüenza natural provocan la crítica o el rechazo de los adultos cuidadores; es entonces cuando esa vergüenza saludable se transforma en tóxica y arrasa con nuestra vida.

En pocas palabras, Norma opina que:

Como toda emoción, la vergüenza es natural y puede ser una señal para actuar a nuestro favor. La vergüenza tóxica es una de las peores sensaciones en el ser humano que pueden llevarlo a la autodestrucción.

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