ATISBOS DE CONCIENCIA
LA TRAMPA DE LAS EXPECTATIVAS
Al momento de escribir este artículo se está llevando a cabo el torneo de futbol soccer más importante en el mundo: la Copa FIFA 2026. En una primera instancia participaron 48 selecciones nacionales; entre ellas, México. Ya esto comenzó a generar en sus seguidores y fanáticos la esperanza de ver a su selección avanzando en las eliminatorias. La esperanza de que México llegara a la final fue creciendo mientras iba ganando los primeros partidos; y después del triunfo del cuarto partido esa esperanza se fortaleció aún más cuando pasó a los octavos de final, convirtiéndose en una gran expectativa, la cual, cuando la selección fue derrotada y no pudo avanzar a la siguiente etapa, generó una gran frustración. La esperanza se había esfumado, y la expectativa del triunfo generó decepción, frustración, tristeza y hasta enojo. Porque así funcionan las expectativas.
No es lo mismo tener esperanza que generar expectativas a partir de ahí. Las expectativas se forman en nuestra mente anticipándonos a algo que queremos que ocurra. Esta función del cerebro es normal y es necesaria. En un proyecto, por ejemplo, es importante generar expectativas para el diseño de la estrategia para lograrlo. Es, como lo diría Stephen Covey, tener un fin en mente que dirija nuestra atención y nos ayude a planificar y dar sentido a las acciones. En este ámbito, tener una expectativa propia de algo que depende de mi participación es en sí misma un motivador y un motor para lograrlo. El problema no es tener expectativas, sino hacer de éstas una visión anticipada de la realidad sin darle espacio a otros factores que pueden influir en el resultado final.
¿Por qué generamos expectativas? Son varios los procesos que están involucrados en su formación. Si hemos vivido experiencias que se han repetido, nuestra mente da por sentado que se repetirán, como haber creído que, por los cuatro triunfos de la selección mexicana, el quinto juego tendría que ganarse también. Nuestros deseos y necesidades también cuentan, así como las creencias que rigen nuestra vida. Por ejemplo, lo que pensamos de una relación: “Si alguien me quiere, debería…”; a partir de ahí esperamos de los demás. Pero estas creencias están sólo en nuestra mente, en un sistema de creencias y valores formado a partir de nuestra cultura o experiencias de vida. También generamos expectativas por lo que interpretamos, como si cuando descubriéramos que nuestra pareja hizo una compra importante cerca de la fecha de nuestro cumpleaños, generamos la expectativa de que sería por nuestro regalo.
La mente crea escenarios futuros que pueden ser útiles para prepararnos o para ejecutar acciones; pero convertir nuestros deseos en expectativas rígidas es entrar en un terreno peligroso, sobre todo cuando hablamos de las relaciones, porque generar expectativas sobre el comportamiento de los demás con base en nuestras necesidades y deseos es una fuente de insatisfacción y frustración inagotable.
En pocas palabras, Norma opina que: