ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
LA MEDIDA EQUIVOCADA
Hay algo curioso sobre la comparación: casi nunca empieza con envidia; empieza con admiración. Vemos a alguien lograr algo que nos inspira, una carrera que parece exitosa, una familia que parece unida o una persona que parece haber encontrado su propósito, y por un instante esa otra vida se convierte en una referencia; eso es profundamente humano.
Vivimos rodeados de otras personas, aprendemos observando, nos inspiramos viendo lo que otros han construido. Necesitamos referentes porque nos ayudan a imaginar posibilidades que quizá no hemos visto. El problema aparece cuando la referencia deja de ser inspiración y se convierte en medida: ahí dejamos de preguntarnos qué queremos nosotros y empezamos a preguntarnos por qué todavía no estamos donde alguien más ya llegó y, sin darnos cuenta, ocurre algo injusto: comparamos nuestro proceso con el resultado de otra persona.
Vemos el logro, pero no vemos los años de trabajo, las renuncias, los errores, los privilegios, las pérdidas, las circunstancias, las decisiones que hicieron posible ese momento. La comparación suele ser una fotografía, pero la vida siempre es una película completa; por eso casi nunca es una comparación justa.
Incluso cuando dos personas crecen en la misma familia, con los mismos padres y las mismas oportunidades, sus historias nunca son exactamente las mismas. Cada uno interpreta la vida desde su propia experiencia, cada uno lleva preguntas distintas, heridas distintas, sueños distintos. ¿Por qué entonces esperamos que el camino también sea igual?
He descubierto que la comparación tiene un efecto silencioso: no sólo nos hace sentir menos, también nos hace olvidar todo lo que ya hemos recorrido. De pronto, un logro que ayer nos llenaba de orgullo deja de parecer suficiente simplemente porque alguien más llegó más lejos, más rápido o de una manera diferente. Y entonces el problema deja de ser el otro; el problema es que dejamos de reconocer nuestros logros.
Quizá por eso el camino nunca ha sido parecernos más a alguien; ha sido conocernos mejor, porque cuanto más claro tengo quién soy, qué valoro, qué tipo de vida quiero construir y qué significa para mí una vida bien vivida, menos necesito medir mi camino con la regla de alguien más.
Las referencias siguen existiendo, y qué bueno que existan, pues nos inspiran, nos desafían y nos recuerdan que siempre hay algo nuevo por aprender. Ojalá dejen de decirnos quién deberíamos ser, pues esa respuesta nunca estará en la vida de alguien más; siempre estará en la conversación que somos capaces de tener con nosotros mismos.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de libertad: no dejar de ver a los demás, sino dejar de perdernos a. nosotros mismos mientras los vemos. Las personas pueden inspirar tu camino, pero nunca pueden definirlo. La comparación termina cuando el referente deja de ser la vida del otro y vuelve a ser la persona en la que tú quieres convertirte.
En pocas palabras, Andrea opina que: