Atreverse a imaginar y aprender

LA ESPERANZA COMO POSIBILIDAD REAL

LA ESPERANZA COMO POSIBILIDAD REAL

¿Cómo mantenemos la esperanza cuando las cosas se sienten difíciles, atemorizantes, abrumadores, inciertas? ¿Cómo se cultiva la esperanza cuando es más difícil de encontrar? ¿Cómo recordamos que la esperanza regresa nuevamente incluso cuando se siente lejana? Rebecca Solnit escribió en el 2004 Esperanza en la oscuridad, un libro que puede ayudarnos en estos tiempos en los que el mundo y nuestra ciudad están pasando por los momentos más complicados, polarizados, violentos y desconectados que me han tocado vivir. Es importante decir lo que no es la esperanza: no es la creencia de que todo estuvo, está o estará bien. La evidencia de un tremendo sufrimiento y destrucción está a nuestro alrededor.  La esperanza que me interesa tiene que ver con ampliar nuestra perspectiva, con entender que hay posibilidades reales que nos invitan —o exigen— a que actuemos. 

La esperanza la encontramos en la idea de que no sabemos qué pasará y que en el espacio de la incertidumbre podemos actuar. Cuando reconoces la incertidumbre, reconoces que puedes influir en los resultados: tú solo o con más personas. La esperanza es un abrazo a lo desconocido que no entendemos, una alternativa a la certeza tanto de optimistas como de pesimistas.  En lugar de mantener la esperanza como algo que se supone que siempre debo sentir naturalmente, mantengo la esperanza como una práctica, como algo con lo que estoy en relación. La verdad es que no siempre tengo esperanzas. Muchas veces, siento miedo o me pregunto cómo es posible que las cosas cambien, mejoren y sean más fáciles para todos. Me pregunto qué mundo le va a tocar vivir a mi hijo. Cuando la esperanza se siente fuera de mi alcance, busco la posibilidad. ¿Qué más podría ser posible? ¿De qué otra manera podrían ser las cosas?  La posibilidad no requiere creencia ni requiere una positividad falsa; solo requiere la voluntad de sentir curiosidad por saber qué más podría ser. La posibilidad se convierte en un faro que me devuelve la esperanza en momentos en que realmente la necesito. Otra cosa que me ayuda a recuperarla es recordar que no soy la única que intenta mantener la esperanza, que no tengo que hacerlo sola, que no me corresponde a mí tener esperanza constantemente. La esperanza la tejemos millones, la cultivamos cada uno de nosotros y la hilamos a la vida colectivamente.

Podemos practicar la esperanza en lugar de aferrarnos a ella. Podemos confiar en nuestra capacidad de sentirla en lugar de obligarnos a fingirla. Podemos permitir que la esperanza nos guíe hacia el siguiente paso correcto. Podemos dejar que otros lo sostengan cuando parezca demasiado pesado para sostenerlo personalmente. Podemos dejar que la esperanza sea un camino por recorrer en lugar de un destino al que llegar. Podemos liberarnos de la prisa de tratar de asumir la esperanza como una identidad y, en cambio, recordar que está bien si aparece y se va. Podemos ver a las personas y los lugares que la encarnan cuando lo olvidamos. Podemos dejar que la esperanza gotee de pies a cabeza cuando llegue. Podemos sostenerla con la palma abierta y practicar, practicar, practicar. Podemos recordar y olvidar. Una y otra vez. Para siempre. Cada uno de nosotros. Por separado y juntos.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La esperanza la encontramos en la idea de que no sabemos qué pasará y que en el espacio de la incertidumbre podemos actuar.

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>