ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
LA CREATIVIDAD COMO PERMISO
Durante muchos años pensé que no era creativa. En mi mente, la creatividad estaba reservada para quienes pintan, esculpen o hacen arte con las manos. Yo no hacía nada de eso, así que asumí que ese territorio no me pertenecía. Hoy sé que estaba equivocada. No porque de pronto me haya convertido en artista, sino porque entendí algo más profundo: la creatividad no es una habilidad estética, es una actitud frente a la vida.
He descubierto que soy creativa cada vez que busco una alternativa cuando el camino conocido ya no funciona. Cada vez que escribo para entender lo que siento. Cada vez que me permito intentar algo nuevo sin saber exactamente cómo va a salir. La creatividad aparece cuando dejamos de buscar hacerlo “bien” y empezamos a darnos permiso de explorar.
El año pasado fue un punto de quiebre para mí. Estaba emocionalmente agotada y sabía que seguir haciendo lo mismo no me iba a llevar a un lugar distinto. Así que decidí intentar caminos nuevos: terapias alternativas, prácticas que no entendía del todo, experiencias que no podía controlar ni medir. No lo hice buscando una solución mágica, lo hice buscando equilibrio. Y fue justo esa disposición a experimentar, y a equivocarme, lo que me permitió procesar emociones que antes no sabía ni cómo nombrar. En ese mismo espíritu decidí hacer algo que durante años había evitado: tomar clases de canto. Siempre me dijeron que tenía sentimiento, pero no buena voz. Y por mucho tiempo eso bastó para quedarme callada. Hasta que dos profesionales me dijeron algo distinto. Y más allá de si canto bien o no, decidí algo más importante: divertirme, jugar, lanzarme sin expectativa. Usar la voz no para demostrar, sino para sentir. Y eso, también, fue profundamente sanador.
Hoy te escribo desde el aeropuerto, de regreso de mi primer viaje completamente sola, no de trabajo, no de compromiso, a Progreso, donde tomé un curso para aprender kitesurf. Un deporte que no domino, que me sacó de control, que me obligó a caerme, a reírme de mí, a confiar en mi cuerpo y en el viento. Y mientras lo hacía, entendí que la creatividad también vive ahí: en mover el cuerpo de formas nuevas, en aprender desde la torpeza, en permitirnos ser principiantes otra vez.
Ahí confirmé algo que hoy sostengo con mucha claridad: la expresión creativa no siempre se ve como una obra terminada. A veces se ve como movimiento, como voz que se atreve a salir, como viaje en solitario, como cuerpo en el agua aprendiendo a fluir. La creatividad nos ayuda a procesar lo que no cabe en palabras y a encontrar equilibrio emocional donde antes sólo había rigidez.
Incluir creatividad en la rutina no tiene que ser complicado. Puede ser escribir sin corregir, cantar sin buscar perfección, cocinar sin receta, caminar sin rumbo, probar una terapia nueva, mover el cuerpo de una manera distinta. La creatividad se activa cuando dejamos el automático y nos damos permiso de jugar.
Con el tiempo he entendido que el bienestar no siempre llega por el camino más lógico. A veces llega por el camino más inesperado. Y para recorrerlo, necesitamos creatividad, sí, pero sobre todo valentía para hacer algo nuevo.
Si tuviera que dejarte con una sola idea sería esta: la creatividad no es un talento reservado para unos cuantos; es un permiso que nos damos. Y cuando nos lo damos, no sólo creamos cosas nuevas, también nos creamos a nosotros mismos de nuevo.
En pocas palabras, Andrea opina que: