ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

IR SUAVE PARA CONFIAR

IR SUAVE PARA CONFIAR

Hay una forma de vivir que nos enseñaron sin decirnos: ser duras con nosotras mismas era la forma correcta de crecer, de protegernos, de no fallar. Como si la autocrítica fuera una mamá estricta que nos mantiene a salvo del rechazo. Y muchas la obedecimos. No porque nos hiciera bien, sino porque era lo que conocíamos.

“No sirves hasta que seas otra”. “No mereces ternura hasta que no falles más”. Frases como estas no venían siempre de afuera, muchas veces vienen de nosotras mismas. Con el tiempo se convirtieron en nuestra voz interna, sutil, constante. Pero hoy nos invito a preguntarnos algo revolucionario: ¿Y si la dureza no nos está sanando? ¿Y si la verdadera fortaleza es ir suave? ¿Y si podemos observar la voz crítica sin hacerle caso?

Lo que aprendimos no define quiénes somos. Nuestra voz interna puede ser heredada, condicionada, pero también puede ser transformada. La primera técnica, entonces, no es callar la autocrítica de golpe, sino notarla. Pausa, escúchate: ¿Qué te estás diciendo? ¿Le hablarías así a alguien que amas?

Cuando empezamos a observar la voz crítica como algo externo, podemos dejar de actuar según sus órdenes. Podemos decirle: “Te escucho, pero hoy no te voy a seguir”. Para escucharla con calma podemos llevar un diario de autodiálogo. Anota lo que te dices cuando fallas o dudas. Luego responde cómo lo harías si fueras tu propia mejor amiga. No para censurar, sino para reeducar esa voz.

Hay que recordarnos que no somos nuestras equivocaciones. Que ser valientes no significa no fallar, sino seguir adelante, aunque fallemos. Cuando nos hablamos con dureza, solemos confundir nuestros errores con nuestra identidad. Pero tropezar no nos vuelve indignas. Nos vuelve humanas. Y si vamos a sanar de verdad, tenemos que romper con la idea de que solo merecemos amor cuando lo hacemos todo bien.  Cuando cometamos un error, practiquemos el lenguaje de la compasión: “Esto no salió como quería, pero aún merezco ternura”. Escríbelo, repítelo. En voz alta si puedes.

La confianza no nace del control; nace de la presencia, de saber que pase lo que pase no me voy a dejar sola. No abandonarte cuando lo más fácil sería anestesiarte o exigirte más.

La autocrítica muchas veces es el eco de un antiguo deseo: ser queridas, ser aceptadas, ser lo suficientemente buenas. Cuando dejamos de complacer para pertenecer, y empezamos a mostrarnos tal como somos, puede que se tambaleen relaciones; que se terminen otras. Pero también empezamos a construir confianza real: la de sostenernos incluso si no gustamos a todos.

La autocrítica grita, la confianza susurra. Y si queremos escucharla, tenemos que aprender a bajar el volumen del juicio, a respirar, a pausar; a regresar a nosotras; una vez y otra vez.

En pocas palabras, Andrea opina que:

Nuestra voz interna puede ser heredada, condicionada, pero también puede ser transformada. La confianza no nace del control; nace de la presencia, de saber que pase lo que pase no me voy a dejar sola.

¡MENSAJE ENVIADO!

Tu mensaje ha sido enviado correctamente, en caso de ser mecesario nos pondremos en contacto contigo, ¡hasta pronto!

Imagen del popup
>