ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
HABLAR CON VERDAD Y SIN CULPA
Por muchos años me costó decir lo que realmente pensaba o sentía. No porque no lo supiera, sino porque me parecía egoísta ponerme primero. Había aprendido a cuidar, a priorizar a los demás, a suavizar mis palabras para no incomodar. Y aunque por fuera eso parecía bondad o generosidad, en el fondo era silencio. Silencio que me alejaba de mí misma.
Cada vez que callaba lo que me dolía, cada vez que aceptaba algo con lo que no estaba de acuerdo, algo dentro de mí se apagaba un poco. Y con el tiempo, ese hábito me pasó factura: resentimiento, cansancio, desconexión de lo que verdaderamente necesitaba.
Aprender a comunicarme con asertividad ha sido uno de los retos más grandes de mi vida. Porque la asertividad no es solo “decir lo que piensas”: es aprender a decirlo con respeto, sin agresión, pero también sin culpa. Y para mí, lo más difícil fue soltar la idea de que hablar claro lastima. En realidad, lo que lastima es esconder quiénes somos.
He descubierto que ser asertiva comienza con ser coherente conmigo misma. Reconocer lo que siento, nombrarlo, y después elegir cómo compartirlo. Y aunque a veces todavía me tiemble la voz, hoy sé que es mejor una verdad con amor que un silencio que me rompe por dentro.
Comunicación consciente significa escuchar al otro con apertura, pero también escucharme a mí misma. Significa no reaccionar desde la herida, sino responder desde la claridad. Significa recordar que el diálogo no se trata de ganar, sino de encontrarnos.
No ha sido fácil. A veces me sigo sintiendo culpable por pedir lo que necesito, por marcar un límite, por decir “esto no me hace bien”. Pero cada vez me dura menos esa culpa, porque me repito: si yo no estoy bien conmigo, tampoco puedo estar bien con los demás.
En este camino he ido encontrando pequeñas prácticas que me ayudan a hablar desde un lugar más sereno. Una de ellas es respirar antes de responder. Puede sonar simple, pero ese instante me permite reconocer si lo que quiero decir viene del miedo, del enojo o de la verdad que en realidad necesito expresar.
Otra ha sido cambiar la forma en que inicio una conversación difícil. En lugar de señalar al otro con un “tú siempre” o “tú nunca”, intento hablar desde mí: “yo siento”, “para mí es importante”, “cuando pasa esto me duele”. Al principio me costaba mucho, porque tenía miedo de parecer débil, pero descubrí que al hablar desde mi experiencia el mensaje llega más claro y con menos defensas del otro lado.
También me sirve recordar que no todo lo que pienso tiene que decirse de inmediato. La comunicación consciente me ha enseñado a elegir el momento y la forma. A veces, esperar un poco y hablar desde la calma es más poderoso que reaccionar en el calor del momento.
Estas técnicas no son fórmulas mágicas, pero me han permitido algo que nunca había tenido: sentir que mi voz importa, que mi verdad tiene un lugar, y que puedo compartirla sin necesidad de disfrazarla ni de lastimar.
Hoy, poco a poco, voy aprendiendo a hablar sin miedo y a escuchar sin juicio. Y en ese camino he encontrado algo que antes me parecía imposible: paz.
En pocas palabras, Andrea opina que: