ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER
ENTRE QUIÉN FUI Y QUIÉN ESTOY SIENDO
Hay cambios que elegimos: decidimos empezar una relación, cambiar de trabajo, mudarnos, aprender algo nuevo; son cambios que nacen de un deseo, de una decisión, de la sensación de que algo en nosotros pide movimiento. Y hay otros que simplemente llegan: una pérdida, una despedida, un plan que se rompe, una etapa que termina antes de que estuviéramos listos.
Pensamos que la diferencia entre ambos es el control, que los cambios elegidos son más fáciles, y los impuestos, más difíciles; pero la vida me ha enseñado algo distinto: incluso los cambios que elegimos tienen pérdida, dolor, duelo, y los cambios que no elegimos terminan transformándonos de maneras que nunca habríamos imaginado. En el fondo, todo cambio tiene algo en común: ninguno nos deja exactamente iguales, y eso puede ser desconcertante no sólo para nosotros, sino también para quienes nos aman y nos acompañan en la vida.
Hace poco tuve una conversación en la que alguien muy importante en mi vida me dijo: "Has cambiado; no te reconozco”. No era necesariamente un juicio; era una observación, una percepción. Y me quedé pensando en eso.
Desde adentro, el cambio rara vez se siente tan evidente. Lo vivimos en pequeñas decisiones, en prioridades distintas, en conversaciones que antes no habríamos tenido, en límites que aprendimos a poner o en cosas que ya no estamos dispuestos a aceptar. Pero las personas que nos conocen desde hace tiempo, nos encuentran desde otro lugar: ellas recuerdan quiénes hemos sido, y a veces son las primeras en notar que algo es distinto.
Eso puede incomodar, porque algunas veces nos devuelven reflejos que nos gustan, y otras veces nos muestran versiones de nosotros que todavía no terminamos de entender o de aceptar. Entonces aparece una pregunta difícil: ¿he cambiado tanto? Quizá la respuesta es sí pero también no.
Porque cambiar no significa convertirnos en otra persona; significa reorganizarnos, darles más espacio a algunas partes de nosotros y menos a otras, pensar diferente, priorizar distinto, responder de maneras nuevas a las mismas situaciones. Y las personas que nos rodean también tienen que relacionarse con esa nueva versión. Para ellas, el cambio es real; para nosotros, muchas veces, es un proceso todavía en construcción. Quizá por eso algunos cambios se sienten tan extraños.
No sólo estamos aprendiendo a vivir una nueva circunstancia; estamos aprendiendo a reconocernos de nuevo y, al mismo tiempo, permitiendo que los demás también aprendan a conocernos otra vez. Y creo que ahí hay algo profundamente humano: la vida no nos pide permanecer idénticos a nosotros mismos; nos pide tener la valentía de permitir que algunas versiones de nosotros terminen para que otras puedan aparecer. Y también nos pide algo más difícil: aceptar que no todos cambiarán al mismo ritmo que nosotros.
Toda transformación modifica algo afuera, pero las más profundas cambian la relación que tenemos con nosotros mismos… y la manera en que los demás nos encuentran.
En pocas palabras, Andrea opina que: