DIFIERO… Al conocimiento se llega mediante el cuestionamiento
No pasó lo que pensaba, ahora qué hago.

Hace unos días platicaba con un buen amigo sobre el trabajo; me decía que no le había ido bien este año, que había hecho muchos planes y no le resultaron, que se sentía triste, frustrado, enojado; en general, se sentía decepcionado. Entendí su malestar y quise saber más sobre esta emoción.
La decepción es un sentimiento negativo y doloroso que se da cuando nuestras expectativas no se cumplen, o mejor dicho, cuando, a nuestro juicio, no resulta lo que planeamos y pensamos que se produciría.
Algunas características de este sentimiento son: la disminución de nuestra autoestima —pienso mal de mí—, los conflictos sociales —si mi decepción tiene que ver con otra persona, disminuye mi confianza en ella y me retiro—, y el cambio hacia una visión negativa de las cosas —nos volvemos pesimistas.
Desde el bienestar emocional, que entra en acción cuando me siento decepcionado, recordemos que lo primero es aceptar y validar lo que sentimos, no juzgarlo. Si algo nos duele, es lo que nos decimos a nosotros mismos; recordemos que somos la voz más importante dentro de nuestro cerebro. Y, dentro de esta aceptación, empezaremos un proceso de sanación con el simple hecho de aceptar lo que sentimos como etapa inicial.
Cuando nos sentimos decepcionados, lo que tenemos es miedo de que cambie el escenario que habíamos imaginado: la expectativa de algo se genera en el pasado; mi percepción de la realidad, en el presente; y mi preocupación —como la palabra lo indica—, en el futuro, ese lugar que todavía no sucede, pero me inquieta. En una decepción, me preocupan mi salud, mi familia, mi patrimonio, mi entorno social, etcétera.
Te sugiero que pienses que ninguna decepción te puede quitar dos cosas importantes: la primera, los conocimientos que tienes; y la segunda, el potencial, lo que puedes llegar a hacer a partir de este momento. El dolor no se puede evitar, pero el sufrimiento se puede sustituir con pensamientos de posibilidad. Lo que se resiste, persiste. Es natural que entres en conversaciones que describan tu desánimo, pero tienes que ponerles un límite, como con todas las emociones negativas. Este es un ejercicio muy difícil pero necesario; nadie lo puede hacer por ti, tiene que venir desde adentro.
La mayor parte de las veces, las expectativas que fijamos a nuestros proyectos son erróneas. Los resultados pueden ser mejores o peores dependiendo del valor mental que les otorguemos, pero lo que pensamos que va a pasar está sobrevalorado o es poco realista. Por eso existe la frase: "La vida es lo que pasa cuando tú estás haciendo planes". El valor de lo que te sucede lo pones tú, y la tranquilidad que muchos buscamos se encuentra en estar bien con lo que es, en llevarte bien con lo que te pasa, no con lo que quisieras que te pasara. Como todo lo que sentimos, es un ejercicio de poco a poco generar razonamientos de bienestar. Está demostrado que si nos damos a la tarea de hacerlo, iremos encontrando cada vez más y mejores ideas para estar conformes y, por tanto, agradecidos.
En pocas palabras, Mario opina que: