ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

EL ARTE DE SOLTAR SIN PRISA

EL ARTE DE SOLTAR SIN PRISA

Hay momentos en los que quisiéramos poder cerrar un ciclo con un simple acto de voluntad. Decidir soltar, perdonar, dejar atrás. Y aunque la mente dice “ya fue”, el cuerpo, las emociones y la memoria no siempre están listos para obedecer y guardan esas memorias que calan hondo. Por muchos años mi forma de acercarme al perdón fue soltar, dejar ir y seguir adelante, aventar los recuerdos al aire y seguir adelante un pie tras de otro.

Un día hace no mucho tiempo, leí a Cole Arthur Riley quien me pareció lo trata con una belleza serena y que me dio paz: “El perdón le llegó, no como un gesto dramático ni una comprensión repentina, sino que creció en ella tan lenta y naturalmente como las uñas coronando sus manos. Participas en él. Proviene de ti, pero también es algo que te sucede sin que necesariamente te des cuenta. No creo que tengamos tanto control sobre nuestro perdón como pensamos. No puedes forzar al cabello a crecer más rápido de lo que tu cuerpo permite. Y creo que eso está bien”.

Esta frase me recuerda que el perdón no se impone, se cultiva. No se trata de olvidar lo que pasó ni de justificar el daño. Se trata de permitir que el corazón, poco a poco, deje de vivir en el mismo lugar donde ocurrió la herida. He pensado mucho en esto últimamente. En cómo el perdón, cuando finalmente llega, no lo hace como una revelación ni como una victoria. Llega como una calma nueva. Como si el cuerpo dejara de pelear con una historia que ya pasó, y de pronto hubiera más espacio para respirar.

A veces ese perdón tiene que ver con heridas tan profundas que marcaron el rumbo entero de nuestra vida. Con experiencias que nos hicieron vivir divididos por dentro, ausentes de nosotros mismos. Y, sin embargo, llega un día en que te das cuenta de que algo cambió. Que la memoria ya no duele igual, que lo que antes era un abismo ahora es tierra fértil donde creció otra versión de ti: más libre, más consciente, más viva.

En mi caso, supe que había perdonado cuando regresé a mi cuerpo. Después de años de desconexión, de contención y de miedo, un día simplemente respiré distinto. Sentí mi piel, el aire, el pulso. Reí de verdad. Disfruté lo cotidiano sin la sensación de estar observando mi vida desde fuera. Me encuerpé de nuevo, y ese regreso fue el signo más claro de que algo dentro de mí había sanado.

El perdón no borra el pasado, pero sí transforma la relación que tenemos con él. No justifica lo que fue injusto ni resta gravedad a lo que dolió. Lo que hace es devolvernos la soberanía sobre nuestro propio corazón. Permitirnos vivir sin que la herida siga ocupando todo el espacio.

Si estás en ese proceso, empieza por ofrecerte silencio. No el silencio que evade, sino el que escucha. El que da permiso para que algo en ti se acomode sin forzarlo. Y cuando sientas que algo ha cambiado, haz un gesto de renovación: abre una ventana, deja entrar luz a un rincón que habías mantenido cerrado, cambia algo de lugar. Son actos sencillos, pero significan mucho. Son formas de decirle a la vida: «Aquí sigo, distinta, pero entera».

Cerrar un ciclo sano implica mirar atrás sin quedarte ahí. Agradecer lo que fue posible, despedirte de lo que ya no lo es y abrir espacio para lo que viene. Y eso, más que una acción, es una disposición interna: elegir vivir en el presente, sin seguir discutiendo con el pasado. ¿Y si en lugar de apresurarte a perdonar, simplemente te dieras permiso de estar en proceso?

En pocas palabras, Andrea opina que:

El perdón no borra el pasado, pero sí transforma la relación que tenemos con él. No justifica lo que fue injusto ni resta gravedad a lo que dolió. Lo que hace es devolvernos la soberanía sobre nuestro propio corazón

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