ATISBOS DE CONCIENCIA
DESPUÉS DE CAER, ¿PONERSE DE PIE O ESPERAR QUE ALGUIEN MÁS NOS AYUDE?
Me encuentro frente a mi laptop, dispuesta a escribir el artículo que sigue de esta selección de temas. Veo el título “El fracaso, reinterpretar la caída” y sin pensarlo mucho comienzo a escribir. Y lo primero es: ¿Qué es un fracaso? Fracaso es una interpretación. Podemos definirlo como esas experiencias que no corresponden con nuestras expectativas, o a aquellas que no logran el objetivo planteado en un cierto tiempo o momento determinado, o cuando surge un conflicto mayor al querer resolver el menor. El concepto es muy fuerte. Si escuchamos la palabra “fracaso” nos genera emociones como desilusión, impotencia, enojo, tristeza y, seguramente, otras más, incluyendo la vergüenza o la culpa. No nos gusta sentir que fracasamos, considerarnos fracasados; no queremos el fracaso. Esto obedece a la connotación que le damos a un resultado o a un evento.
La forma como nos decimos las cosas, la forma como las interpretamos tiene un peso enorme sobre nuestras emociones e incluso sobre nuestra autoestima. Supongamos que hemos iniciado un proyecto, digamos un negocio, y hemos querido sostenerlo después de un cierto tiempo de pérdidas y de no lograr los resultados deseados y proyectados, y después de revisar escenarios decidimos cerrarlo. Esta experiencia podemos considerarla como un fracaso. Nos decimos “el negocio fracasó”, o bien, “fracasé”. Cuando esto es interiorizado, nuestro mundo emocional responde y aparecen la desesperación, la desesperanza, la pérdida de autoconfianza, el dolor, angustia, culpa, el pesimismo; y en nuestro autoconcepto quizás sintamos que no estamos a la altura de tales emprendimientos, que no somos suficientes para tener éxito. Pero si en la connotación que le damos a la experiencia podemos decirnos que “el negocio no tuvo éxito porque no pudimos alcanzar el resultado deseado en el tiempo establecido”, la segregación de hormonas y neurotransmisores no será la misma que en el caso anterior. En este caso se abre una ventana de oportunidad para saber que en la experiencia hay un aprendizaje que me permitirá seguir con motivación hacia otro proyecto, o retomar el rumbo, y podrá surgir la proactividad para corregir y asumir.
Sí, es verdad, no nos gusta no tener éxito en cualquier proyecto o intención que tengamos, pero no es lo mismo decirnos que no logramos algo a decirnos que fracasamos. Lo primero es un hecho, lo segundo es una interpretación. Además, cualquier evento o resultado que vivamos, si lo consideramos un fracaso cuando lo estamos viviendo, corremos el riesgo de no apreciar la gran riqueza que contienen esas experiencias: el aprendizaje que podemos extraer. De ahí la frase trillada de que “la mayor fuente de aprendizaje es el error”. Lamentablemente hemos vivido en ambientes familiares, escolares y sociales en donde el error y el fracaso se cuentan sonoramente: se reprende, se castiga, se califica. Se nos ha inculcado la perfección sin considerar el proceso que lleva a la excelencia, y es entonces que cuando se vive la caída como parte del proceso puede resultar devastador para la persona, a veces con resultados muy lamentables.
A la vuelta de los años, nos percatamos de que muchos de los eventos que hemos vivido a los cuales podemos considerar como fracasos, se vuelven a ver con otra mirada y nos sentimos agradecidos, sin duda, por lo que trajo a nuestra vida.
En pocas palabras, Norma opina que: