ATISBOS DE CONCIENCIA
DECIDIR CAMBIAR O CAMBIAR SIN DECIDIR
En una ocasión que cambiamos de casa, quise llevarme una planta que valoraba mucho y que quería que me acompañara a mi nuevo domicilio. Quería conservarla, pero para ello tenía que arriesgarme a desenraizarla y cambiarla de suelo. Yo dudaba de que pudiera resistir y que se volviera a arraigar a la nueva tierra. De manera insistente le preguntaba a la persona que iba a hacer el trabajo de jardinería si estaba seguro de que la planta no se marchitaría en el cambio, y siempre me decía que confiara, que la planta iba a sobrevivir y seguramente se iba a arraigar pronto, y fortalecería sus raíces.
Esta anécdota vino a mi mente al pensar en los cambios. Nos cuesta trabajo confiar cuando hemos decidido un cambio, porque lo que nos ha dado seguridad es la rutina; nos hemos acostumbrado a una situación, persona o lugar, y eso nos ha brindado una certeza que nos tranquiliza, y modificarlo, dejarlo ir, puede atemorizarnos. ¿Por qué? Porque nos genera incertidumbre, y eso puede convertirse en confusión, caos.
Cuando somos nosotros quienes hemos decidido el cambio, seguramente hemos considerado la mayoría de las razones que lo ameritan, así como diferentes escenarios de acuerdo a nuestras necesidades. Aun así, surgen las dudas y vemos hacia delante con incertidumbre y a veces hasta con desconfianza. Los cambios no son fáciles, y la forma en que nos enfrentamos a ellos depende también de diversos factores, entre ellos si el cambio es por una decisión propia o por una circunstancia que ha surgido sin planear. Si nosotros lo elegimos, tenemos esa gran ventaja porque nos motivan las razones por las que decidimos el cambio y, por lo tanto, nos ocupamos de llevarlo a cabo. Eso no significa que no tengamos la incertidumbre o se genere el estrés que sin duda aparece durante el período de transición; por el contrario, si el cambio es inesperado, tendremos que emplear nuestra capacidad de adaptación, nuestra autoconfianza y, por supuesto, esa actitud proactiva que nos coloca en una posición de empoderamiento que nos faculta para vivir el cambio y salir adelante.
No necesito abundar en la idea de que es más fácil adaptarnos a los cambios que nos traen beneficios evidentes —una casa más grande, un barrio de la ciudad más seguro, un carro nuevo, un cambio de empleo con mayor sueldo— que cuando los cambios nos orillan a tener menos bienestar. La adaptación y la aceptación del cambio estará en función del aporte que nos haga.
El cambio es inevitable y muchas veces es deseable. A veces, cuando empiezan a asomarse los cambios, no estamos seguros si es para mejorar. ¿Podemos confiar en que ese cambio nos está preparando para algo mejor?, ¿podemos confiar en que se fortalecerán nuestras raíces?
En pocas palabras, Norma opina que: