ATREVERSE A IMAGINAR Y APRENDER

CUANDO QUIÉN ERES HOY NO ALCANZA

CUANDO QUIÉN ERES HOY NO ALCANZA

La incomodidad y la parte inevitable de crecer

Hay una sensación que aparece justo antes de muchos cambios importantes. No siempre tiene nombre; a veces se siente como inquietud, como resistencia, como ganas de salir corriendo, como una extraña mezcla entre emoción y miedo. A todo esto le llamamos incomodidad.

Pensamos que algo anda mal cuando aparece, pero ¿y si la incomodidad fuera la evidencia de que hemos llegado al límite de la persona que somos hoy? Pienso en todas las veces que me he sentido incómoda en momentos importantes de mi vida: cuando tuve que aprender algo que no sabía hacer, cuando tuve una conversación que había evitado durante años, cuando necesité poner un límite a alguien que quería, cuando tuve que reconocer una verdad sobre mí que no encajaba con la imagen que tenía de mí misma. La incomodidad estaba ahí en todos esos momentos; no porque estuviera haciendo algo mal, sino porque la vida me estaba pidiendo algo que la versión anterior de mí todavía no sabía hacer; creo que eso nos pasa más seguido de lo que imaginamos.

La incomodidad aparece cuando nuestras habilidades actuales se encuentran con una realidad que exige algo más: más honestidad, más valentía, más capacidad de sostener conversaciones difíciles, más responsabilidad, más libertad. Es el espacio entre quien hemos sido y quien estamos llamados a convertirnos; es por eso que no se resuelve regresando a lo conocido, pues eso es precisamente lo que ya dominamos. La incomodidad aparece cuando estamos aprendiendo; y, aunque no nos guste, aprender implica torpeza, equivocarse, no hacerlo perfecto, no sentirse listo.

Quizá por eso muchas personas pasan años intentando evitar la incomodidad y terminan evitando también su crecimiento, pues toda transformación tiene un costo, y ese costo suele sentirse exactamente así: incómodo.

Ahora bien, tampoco creo que la respuesta sea quedarse ahí indefinidamente; no estoy tratando de romantizar el sufrimiento. Creo que la invitación es distinta: reconocerla, mirarla de frente, preguntarnos qué nos está pidiendo y después atravesarla, porque nadie puede hacerlo por nosotros; pero sin duda la compañía ayuda y sentirnos apoyados importa: las personas que nos quieren pueden recordarnos quiénes somos cuando dudamos, ciertamente mi círculo más cercano lo ha hecho más veces de las que creen.

Hay ciertos cruces que son profundamente personales y aunque quisieras nadie puede tener la conversación por ti, nadie puede tomar la decisión por ti, nadie puede dar el paso que te corresponde. Y tal vez esa sea una de las verdades más incómodas de todas: crecer no consiste en sentirse preparado, consiste en avanzar aun cuando no lo estás del todo.

En pocas palabras, Andrea opina que:

La incomodidad no siempre significa que algo está mal. A veces significa que la persona que has sido hasta hoy ya no es suficiente para lo que viene después.

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