CREER PARA VER
¿BENDITAS REDES SOCIALES?
Últimamente he estado reflexionando mucho sobre el papel que juegan las redes sociales en nuestra vida emocional. Sobre cómo, sin darnos cuenta, pueden convertirse en un espacio que amplifica pensamientos, emociones y preocupaciones. A veces basta con una información que circula sin un sustento claro para detonar una dinámica difícil de soltar: revisar el celular, actualizar, volver a revisar… como si algo nuevo estuviera siempre por aparecer.
Lo más inquietante no es sólo la información en sí, sino ver cómo muchas personas la toman como una verdad absoluta. Cómo una narrativa, una vez publicada, empieza a caminar solita, a replicarse, a crecer, sin que siempre exista el espacio para cuestionarla o contrastarla. Ahí es donde uno se da cuenta del enorme peso que tiene hoy el abrir ese “micrófono” digital.
Me puse a pensar en lo que eso genera internamente y entendí algo muy importante: muchas veces no es miedo, es ansiedad; esa que se va metiendo poco a poquito cuando conviertes al celular en un radar constante: revisar, actualizar, volver a revisar. Esto es algo que, al menos a mí, me cuesta mucho trabajo soltar; creer que al estar pendiente te da control, cuando en realidad lo único que hace es quitártelo, al quitarte la paz.
Con esto caí en cuenta de algo súper importante: las redes sociales sin duda son una herramienta poderosísima. Pueden informar, conectar, visibilizar causas, unir personas. Pero también pueden confundir, dañar y generar angustia cuando lo que se comparte no está completamente verificado, sobre todo cuando lo que está en juego es la estabilidad y el bienestar de muchas personas.
Detrás de un mensaje, y frente al mismo, hay personas reales; emociones, miedos y responsabilidades que no siempre se ven desde afuera. Por eso, la manera en la que se comunica importa tanto como el contenido mismo.
Escribo esto desde la reflexión: hoy cualquiera puede tener ese “micrófono digital” en la mano: un teléfono, una cuenta, una audiencia; y eso conlleva una responsabilidad enorme tanto por lo que se dice como por el impacto que puede tener del otro lado de la línea.
Este ejercicio también me ha llevado a observarme a mí mismo; a reconocer que, aunque no puedo controlar lo que otros publican, sí puedo elegir cómo me relaciono con eso; a aprender a poner límites; a hacer cada día un mayor esfuerzo para no vivir pegado a esa pantalla en la palma de mi mano.
Con el tiempo he ido poniendo pequeños candados: limitar el tiempo en redes (en las opciones de tu celular puedes establecer un número de horas diarias por aplicación y, al llegar al límite, se bloquean). No ha sido fácil. Mi trabajo vive en gran parte ahí. Pero la salud mental, sin duda, siempre necesita su espacio.
Las redes no son el problema. El problema es cuando dejamos de usarlas con criterio, cuando no cuestionamos lo que leemos y cuando permitimos que definan nuestro estado emocional, nuestro día o nuestra paz. Usarlas con conciencia es un acto de cuidado personal, pero también de respeto hacia los demás.
Ojalá esto que escribo sirva para detenernos un momento antes de publicar, compartir o consumir información; para recordar que las palabras pesan, que los mensajes llegan y que del otro lado siempre hay alguien sintiendo.
Gracias por estar aquí. Te abrazo.
En pocas palabras, Kush opina que: